RUTA DE LOS BALNEARIOS DE BOHEMIA. Aguas que sí has de beber

RUTA DE LOS BALNEARIOS DE BOHEMIA. Aguas que sí has de beber

Javier Carrión

Compartir

Karlovy Vary, Frantiskovy Lázne y Mariánské Lázne constituyen el « triángulo dorado » de Bohemia, en su vertiente más occidental, gracias a su histórica oferta de balnearios, a solo unas dos horas en coche de Praga. Sus aguas curativas siguen atrayendo a cientos de turistas, igual que hace 150 años, cuando esta región checa se convirtió en el centro neurálgico de Europa con la presencia de reyes, políticos y personalidades de la literatura y la música. Desde el zar Pedro el Grande y el rey Eduardo VII hasta Goethe, Chopin o Brahms.

La vinculación de estas tierras bohemias con la muy cercana Alemania hizo que sus famosos centros balnearios fueran conocidos normalmente por su nombre germano cuando vivían su máximo esplendor, hacia 1870. Carlsbad, Marienbad o Franzensbad figuraban en la lista de la aristocracia y las personalidades de la cultura que buscaban en este pedazo del corazón europeo sus lugares de relax y bienestar.

La cosa cambió tras las dos grandes guerras del siglo XX y la inevitable disminución del flujo turístico germano. Todos los balnearios lo acusaron y cayeron en una cierta decadencia de la que han salido en la actualidad con la vuelta de los turistas alemanes, otra vez mayoría, si bien los rusos y los procedentes del lejano Oriente han descubierto las maravillas terapéuticas de estos viejos manantiales.

Karlovy Vary

Karlovy Vary, la joya de ese triángulo de bienestar, es un sueño por su señorial belleza. Encontramos la vieja Carlsbad en un estrecho valle del río Teplá, llamativo sí, pero no tanto como sus casas ornamentadas, sus empinadas callejuelas, las animadas vías comerciales en paralelo al cauce del río, sus miradores… Y, cómo no, sus doce fuentes, muy próximas a los manantiales, y sus opulentos hoteles, con el Pupp a la cabeza, escenario de Casino Royale, uno de los más famosos filmes de James Bond y lugar de descanso de las estrellas del Festival de Cine de Karlovy Vary todos los años.

Buscando los orígenes de la ciudad, se cuenta que el rey Carlos IV de Bohemia, también emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, descubrió casualmente en 1358 una de las fuentes termales. El hallazgo se produjo en el transcurso de un día de caza, cuando perseguía a un ciervo en el enorme coto conocido entonces como el “bosque del Emperador” y uno de sus perros cayó en un manantial de agua caliente. En el mismo lugar se construyó un pabellón de caza y se fundó una población con el nombre de Carlsbad, “Balneario de Carlos”.

El centro termal se inauguraría más tarde, en el siglo XVI. Sus primeros visitantes acudían a él para bañarse, pero en la última recta del XVIII las modas cambiaron y la mayoría empezó a beber el agua, con mayores efectos curativos, sobre todo para las enfermedades del aparato digestivo y los trastornos del metabolismo.

Antes, el propio monarca había probado los beneficios de estas aguas tras introducir una de sus piernas en mal estado en un manantial y, al parecer, sentir síntomas de alivio y mejoría. La huella de esa historia sigue presente hoy en la Fuente de Carlos IV, situada en la Columnata del Mercado, en el lugar que solía ocupar el ayuntamiento de la ciudad.

Desde el siglo XIX, artistas y personalidades históricas, como Bismarck, Beethoven, Brahms, Chopin, Liszt, Pedro El Grande, Schiller, Goethe, Meternich, Tolstoi o Eduardo VII acudieron a descansar a Karlovy Vary, y de ahí que los bustos de algunos de ellos proliferen por los paseos y los jardines de la ciudad.

El corazón vivo de Karlovy Vary es, sin embargo, la fuente o el géiser Vridlo: 2.000 litros de agua por minuto a 72 grados saltando a 12 metros de altura desde una profundidad de 2.500 metros. Vridlo es la única fuente de aguas termales empleadas en el balneario para baños, pero también se usa, como las otras cinco ubicadas en las arcadas del balneario, para tratamientos terapéuticos consistentes en la ingesta de agua.

Este es el tratamiento básico de todos los visitantes que se acercan a Karlovy Vary. Todos ellos forman una simpática procesión por la Promenade, tres veces al día, en paralelo al río Tepla, antes de de desayunar, comer y cenar, y el objetivo no es otro que beber el agua de las doce fuentes medicinales, cada una con temperaturas y propiedades diferentes, pero empezando siempre por la columnata donde se halla el géiser. Para degustarla, al menos teóricamente, pues su sabor no resulta muy agradable, se ayudan de unas jarritas de porcelana con un diseño especial en el que resalta un pitorro alargado que dosifica el líquido.

El paseo por Karlovy Vary, el segundo destino más visitado en la República Checa tras Praga, es muy recomendable y no demasiado largo, aunque conviene avisar de que, al estar flanqueado por los montes, siempre acaba empinándose. La recompensa, en cambio, es inmediata, por las asombrosas vistas de la ciudad. Entre ellas destaca la que ofrece el mirador Diana, al que se puede acceder también por funicular en cinco minutos. Aquí también se pueden contemplar otros monumentos espléndidos, como la iglesia ortodoxa de San Pedro y San Pablo, con sus cinco llamativas cúpulas de color dorado y azul, que fue impulsada por los aristócratas rusos que curaban sus dolencias en esta ciudad.

Frantiskovy Lázne

Desde Karlovy Vary, tomando la carretera Nacional 6, el siguiente gran destino es Frantiskovy Lázne, aunque conviene hacer una parada en Loket, una impresionante fortaleza encajada en un promontorio rocoso junto a un meandro del río Ohre, que fue considerado por los monarcas “la llave del reino de Bohemia”. El interior no es muy vistoso, pues la construcción fue utilizada como prisión durante varios siglos, pero el recinto resulta espectacular, especialmente al atardecer.

Ya en Frantiskovy Lázne, sorprende descubrir este balneario pequeño y encantador, con edificios pintados en blanco y amarillo, y una gran estatua ecuestre de Francisco I, el rey de Bohemia impulsor de las termas, rodeado de dos bustos de Beethoven y Mozart en un bonito templete. Frantisek (­Francisquito, en alusión a este monarca fundador del balneario en 1793) es la estatua más visitada del recinto. Aparece como un niño desnudo sentado en una bola que agarra fuertemente un gran pez y, casi sin quererlo, se ha convertido en el símbolo más popular de la localidad.

Las aguas de Frantiskovy Lázne sanan enfermedades circulatorias, cardíacas, respiratorias, digestivas y otras afecciones cutáneas, aunque la leyenda asegura que la estatuilla guarda un milagroso poder para curar la esterilidad. Aquí no faltan tampoco las jarritas para probar el agua hasta que el cuerpo y el paladar aguanten, las fuentes de salud en diferentes edificios y un casino elegante donde resulta muy placentero tomarse un café en una taza normal, sin pitorro. Y un dato a tener en cuenta: el agua mineral de la fuente Glauber IV contiene la proporción de sulfato de sodio más elevada del mundo y sabe a pura sal líquida por lo que se la considera la mejor fuente curativa.

Mariánské Lázne

Más al sur, a 40 kilómetros de Karlovy Vary, encontramos otro famoso balneario rodeado de bosques de vivos colores, el de Mariánské Lázne, que sirvió de inspiración a Goethe para su obra  Marienbader Elegie, quizás porque aquí surgió su amor por la joven Ulrika von Levetzov.

Otros muchos artistas, aristócratas y reyes (Kafka, Gogol, Wagner, Francisco José de Austria…) curaron en este balneario sus reumas, sus dolencias de riñón y otras enfermedades respiratorias, de la misma manera que lo hacen ahora cientos de visitantes que se quedan extasiados ante la belleza de la gran columnata, de hierro forjado, inaugurada en 1889.

A primera vista parece un gran invernadero, pero su función es proteger las numerosas fuentes del lugar. Hay unas 140, aunque sólo 39 muestran sus cualidades en unas viejas placas de metal, pero el agua de cada una de ellas posee una composición química propia, por lo que los visitantes reciben de los médicos dosis de diferentes manantiales e inician su peregrinaje de surtidor en surtidor con una taza de porcelana similar a las de Karlovy Vary.

Una de las fuentes más curiosas es la “cantarina” por sus 330 chorros de agua que se desplazan al mismo tiempo que suena una melodía musical clásica, recordando quizás al genial  pianista y compositor Frédéric Chopin, que trataba aquí sus problemas de salud. Hoy, el músico polaco da nombre al festival de música que se celebra anualmente en agosto, sin duda, otra de las atracciones culturales de esta ciudad que, a principios del s. XX, fue catalogada como la segunda más cara y lujosa de Europa después de la suiza Saint Moritz.