MÉXICO. Esplendor colonial español

MÉXICO. Esplendor colonial español

Javier Carrión

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Una historia en común. Eso es lo que comparten con España los estados de Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí y Zacatecas, localizados en el centro de México, desde hace casi 500 años. Por ellos pasaba el Camino Real de Tierra Adentro, que unía la Ciudad de México y Santa Fe, hoy Patrimonio Mundial de la Unesco, aquel que fue utilizado por los primeros españoles en explotar las ricas minas de oro y plata.

El camino, que marcó el devenir de unas tierras que fueron escenario clave de los primeros movimientos independentistas en el México del siglo XIX, ha propiciado ahora una ruta histórica que permite reconocer la huella colonial española presente en iglesias, palacios, fuentes, jardines y museos. Un viaje en el tiempo que emociona al visitante.

Santiago de Querétaro, la ciudad colonial más próxima hoy a México D.F., era simplemente un pueblo de indígenas que adquirió notoriedad al convertirse en paso obligado para aquellos que se dirigían al norte. Sedujo por ello a los españoles de abolengo, que trajeron al mismo tiempo los primeros escudos nobiliarios a la villa. Su desarrollo alcanzó tal grado que el rey Felipe IV le otorgó el título de “La muy Noble y Leal Ciudad de Santiago de Querétaro”.

En pleno apogeo del barroco, este arte se desplegó por sus calles y palacios, como la Casona de la Marquesa o la Casa del Conde de Sierra Gorda, que hoy asombran a los turistas por su inusitada belleza. Una fantasía más acentuada incluso en sus templos con un ejemplo revelador: el convento franciscano de Santa Clara, que maravilla por su fachada de piedra rosada y, sobre todo, por sus impresionantes retablos churriguerescos de filigrana dorada. Este convento, de llamativas rejas en su coro, es el edificio más espectacular de la ciudad, junto con el claustro del Museo de Arte, un vivo “tratado teológico agustiniano” de piedra para el que lo contempla. Últimamente ha servido de escenario para películas y videoclips.

Tras abandonar Querétaro pasando por su acueducto de 74 arcos, levantado entre 1726 y 1738 con el objetivo de llevar el agua potable a la ciudad, se impone una pequeña parada en la villa de San Sebastián Bernal, mágica y multicolor, a los pies del tercer mayor peñón del mundo tras los de Gibraltar y Pan de Azúcar. Dicen que pesa más de cuatro millones de toneladas y que tiene 65 millones de años, pero los visitantes prefieren olvidar esos datos y buscar en el horizonte las formaciones rocosas con formas de animales que muestra el monolito: Cabezas  de elefante, monos, una ballena… Sólo faltan los caballos que, sin embargo, se pueden encontrar en un puñado de haciendas de los alrededores. Destacan la española Cavas Freixenet y la encantadora Viñedos Aztecas, donde además se puede asistir a una clase y a un pequeño show de la charrería, el deporte nacional mexicano por excelencia.

Las callejoneadas de Guanajuato

Aguarda el estado de Guanajuato con dos de las ciudades más hermosas del continente americano: San Miguel de Allende y la propia Guanajuato. En la primera de ellas, la antigua villa española de San Miguel el Grande, que se sitúa 2.000 m de altitud, brilla la parroquia neogótica favorita de los mexicanos a la hora de contraer matrimonio. Los novios tienen que ponerse en una lista de espera de dos años para celebrar su boda en esta modesta construcción. La fama viene de un albañil llamado Zeferino Gutiérrez, que construyó la actual torre y la fachada gótica del templo inspirándose en la catedral de Colonia. La primera proporciona buena sombra en la plaza principal, repleta siempre de mariachis que ofrecen sus servicios por terrazas, bares y restaurantes, especialmente los viernes y sábados, con un tono muy festivo y divertido.

A 77 km de San Miguel se encuentra Guanajuato, una bellísima ciudad designada patrimonio de la Humanidad por la Unesco, con decenas de atractivos, como la vista panorámica desde el Monumento al Pípila, la red de túneles subterráneos, la Basílica —que guarda en su interior una talla de la Virgen regalada por Felipe II—, el Teatro Juárez, el Museo de Diego Rivera y, sobre todo, una ruta especial del Quijote: Teatro Cervantes —con las estatuas de Sancho y del hidalgo—, Museo Iconográfico, Casa Cervantes y la tumba de Don Quijote, creada por escultura de Santiago de Santiago.

A estos destinos hay que añadir el Festival Cervantino, convertido en un clásico cultural en México, donde las estudiantinas de la Universidad de Guanajuato sorprenden a los visitantes que llenan la ciudad cantando y bailando en las callejoneadas por los encantadores recovecos de esta heredera de Alcalá de Henares o Santiago Compostela. La fiesta, que se celebra anualmente en octubre, culmina en el Callejón del Beso, el más estrecho y famoso de la ciudad, viendo a las parejas de enamorados besándose apasionadamente. Su objetivo no es otro que buscar buena fortuna en su relación amorosa. La leyenda asegura que si el beso es sentido la felicidad durará al menos quince años…

Un paraíso llamado La Huasteca

No todo en estas tierras tiene que ver con el patrimonio cultural y arquitectónico heredado de los españoles. En el estado de San Luis Potosí, el siguiente destino de la ruta colonial, existe un auténtico vergel enclavado en la Sierra Madre que concentra el mayor número de saltos de agua de México. Puente de Dios, El Edén, El Trampolín, Tamasopo y, sobre todo, Tamul, la más espléndida del país, son algunas de las más famosas cascadas de la Huasteca en el flanco oriental de San Luis. Hay muchas más bellezas naturales en este rincón mexicano, como el Jardín de Edward James, creado por un excéntrico británico en medio de una exuberante naturaleza junto a Xilitla, dónde árboles y piedras de formas curvilíneas se entremezclan creando edificios y estructuras como sacados de un sueño.

Si se prefiere algún destino urbano no hay que perderse la capital. San Luis se enorgullece de disfrutar del único templo en el mundo con 24 estatuas de los apóstoles: doce de mármol en la fachada —copia de las colosales estatuas barrocas del interior de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma—, y otra docena de cantera en el techo lateral del edificio. Esta catedral metropolitana es testigo también en Semana Santa de la Procesión del Silencio, la segunda más famosa en el mundo tras la que parte de la iglesia sevillana de San Antonio Abad.

Zacatecas, arte en el corazón de México

Zacatecas, a 600 km de México D.F., el punto final de este recorrido, es una excelente guinda para el viaje. Escenario de la mayor batalla de la Revolución contra Victoriano Huerta en 1914, sorprende por su oferta de museos de arte, aunque sus pueblos mágicos —como Jerez, famoso por sus sombrererías—, y sus zonas arqueológicas —con La Quemada a la cabeza—,  no le van a la zaga en cuanto a misterio y belleza.

En la capital, tomando el teleférico que ofrece desde el Cerro de la Bufa espléndidas vistas de sus calles, la Mina El Edén devuelve la mirada hacia el siglo XVI. Hoy es un museo en el que se puede adivinar cómo era la durísima actividad de los indígenas y mineros que trabajaban en las galerías. Una parte se recorre en un pequeño tren, aunque lo que más sorprende es la discoteca que ocupa una vieja estancia que se empleaba para triturar minerales.

Fuera de la mina, el mercadillo callejero ofrece piezas del arte indígena que venden las mujeres, casi siempre acompañadas de sus hijos en brazos, pero esto es solo un aperitivo para lo que espera en las viejas calles de Zacatecas junto a la imponente catedral del siglo XVIII. Dos son los focos artísticos de la ciudad: El Museo Pedro Coronel, instalado en un antiguo colegio de los jesuitas, que expone obras del arte universal con piezas de Goya, Dalí o el propio Pedro Coronel, y el Museo Zacatecano, la vieja Casa de la Moneda, que luce excelentes ejemplos del arte huichol y algunos de los exvotos más populares del país.

También es muy recomendable visitar el Museo de Guadalupe, el más antiguo del estado de Zacatecas, que abrió sus puertas en 1917 a las afueras de la ciudad, aunque inaugurado oficialmente en 1938. Ocupa la mayor parte del que fuera Colegio de Propaganda de la Fe de Nuestra Señora de Guadalupe, y muestra cómo era la vida de los franciscanos en un viejo convento construido en 1677.

De vuelta al centro histórico, el remate final gastronómico se sitúa en la antigua plaza de toros de San Pedro, transformada en el hotel Quinta Real desde 1989, para degustar un tradicional almuerzo o un delicioso margarita. Y por la noche, para captar la típica atmósfera de las cantinas mexicanas, nada como tomar un mezcal o un tequila en Las Quince Letras. Será una excelente oportunidad de charlar con los zacatecanos escuchando música y cantando las populares rancheras del país junto a la vieja gramola del local.