TOKIO. Planeta respeto, planeta neón

TOKIO. Planeta respeto, planeta neón

Álvaro Martín

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Garrafas de sake con los emblemas de las cofradías productoras

Aterrizar en la capital nipona supone un enorme impacto en todos los sentidos. Culturalmente, porque se trata de una sociedad con una gran idiosincrasia sustentada en la tradición, la religión y la adaptación… Físicamente, porque es una megalópolis que satura con sus neones, sus música estridente y sus millones de personas que viven con un concepto reducido del espacio… Y mentalmente, porque se puede pasar de un rascacielos anime a un silencioso templo con su emblemático torii en tan solo dos metros; de cruzarte con una futurista (e inquietante) otaku a hacerlo con una mujer con el tradicional kimono. Bienvenido a Tokio: otra ciudad, otro planeta.

¿Qué sintieron los primeros europeos (misioneros portugueses, por ejemplo) que llegaron a Japón? Tras viajar a Tokio se sabe la respuesta: asombro. Resumiendo, la capital del que fuera Imperio del Sol Naciente es una inmensa urbe con unos 13 millones de habitantes, moderna, limpia, visualmente y culturalmente alucinante… y que funciona. Aviso para navegantes: todos los arquetipos que tenemos en la mente sobre Japón (comida, ropa, cultura, transporte…) son ciertos.

Desembarcar en el aeropuerto de Narita (el destino de la mayoría de los vuelos internacionales, bastante alejado del centro) o de Haneda (mucho más cercano y accesible) sirve para palpar que aquí las reglas son otras: limpieza, organización, amabilidad, respeto… pero también el primer choque con la barrera lingüística. Primera nota mental: los japoneses en general no hablan inglés, salvo unas pocas palabras (excepto el personal de información turística, claro). Aunque en Tokio el porcentaje es mayor, y al final el instinto de supervivencia obra milagros…

Segunda nota mental: a los tokiotas les encanta España. Basta con decir que eres español para que les cambie la cara y con una gran sonrisa te digan: a) que quieren venir, b) que han estado ya (principalmente en Barcelona y/o Madrid) o c) que conocen a alguien que lo ha hecho. Cierto es que, aunque los hay, los turistas españoles son poco numerosos en comparación con, por ejemplo, los estadounidenses y, sobre todo, los chinos (Pekín está a tres horas de avión).

El servicio en el aeropuerto es impecable y muy servicial, una constante del país. Y eso se agradece cuando, por ejemplo, una huelga de controladores en París ha hecho que tu viaje haya tenido dos escalas (Londres y Pekín) y que hayas tardado día y medio en llegar… para comprobar que te han perdido la maleta. Como dirían los japoneses, karma

…y eficacia para solucionar los problemas. A ello contribuye la sobreabundancia de personal. Hay personas contratadas para casi cualquier cosa: colocar las maletas que salen de la cinta, ayudar a los extranjeros en las principales estaciones de metro, parar a los peatones por si algún camión sale de una obra, ayudar a los escolares a cruzar las calles…

Respeto

Decir «arigato» (gracias) acompañándolo de una reverencia con la cabeza es tan habitual en Japón que los primeros día de vuelta en Occidente sigues haciéndolo. Respeto. Esa una de las claves de Tokio (y de todo Japón). Los tokiotas son tan respetuosos como celosos del orden y la organización. Todo viajero ha de serlo, y para ello nada mejor que documentarse sobre lo que se debe y no se debe hacer. Cuando uno viaja a otro mundo es fácil meter la pata…

Señalar a alguien con el dedo o con los palillos, sonarse la nariz, comer o beber en la calle, dar la mano o dos besos… Esta y otras acciones habituales en Europa pueden provocar que tu interlocutor japonés cruce las manos formando un aspa, algo que se traduciría como «no» o «prohibido» y que puede hacernos pasar un rato embarazoso. Y de tirar papeles al suelo, beber alcohol en la calle o hablar en voz muy alta o gritar, ni hablamos… Esto no significa que sea una ciudad estricta, no. A diferencia de otros destinos asiáticos en los que el orden se basa en la amenaza de sanción, aquí todo funciona por el tremendo respeto que impregna todo. Solo un ejemplo: no existen papeleras… y no se ve un solo papel en suelo.

Viviendo la ciudad

Superado el impacto cultural inicial, es hora de moverse. Tokio tiene un sistema de transporte público bastante complicado (y caro). Hay numerosas líneas de metro y ferrocarril ¡de distintas compañías! que recorren la ciudad, por lo que puede ser difícil orientarse. Un plano de transporte es imprescindible… como lo es una guía para moverte por las calles. Porque esa es otra. Solo las principales avenidas (dori) están señalizadas, por lo que no cuesta mucho perderse. Cuando esto ocurre, se puede recurrir a la infinidad de koban, o puestos de policía, en la que los agentes ayudan muchas veces sin saber inglés. Para eso está la mímica.

Tokio está dividido en una parte «continental» y otra insular, marcada por su bahía. No hay que olvidar que es una ciudad costera, aunque en muchos de sus 23 barrios en absoluto da esa sensación. Conocer a fondo una metrópoli de sus dimensiones necesita mucho tiempo, pues las opciones son infinitas, aunque, como en todo destino, hay algunas paradas obligadas. Todo dependerá de lo que busquemos (marcha, cultura, compras, tecnología, religión, gastronomía…). La mezcla es fantástica.

Una primera parada puede ser Shinjuku, barrio en el que se encuentra la estación del mismo nombre, con tres millones de viajeros al día. Todo en él destila modernidad, con los rascacielos del gobierno metropolitano y su espectacular mirador, los clubes y restaurantes más cools en la zona de Kabukicho, los grandes almacenes y las boutiques (algunas españolas)… Aquí impacta la estética de los jóvenes japoneses, ellas con sus plataformas y su maquillaje y ellos con sus impecables peinados de peluquería. También es el primer choque con una de las señas de identidad de Tokio: el neón.

Al día siguiente, la opción puede ser la también cosmopolita zona de Shibuya. Pero antes es obligada la parada en Meiji Jingü, uno de los templos sintoístas más populares. El silencio y el incienso impregnan una liturgia sencilla, recogida, en la que las palmadas, las reverencias (y las monedas) son básicas. Merece la pena disfrutar al menos de cinco minutos de calma.

Este templo se encuentra en medio de un impresionante parque construido por los propios tokiotas hace más de cien años. Como sucede en el neoyorquino Central Park, Tokio ofrece muchos contrastes césped-rascacielo. Obviamente, aquí el término «jardín japonés» cobra otra dimensión. Muchos son de pago, pero realmente merecen la pena. Salir de las calles atronadoras y luminiscentes y sumergirte en uno de ellos es como viajar miles de kilómetros y encontrar la paz… Para coger fuerzas y volver a empezar.

Camino del famoso cruce de Shibuya, salta antes la sorpresa. Al doblar una esquina aparece la calle Takeshita y aquí empieza el impacto visual. Se trata de una abarrotada (y turística) avenida comercial en la que los adolescentes japoneses acuden a comprar sus atuendos más atrevidos, a la vez que devoran gominolas y helados imposibles. Aquí abundan las otakus, las chicas vestidas con atuendos infantiles, góticos, galácticos… Realmente es digno de verse.

Y después de abrir los ojos como platos, llegamos —mejor por la noche—, al famoso cruce de Shibuya, un auténtico símbolo de la ciudad. Tiene pasos de cebra convencionales y longitudinales que, en apenas treinta segundos, cruzan de media un millar de personas… y sin chocarse. Recientemente se ha anunciado la instalación de uno en Madrid, aunque seguramente no se alcanzará el nivel de organización al cruzar. Eso solo es posible en Tokio: no se sabe cómo, pero funciona. Bueno, sí, una vez más, el famoso respeto.

Más referentes

Una nueva jornada para conocer más referentes tokiotas. Uno es el templo Sensoji, en Asakusa, con su pagoda de cinco pisos, reclamo turístico de la ciudad y uno de los templos más queridos y apreciados. Aquí se puede hacer provisión de souvenirs, entre los que destacan los palillos, los abanicos y, cómo no, el omnipresente maneki neko (gato de la suerte), de sobra conocido en España gracias a la globalización. Otro referente turístico es la Torre de Tokio, en Minatoku, con 332 m de altura y un mirador de escándalo desde el que disfrutar hasta del emblemático (y sagrado) monte Fuji.

Disfrutando de los ríos y canales que cruzan la ciudad, y que se pueden recorrer en crucero, se contempla la sede de la famosa cerveza nacional Asahi, un rompedor edificio diseñado por Philippe Starck. Después, lo suyo es dirigirse al estadio nacional de sumo (ese impactante deporte tradicional), con un museo muy interesante y unos murales perfectos para una foto de recuerdo. Y puestos a hablar de deporte, otra visita obligada es el Tokio Dome, el estado nacional de béisbol (paradójicamente, el deporte nacional). Además, cuenta en sus alrededores con un enorme parque de atracciones aunque, eso sí, los amantes de de los tiovivos solo tienen que cruzar la bahía y disfrutar del Tokyo Disney Resort

Mirando el bolsillo

Tokio no es una ciudad barata (1 euro = aprox. 115 yenes), salvo en una cosa: la comida. La gastronomía es mucho más que sake, arroz, noodles y sushi (todo buenísimo), pues se trata de una ciudad pesquera y con buena oferta también de carnes y vegetales. Armado de palillos, uno puede saborear auténticas exquisiteces a un precio razonable. Un consejo: el sushi se consume en el día, así que a última hora las tiendas lo bajan de precio para poder venderlo.

Otro día, con algunas bolas de arroz en la mochila por si entra hambre, se puede disfrutar de los museos. La oferta es impresionante, desde los históricos y artísticos hasta los más tecnológicos. Y para los más frikis, dos propuestas: el Token Hakubutsukan o Museo de la Espada Japonesa, con cientos de katanas, y el Museo Ghibli, en Mitaka, dedicado al universo anime del creador de auténticas maravillas, como el El viaje de Totoro.

Y llega el día del madrugón. Aunque lo normal para moverse por la ciudad es salir a las seis de la mañana, un día hay que poner el despertador a las 3 para acudir a Tsukiji, la lonja de pescado más grande del mundo. Las subastas, especialmente de los enormes atunes, son todo un espectáculo, aunque cada vez están más restringidas para no molestar a los trabajadores. Por un buen ejemplar se pueden pagar cientos de miles de euros, por lo que la cosa es seria. A partir de las 9 de la mañana se ofrecen cientos y cientos de puestos donde disfrutar de un ambiente salpicado de capturas vivas, veloces vagonetas y espacios para degustar auténticas exquisiteces, como el atún crudo o el pastel de pescado.

Las últimas compras

Para regresar a casa con productos típicos o recuerdos existen tres grandes opciones. En primer lugar, el mercado de Nakamise, en Asakusa, donde hay multitud de regalos tradicionales. En segundo, el mercado de Ameyoko, junto al Parque Ueno, ubicado debajo de las vías de la línea de ferrocarril Yamanote. Venden de todo: souvenirs, calzado, pescado, dulces, chucherías (imprescindibles en Japón)… y no está mal de precio.

Finalmente, una zona que se quedará impregnada en la retina para siempre: Akihabara. Es el paraíso de los amantes del cómic, las figuras de manga, los videojuegos y la electrónica, con cientos de tiendas que saturan de luz, vendedores micro en mano (habitual en la ciudad) y música estridente. Y si vas caminando y te da un folleto una adolescente con ligueros y medias altas, vestido de encaje y pololos, un bolso de Pikachu y dos katanas a la espalda, tranquilo, es normal, estás en Tokio.