SAN PETERSBURGO. El capricho de Pedro

SAN PETERSBURGO. El capricho de Pedro

Miriam González

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Con tan solo 300 años de historia, San Petersburgo se ha ganado a pulso el título de «Diva del Báltico». Una ciudad que engancha desde que se pisa, resultado del sueño del zar Pedro el Grande en un primer momento y de sus sucesores después, que convirtieron la capital en el compendio del glamour europeo del siglo XVIII. Y aunque haya cambiado de nombre varias veces, la esencia de Píter, como se la conoce cariñosamente, ha permanecido imperturbable.

Para tener una imagen aproximada de San Petersburgo, la receta es tan simple como complicada: un poco de Venecia, otro tanto de París y una pizca de Ámsterdam. Se mezclan estas tópicas imágenes sobre el delta que forma el río Neva en el golfo de Finlandia y el resultado es San Petersburgo.

Posiblemente el zar Pedro I –más tarde conocido como ‘el Grande’–­ imaginó de esta manera la fórmula magistral para trazar los planos de la urbe. El zar quiso abrir una ventana a Europa en Rusia, cuando le ganó este terreno a la Corona sueca. Así que este lugar le pareció el ideal para fundar, en 1703, San Petersburgo.

Y eso que más que sueño, fue un empeño. Alguno pensaría que al zar se le había ido un poco la cabeza por querer levantar una ciudad –y convertirla nada menos que en sede de la corte imperial– en una zona pantanosa aireada por los frescos vientos del norte y con cierta tendencia a inundarse.  De hecho, unos cuantos años después, uno de sus ilustres vecinos, Dostoieski, hacía referencia a estos orígenes y piropeaba a San Petersburgo como “la ciudad inventada, la más fantástica y premeditada del mundo”.

Ciudad inventada… y premeditada
San Petersburgo, Petrogrado, Leningrado o Píter para los amigos, todas son una, la misma ciudad cambiando de nombre en el tiempo según quién haya llevado la batuta del país. Más de 200 años siendo capital de Rusia dejan un legado artístico y cultural tan impregnado en sus calles como la humedad del río Neva. Así queda patente en sus muchos palacios, jardines, canales, museos y parques que le dan forma, sobre varias islas unidas por puentes, 400 nada menos. Y también ciudad Ave Fénix, ya que no fue inmune al vaivén de guerras, revueltas y revoluciones que han campado por Rusia, sobre todo a finales del siglo XIX y el siglo XX.

La enorme aguja de la catedral –consagrada a Pedro y Pablo, los mismos a los que da nombre la fortaleza donde se encuentra– domina el horizonte de Píter y es, de hecho, el punto más visible de la ciudad, así como parte de su origen. Desde esta isla del Neva debió imaginar Pedro como sería la nueva capital e hizo llamar a unos cuantos arquitectos holandeses y a buena parte de los albañiles del país para levantar su sueño.

La catedral guarda en su interior, aparte de un voluptuoso estilo barroco, la última morada de la dinastía Romanov, donde descansan desde Pedro el Grande hasta Nicolás II, el padre de la célebre Anastasia. Muy cerca, los muros de la cárcel de la fortaleza dieron sombra a ilustres huéspedes como Trotski o el propio Dostoieski, que fueron apresados por motivos políticos.

La más fantástica
Glamour, elegancia y lujo debieron ser las premisas que diera Pedro para la construcción de la ciudad, esplendor a tres bandas. Al trasladar la corte desde Moscú, la ciudad se fue poblando de forma natural de palacios. Las residencias de los nobles, cortesanos de todo rango –incluidos los amantes de la realeza– se fueron distribuyendo al estilo holandés a lo largo de los canales Moika y Fontanka con planos de arquitectos italianos.  Y como se empezaron a construir en la primera mitad del siglo XVIII, Rastrelli y compañía siguieron el estilo de la época, el que reinaba en Paris, eso sí, poniendo aún más en relieve el acento versallesco.

La pompa de entonces sigue brillando en las calles del centro histórico peterburgués, declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Además, no es raro encontrar en los puntos de más afluencia turística personajes vestidos de época, cazadores de turistas hambrientos de la foto perfecta –que incluso, por un módico precio, se pueden poner esos trajes para sentirse más royal– por lo que el cuadro es aún más realista.

Aunque no hace falta ponerse un polisón para intuir la vida palaciega, ya que muchas de esas nobles residencias han abierto las puertas a la cultura y hoy albergan museos de todo tipo. En el palacio de Shuvalov –cuya visita ya de por sí merece la pena– se pueden apreciar los huevos de Pascua más destacados de la colección Fabergé, el orfebre de la familia real rusa, bajo imponentes techos rococó.

Más joyas rusas, en este caso en forma de escultura y lienzo, se exponen en el antiguo palacio Mikhailovsky, que desde 1895 alberga la colección principal del Museo Ruso. Un imprescindible que abarca desde las artes populares o las grandes obras costumbristas del siglo XIX hasta el arte cubista de Malevich y Kandinsky. Otra de las sedes de este ingente museo es el palacio Stroganov, residencia del noble que inventó el filete de ese nombre, donde se expone una vasta colección de porcelana de los zares.

Tanta obra de arte y caminata para admirarla merece un descanso en alguna de las muchas cafeterías de la calle más famosa de la ciudad, Nevsky Prospect. Nada menos que 4 kilómetros en los que se alternan parques, canales con sus puentes, restaurantes, tiendas… y multitud de sitios donde encontrar la anhelada matrioska. También justo aquí se decidió construir la catedral de Kazán, lo más parecido al Vaticano a la rusa, con columnata incluida.

Pero si hay una iglesia icono de la ciudad es la del Salvador sobre la Sangre Derramada. Dicen que sus cúpulas con la típica forma de cebolla se construyeron entre 1883 y 1907 a imagen y semejanza de las de San Basilio de Moscú. Más vale no padecer de dolores cervicales porque entrar en la iglesia y no poder dejar de mirar los impresionantes mosaicos de las paredes y bóvedas es todo uno.

El Hermitage
Si Stendhal hubiera llegado a visitar el Museo del Hermitage, su síndrome se asociaría a San Petersburgo y no a Florencia. Es la rotunda conclusión a la que se llega después de visitar esta gigantesca pinacoteca –un recorrido total de 24 km– con  un fondo de más 3 millones de obras, de las que sólo se exhiben la quinta parte.

Simplemente por ver el Hermitage ya merece la pena San Petersburgo, aunque según se dice, si se contemplara cada obra durante un minuto, se tardarían 5 años en verlas todas. Un museo en el que no se sabe dónde mirar: o bien a la multitud de obras expuestas, o a las paredes, el techo o los suelos. Y es que el envoltorio principal es nada menos que un conjunto de palacios, con su fachada de color verde jalonada de columnas blancas, en los que destaca especialmente su arquitectura interior, que es el principal activo del museo.

El Palacio de Invierno, obra maestra del barroco, fue construido en 1754 por Rastrelli siguiendo el encargo de la emperatriz Isabel. Más tarde vendrían las ampliaciones del Hermitage Pequeño, el Viejo y el Nuevo, para acoger una colección que se iba incrementando con los años.

Empezando por la majestuosa escalera principal, recorrer sus estancias es ya en sí un abrir de boca continuo, cada una sorprende más que la anterior. Como la sala de Malaquita, en la que la mayor parte de la decoración está elaborada con este mineral de los Urales. O la sala de los Escudos, con sus mil metros cuadrados, decorada con 13 kilos de oro. El salón del Trono, con 48 columnas de mármol de Carrara es casi un aperitivo para disfrutar de la Galería Rafael, con reproducciones de la estancia papal del Vaticano.

Una de las mayores coleccionistas de arte de todos los tiempos, Catalina la Grande, dotó a la colección de la mayor parte de los fondos, que se engrosó más tarde con colecciones privadas confiscadas en la época post revolucionaria. Y así, entre mesas de lapislázuli y ágatas, comparten espacio Velázquez, El Greco, Zurbarán, Ribera y Goya en la sala dedicada al arte español.

Da Vinci, Boticelli, Tiziano e, incluso,  Miguel Ángel forman parte de la colección italiana. Y así hasta llegar de nuevo a otro nacional, Picasso –en la ubicación más nueva, en el edificio del Estado Mayor–, que está acompañado de Van Gogh, Matisse, Gauguin o Renoir. Al salir del museo –siempre con la impresión de querer ver más y no poder– queda volver a abrir la boca con el entorno de la Plaza del Palacio donde está ubicado, con la columna de Alejandro I presidiendo el conjunto.

La ribera del Neva
La fachada posterior del Palacio de Invierno tiene de vecino al río Neva, otro de los atractivos de esta ciudad construida entre islas. Si se tiene la suerte de visitarla entre mayo y septiembre, Píter premia al visitante con un singular espectáculo. Los puentes que lo atraviesan son levadizos y se abren a determinadas horas de la noche para dejar pasar a los grandes barcos… y a otros tantos más pequeños desde los que se puede ver más de cerca este baile de arquitectura e ingeniería.

Porque recorrer el Neva y otros canales de la capital es en sí otro de los grandes atractivos de la ciudad, para descubrirla desde otra perspectiva. O, siguiendo su ribera, llegar a la iglesia de San Isaac, con su gran cúpula, o a las Columnas Rostrales, que se utilizaron antaño como faro. Incluso, si aún quedan ganas de más síndromes ‘stendhalianos’, se puede llegar navegando por el Neva al cercano recinto de Peterhof, considerado el Versalles ruso. Sus fuentes doradas y jardines dan idea del esplendor con el que le gustaba rodearse a Pedro el Grande incluso en época estival, que es cuando disfrutaba del recinto.

La historia ha juzgado a este zar como grande y temible, pero gracias a su empeño, San Petersburgo fue y es una ciudad de capricho.