SAN FRANCISCO. La bahía infinita

SAN FRANCISCO. La bahía infinita

Álvaro Martín / Rosario Outón

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Pocas ciudades apuestan tan claramente por el equilibrio entre el bienestar de millones de personas y la preservación de sus derechos y la sostenibilidad ambiental. Si a eso se le añaden elementos como un clima benigno, típico de California, una bahía interminable e inmensas zonas verdes, estamos ante una auténtica ciudad de postal. Subir sus empinadas colinas a bordo de un tranvía de época, comer cangrejos en un embarcadero con vistas a sus famosos puentes, correr por sus parques o disfrutar de sus museos e innumerables escuelas de arte hacen que la experiencia de recorrer medio mundo merezca, y mucho, la pena. 

 

La opinión sobre San Francisco es prácticamente unánime: es una de las ciudades más bonitas de Estados Unidos. La urbe, famosa por sus icónicos puentes, su preciosa bahía, sus pintorescos tranvías y sus cuestas de infarto, se ha ganado a pulso el interés de los turistas como destino preferido de California, por delante de la enorme y cinematográfica Los Ángeles o de la desconocida Sacramento, la capital del estado, el más poblado del país.

Llama la atención también en los detalles, por ejemplo cuando pasa por delante un autobús en el que se anuncia marihuana (su consumo es legal), cuando en una plaza ondea una enorme bandera LGTB, cuando la sonrisa en la cara de los extraños es habitual o cuando uno de sus principales reclamos turísticos es una siniestra cárcel (¿adivinan cuál?)… Bienvenidos a San Francisco.

Gran parte de su encanto lo aporta su geografía, pues la bahía en la que se encuentra le imprime un microclima envidiable. Aviso para los que piensan que van a una playa californiana: puede hacer mucho frío. De hecho, normalmente amanece con niebla, especialmente en la zona que da al océano Pacífico, aunque luego el sol hace acto de presencia y brilla con justicia.

A la ciudad se llega a su aeropuerto internacional o al cercano de Oakland, ambos conectados con el centro de forma rápida con el cómodo, aunque algo desvencijado, tren Bart. Por unos 10 dólares y en 30 minutos estamos ya en el centro.

La ciudad con las colinas más famosas (y duras) nace en el mar y asciende por ellas con calles rectas y sencillas, de forma similar a, por ejemplo, Nueva York. Es impagable colocarse en todo lo alto y contemplar su trazado descendente, aunque con subidas y bajadas, hasta la costa. Aquí se entienden los saltos que daban los coches en la famosa serie Las calles de San Francisco o en cualquier otra de acción ambientada en la ciudad. Por supuesto, montar en su famosísimo tranvía es un precio (7 dólares) que todo turista debe pagar para vivir la experiencia, no como una montaña rusa, pero casi. Y para rizar el rizo, Lombard St., con un tramo de serpenteantes curvas que hacen las delicias de los amantes de la conducción.

La ciudad y su puerto

Una de las arterias principales, en sentido diagonal, es Market St., que nace en la famosa Terminal de Ferrys de la ciudad. Este enorme edificio, desde el que parten las embarcaciones al resto de localidades de la bahía, es también un destino perfecto para los amantes de la gastronomía, pues está repleto de restaurantes y varios días a la semana se instalan mercados de productores locales.

Desde aquí podemos andar hacia la izquierda o la derecha, por The Embarcadero St. siguiendo el puerto y sus organizados muelles. A la derecha nos encontramos con el Bay Bridge (Puente de la Bahía), el menos conocido de los dos que tiene San Francisco. Une la ciudad con Oakland (atravesando de parte a parte la isla de Yerba Buena) y también resulta espectacular. El paseo termina, antes de llegar a los muelles de carga, en el estadio de los Giants, el equipo de béisbol de la ciudad y cuyo merchandising portan dos de cada tres de sus habitantes (con el permiso de los 49ers, de fútbol americano, o los Golden State Warriors, de baloncesto). Hay auténtica devoción por los señores del bate que tienen como mascota a un león marino, otro icono de la ciudad.

Pero para disfrutar realmente del litoral en toda su extensión hay que avanzar hacia al oeste desde la Terminal de Ferrys. Uno a uno se suceden los muelles, cada uno con algo que ofrecer: terminal de cruceros, aparcamientos, restaurantes, hoteles, empresas… incluso el Exploratorium, en el Pier 15. Es un museo de ciencias (sobre todo de física) fundado por J. Robert Oppenheimer (el de la bomba atómica, entre otras muchas cosas) en el que todo son sorprendentes experimentos interactivos. Una auténtica sorpresa… y para los niños, el paraíso. Obligatorio.

Siguiendo por el puerto, con sus históricos embarcaderos de madera, se llega a la zona más turística, Fisherman Wharf, repleta de restaurantes, puestos de recuerdos, de perritos y hasta un acuario… Lo más significativo está en el Pier 39, donde es posible contemplar a decenas de leones marinos que toman el sol a escasos metros de los turistas. Afortunadamente, la brisa marina aleja el olor de estos peculiares animales… Foto obligada.

Si seguimos andando, y mucho, tras pasar por el histórico Fort Mason y un antiguo campo de aviación (el distrito se llama Presidio), a medida que baja la temperatura se vislumbra a lo lejos, entre nubes bajas, el emblema de la ciudad: el Golden Gate Bridge. Su espectacularidad se debe tanto a sus más de 3 kilómetros de longitud como a su llamativo color rojo. Cruzarlo es necesario, aunque sea para poder disfrutar de las vistas de la bahía desde el mirador ubicado al otro lado. Una de las propuestas turísticas más demandadas es alquilar una bicicleta, recorrer todo el puerto, cruzar el puente y luego regresar a la ciudad en ferry. Recomendable (salvo para ir por las calles en cuesta).

El centro

Pero San Francisco es mucho más que su puerto. Los distintos distritos, unidos por el autobús (eléctrico) o el tranvía, tienen mucho que ofrecer. En la parte oeste, junto a la enorme playa, se encuentra el Golden Gate Park, el más grande de los numerosos parques de la ciudad, que alberga varios museos de referencia, como la Academia Californiana de Ciencias, el Museo Joven o el Conservatorio de Flores. Tiene lagos navegables, praderas atestadas de pícnics, una reserva de bisontes… hasta una estatua de Cervantes y el Quijote. Hay que pasear por él.

Saliendo del parque hacia el este, se llega a Haight Ashbury. Este barrio es el epicentro del flower power, en el vivieron Janis Joplin, Jimmy Hendrix... Los colorines jalonan las fachadas de estas pintorescas calles perfectas para mitómanos. Moda rompedora, camisetas vintage de béisbol, mandalas… La recomendación: una parada en Coffee to the People, con sus megalattes, sus sofás y sus juegos de mesa. Y para las panorámicas, Buena Vista Park, en el que se refugió la población durante el terrorífico terremoto y posterior incendio de 1906 que destruyó la ciudad. La anécdota: en este parque hay ¡coyotes!

Es hora de destacar que esta ciudad (que también es uno de los santuarios para los inmigrantes ilegales, que no son deportados) apuesta por la energía limpia y la sostenibilidad, por la preservación de los parques y la naturaleza. Las casas prácticamente terminan al lado de frondosos bosques. Esta exuberancia natural, junto con la cercanía del mar, hacen que el aire sea tremendamente limpio.

Otra gran peculiaridad son las famosas casas de madera que pueblan los barrios residenciales. Son auténticas casas de muñecas de vistosos colores y mantenimiento complicado que dan un sabor especial a las colinas. Las más famosas son las Pink Ladies, cerca de Lower Haight, pese a no ser las más bonitas. Basta con andar un poco para encontrar auténticas maravillas.

Siguiendo nuestra ruta, junto a la zona hippie, se encuentra Castro, el barrio gay más famoso del mundo, y con razón. Además de su gran bandera, todo está repleto de telas arcoíris, tiendas, bares, placas que recuerdan a personajes LGTB famosos de la historia, museos sobre el movimiento… Incluso los pasos de cebra son multicolores (aquí se inventó). Es un barrio bonito y acogedor que se ha convertido en todo centro de peregrinación.

Andando un poco más se llega a Mission, que aglutina la población, la historia y la cultura mexicanas de esta ciudad que no renuncia a su pasado latino. La comida, la música, las capillas y los grafitis no dejan de recordarlo. Aquí lo suyo es tomar un burrito y una Pacífico, o recorrer Mission Dolores con sus sorprendentes grafitis, un sórdido callejón donde se pueden admirar auténticas obras de arte de Clarion Alley, así como los murales de la Women’s Building, icono del feminismo y el matriarcado.

Una ciudad de naciones

Russian Hill, Japantown, Little Italy… San Francisco es una ciudad de inmigrantes. El barrio nacional más importante es, sin duda, Chinatown. El que diera nombre a la famosa película protagonizada por Jack Nicholson es el paraíso de los souvenirs baratos, de los farolillos, de los restaurantes de cuestionable limpieza… Merecen la pena los grafitis de las calles menos importantes; solo hay que saber buscar. Para disfrutar de la esencia del barrio hay que salir de la calle principal, como en todas las ciudades del mundo. Y si nos cansamos, cruzando Columbus St. se entra de lleno en Little Italy, donde las farolas con la bandera azzurra, sus enormes iglesias católicas y sus canolis y expresos nos acercan todavía más a Europa.

Además de la ecología, la energía limpia y los derechos LGTB, la ciudad es un icono de la defensa de los derechos civiles. La zona de Civic Center, con sus moles administrativas, aglutina esta historia. El ayuntamiento es enorme, similar a la Casa Blanca, y enfrente se encuentra otro de los centros que merece la pena visitar: el Museo de Arte Asiático. Esta cercanía entre estos dos edificios es totalmente simbólica: la población asiática, especialmente chinoamericana, es realmente numerosa en la ciudad. Un toque más de cosmopolitismo.

Un inciso gastronómico: en San Francisco lo orgánico y ecológico es una religión, así como lo vegetariano. Eso no quita que se pueda disfrutar de una buena carne (estamos en Estados Unidos) y prácticamente de cualquier comida del mundo. La influencia asiática es notable y mucho más la mexicana. ¿En qué ciudad se puede disfrutar de un burrito de langosta en un food truck? No hay que olvidar que estamos en uno de los puertos más importantes del mundo, así que el pescado y el marisco son ineludibles. Comer cangrejos o la típica clam clowder (una espesa sopa de almeja), que se sirve dentro de un bollo de pan, es toda una experiencia culinaria. Delicioso.

Y un inciso para shoppers: además de las baratas posibilidades que ofrece el barrio chino, una buena opción económica es Ross Dress for Less, cadena muy similar en su concepto a Primark y en la que se pueden encontrar auténticos chollos de muy buenas marcas.

Por supuesto, en la ciudad no faltan los rascacielos, como el puntiagudo que corona Jackson Square, todo un referente en el skyline y en su distrito financiero, que a las siete de la tarde ya está completamente vacío de oficinistas apresurados cargando enormes vasos de café. Precisamente aquí es donde se aprecia el reverso tenebroso de la ciudad y, por extensión, del país: la ingente cantidad de personas sin techo, de vagabundos en situación inadmisible en sociedades como la española. Este es, sin duda, el punto amargo de la visita.    

Y para terminar… Alcatraz

Nunca algo tan represivo fue tan turístico (Auschwitz quizá, pero esa es otra historia). La cárcel de Alcatraz, que al principio fue un fuerte español (de hecho permanece la bandera de aquellos tiempos), tiene una historia apasionante con su posterior transformación en presidio de “ilustres” delincuentes. El lugar también tiene un gran valor medioambiental. De hecho depende de Parques Nacionales debido a su riquísima fauna y la flora. La llegada en ferry a la isla anticipa uno de esos ratos en los que se siente que se forma parte algo. La demanda es tal que hay que reservar con semanas de antelación.

Los sanfranciscanos (sí, no es broma, ese es el gentilicio) pueden estar orgullosos de una ciudad —entre las ocho más pobladas del mundo— que apuesta por la sostenibilidad, la integración y la defensa de los derechos civiles; una ciudad bonita, limpia y llena de encantos y de iconos que hay que conocer. En definitiva, un sitio para sentir, degustar y disfrutar. Y todo con una sonrisa, que para eso estamos en California.