SUDÁFRICA / CATARATAS VICTORIA. África desmesurada

SUDÁFRICA / CATARATAS VICTORIA. África desmesurada

Fernando Sagaseta

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Hasta la mismísima Karen Blixen, la tenaz y emotiva baronesa protagonista de Memorias de África, habría palidecido de envidia ante las deslumbrantes puestas de sol con que el cielo de Zambia baña la terraza del hotel Royal Livingstone al atardecer. Tanta belleza tiene que ser peligrosa para la retina. Un incentivo como el que proponen Iberia y la cadena sudafricana Sun International reserva impactos como éste y otros más despiadados aún.

En África todo entra por la vista, por el olfato, por el oído… Pocos lugares son capaces de adueñarse del visitante con tanta intensidad simplemente a través de los sentidos. No conviene racionalizar el asunto. No conviene informarse demasiado. Hay que aterrizar y mostrar la mayor vulnerabilidad posible a las sensaciones. África es un drama, todos lo sabemos, pero también una lección de vida.

Una vida entera es lo que haría falta para descubrir, saborear y comprender un continente tan complejo. Pero, ¿quién dispone de todo ese tiempo? Paradójicamente, África también es capaz de entrar tan rápido que en una sola semana puede regalar al viajero las experiencias de un mes o de un año. Es cuestión de elegir bien el destino.

Una excelente opción es el combinado Ciudad del Cabo / Cataratas Victoria con extensión al parque Chobe, en Botswana. Es uno de los viajes de incentivo que proponen la cadena sudafricana Sun International y la compañía Iberia, que recientemente organizaron un viaje de familiarización para travel managers de grandes empresas españolas.

Durante siete días, el programa ofreció el contraste entre la más blanca y cosmopolita de las ciudades sudafricanas con una inmersión en el África profunda y desmesurada, en la frontera entre Zambia y Zimbabue, donde se descuelgan los mayores saltos de agua del continente. Dos visiones de África diferentes en muchos aspectos pero hermanadas de alguna forma por la apabullante presencia de la naturaleza.

NI RASTRO DE JET LAG. Una de las grandes ventajas de viajar a Sudáfrica es que entre marzo y octubre la hora local es la misma que en España. El resto del año, la diferencia es de una hora menos en nuestro país. El jet lag, ese pequeño/gran inconveniente, según los casos, de la mayoría de los vuelos de larga distancia, queda suprimido en este caso. Si además se tiene el privilegio de probar la clase Business de Iberia, apenas quedan en el viajero vestigios de cansancio a pesar de las 10 horas de vuelo.

La compañía española mantiene cinco frecuencias semanales sin escalas a Johanesburgo desde Madrid y está estudiando la posibilidad de operar los siete días de la semana. La atención a bordo es primorosa, como corresponde a las clases nobles. La guinda la pone Sergi Arola, responsable del menú, que apuesta por una oferta al más puro estilo español, “una cocina muy cercana”, como él mismo define. La selección de vinos es muy cuidada, con tres referencias a elegir, el entretenimiento a bordo, totalmente personalizado y los asientos, realmente cómodos. Aún así, la aerolínea está terminando de sustituirlos por las nuevas butacas, más confortables aún, que dejan un espacio de 2,20m por pasajero.

EL MEJOR DESAYUNO DE LA CIUDAD. El hotel The Table Bay, de la cadena sudafricana Sun International y miembro de “The Leading Hotels of the World”, está considerado como el mejor de Ciudad del Cabo. Desde luego, sus desayunos no tienen rival. La cantidad y calidad de productos es tan apabullante que incluso cuesta decidirse. ¿En qué buffet puede darse uno el capricho de empezar el día tomando ostras con champán?

El ambiente es tan selecto que en lugar de amenizar el ambiente con piano lo hace con arpa. Enclavado en pleno Waterfront y a dos pasos del nuevo estadio de fútbol de Green Point (¡atención a los futboleros que ya tienen entradas para el España-Suiza del 16 de junio!) no puede haber mala suerte con las vistas de las habitaciones. O se disfruta del furioso océano que a veces trae focas hasta los mismos pies del hotel o de la imponente Table Mountain, la montaña de la mesa, esa mole plana en su parte superior emblema de la ciudad. Desde arriba, hasta donde se puede acceder en teleférico, la panorámica es insuperable.

A escasas millas de la costa, se dibuja Robben Island, que alberga la prisión donde Nelson Mandela pasó 27 años de su vida en apenas 5 metros cuadrados. Hoy es una curiosidad turística más, con un paralelismo muy evidente con Alcatraz. A fin de cuentas Ciudad el Cabo y San Francisco son como parientes lejanas, con su ambiente cosmopolita, sus largas playas azotadas por el viento, su inquietud cultural y su disipada vida nocturna.

TIERRA DE VIÑEDOS. Más similitudes con California: la región del Cabo mantiene, como la norteamericana, una tradición vinícola muy arraigada. Sus viñedos son famosos en todo el país y cada vez tienen más proyección fuera de sus fronteras. Pocos saben que Sudáfrica es el 7º productor mundial, un puesto que ocupa con el mismo orgullo con el que abre las principales bodegas al visitante, algunas con tanta solera como Groot Constantia, fundada nada menos que en 1685. Una buena cata en grupo para probar delicias como el Shiraz o el Gouverneurs Reserve no se puede dejar escapar.

EN LOS CONFINES DE LA TIERRA. No es el fin del mundo, pero da la sensación. Desde Ciudad del Cabo, la excursión obligada es un recorrido a lo largo de la Península para terminar en el Cabo de Buena Esperanza, conocido en su origen como Cabo de las Tormentas (huelga los comentarios), cerca del punto donde confunden sus aguas los océanos Pacífico e Índico.

Se trata de un territorio con aspecto impetuoso, marcado por una llamativa vegetación endémica en su mayor parte y que trae a la cabeza imágenes de naufragios y odiseas de los primeros colonizadores blancos del país. Por el camino, la naturaleza casi virginal se descubre en Hout Bay, donde parten barcos para avistar las focas que se agolpan en Duiker Island; en Simon’s Town, una apacible localidad costera en la que los pingüinos son los amos de la playa; o Long Beach, con sus avistadores de tiburones blancos para alertar con tiempo a los bañistas.

Apostándose sobre las rocas de False Bay no es difícil contemplar ballenas francas cuando se acercan al litoral sudafricano en la época del alumbramiento, entre junio y noviembre. Tampoco es inusual toparse con una banda de babuinos por la carretera parando a los coches con pinta de foragidos hambrientos.

ESPLENDOR COLONIAL. Sudáfrica es África, evidentemente, pero no tanto como sus vecinos Botswana, Namibia o Zimbabue. En la misma frontera entre este último país y Zambia se encuentran las Cataratas Victoria, descubiertas por el célebre misionero David Livingstone, verdadero prodigio de la naturaleza y uno de los puntos de mayor interés turístico de todo el continente. Para disfrutarlas sin prisas y en toda su intensidad nada mejor que alojarse en el resort Royal Livingstone, desde donde incluso se puede escuchar “el humo que cruje” (Mosi-Oa-Tunya, el nombre con el que la población local conoce los impresionantes saltos de agua).

Para llegar hasta allí, British Airways ofrece vuelos vía Johanesburgo hasta la pequeña ciudad de Livingstone, en Zambia. Una vez en el río Zambeze, y después de esquivar unos cuantos hipopótamos a bordo de un water-taxi, solícitas empleadas del hotel reciben a los huéspedes con un reconfortante masaje de brazos. A partir de aquí, ya todo es lujo y esplendor colonial en medio de una reserva natural donde uno se puede encontrar una cebra pastando ante la puerta de su terraza o una jirafa curioseando por encima de una farola.

El espíritu de los primeros exploradores de África está presente en cada detalle: en la maletas centenarias que cuelgan sobre el bar, en la chimenea que preside el salón donde, puntualmente se sirve el muy british té de las cinco, en el servicio de mayordomo personal… Las puestas de sol desde el mirador sobre el río son indescriptibles. Los huéspedes se sientan, contemplan y muestran serias dificultades para articular palabra.

 AL FILO DE LO POSIBLE. Tomando el hotel como base de operaciones, las oportunidades para coleccionar experiencias difíciles de repetir están al alcance de la mano: paseos en elefante, cruceros por el río, vuelos en helicóptero, excursiones en quad, puenting, sesiones de ultraligero… Cada cual más excitante. Incluso, alguien vendrá y le preguntará si se atreve a bañarse en el mismo borde de la catarata. Hasta eso es posible accediendo en barca a Livingstone Island, donde hay una poza natural pegada al punto de caída del agua. Total, 100 metros de nada. Cuando al día siguiente uno comprueba desde el aire la locura cometida, desde luego ya tiene algo impactante que contar a la vuelta del viaje.

PARQUE NACIONAL DE CHOBE. Para disfrutar de un safari de los de verdad no cuesta nada acercarse al Parque Nacional de Chobe. Aunque pertenece a Botsuana, el trayecto a la frontera apenas lleva una hora. Allí se puede combinar un recorrido fluvial con uno terrestre. Mucho cuidado con los hipopótamos. Esos gordinflones nadan que se las pelan cuando se ven amenazados. Y los cocodrilos, por muy quietecitos que estén, no son de goma, ni mucho menos. Chobe alberga una de las poblaciones de elefantes más numerosas de África, aunque no siempre se tiene la suerte de encontrarlos. También campan por sus dominios búfalos, monos, cebras, jabalíes africanos, impalas y aves de cientos de especies.

SILBANDO VAPOR POR LA SABANA. Los que han visto Memorias de África diez veces y las diez han echado una lagrimita de emoción cuando la baronesa y el apuesto cazador Denys Finch-Hatton aprietan sus manos al estallarles toda la belleza de África en la cara mientras dan un paseo en avioneta, no podrán resistirse a la experiencia del Royal Livingstone Express, un tren de época primorosamente restaurado con locomotora de vapor.

Desde la estación de Livingstone, el convoy muestra a partes iguales las grandezas y miserias de África. Después de atravesar los arrabales de la ciudad y de competir en velocidad con niños desharrapados sin unas malas zapatillas que llevarse al pie, se desliza perezosamente a lo largo de una reserva natural donde las jirafas saludan al maquinista y los nubarrones de humo se quedan atrás esperando el persistente sonido del silbato antes de disolverse.

Cuando cae la noche, después de un soberbio atardecer reflejado en sus ventanas, el tren se detiene para servir una deliciosa cena en el vagón restaurante con el catering del hotel Royal Livingstone. De fondo, muy débilmente, suena la inolvidable apertura de John Barry y el turista (que no viajero) se pregunta por qué no tendrá a Meryl Streep en su regazo para sellar su boca o para lavar su cabello con sumo cuidado.

EPÍLOGO. EL DESARROLLO LOCAL. Cuando los niños se acercan abriendo sus inmensas sonrisas es inevitable pensar en el futuro de África, en las desigualdades del mundo. Puede servir de consuelo o no, pero sin turismo seguramente estarían peor. La cadena Sun International, por ejemplo, da trabajo a 10.000 personas y tiene impacto económico sobre medio millón de habitantes del cono sur africano. Destina el 2% de sus beneficios a proyectos sociales y medioambientales, participa en la construcción de escuelas,  bibliotecas y plantas potabilizadoras, se provee preferentemente de productores locales… Una gota, sí, pero así se va haciendo océano.