ALDEAS HISTÓRICAS DE PORTUGAL. Entre castillos y leyendas

ALDEAS HISTÓRICAS DE PORTUGAL. Entre castillos y leyendas

JAVIER CARRIÓN

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Castillo de Marvão

Al otro lado de la frontera española, desde el Alentejo hasta la Región Centro de Portugal, se despliegan castillos y sugerentes aldeas históricas que evocan luchas y conquistas pasadas. Un territorio repleto de casas blancas con influencias árabes y testimonios medievales casi intactos donde todavía se pueden apreciar la historia, la arquitectura, la naturaleza y una gastronomía únicas.

Muy cerca, casi a tiro de piedra, Portugal propone, a unos kilómetros de la frontera con Extremadura, un destino repleto de fuertes y castillos de leyenda, murallas que han aguantado milagrosamente el paso del tiempo y aldeas históricas con encanto. Una ruta medieval para maravillarse con sus fortalezas defensivas y sus fascinantes pueblos, una rica herencia de las diversas civilizaciones que han dejado su huella en estas tierras del interior luso.

El coso taurino de Monsaraz

A poco más de 30 kilómetros de Villanueva del Fresno, en Badajoz, surge Monsaraz, uno de los pueblos más pintorescos de Portugal por su emplazamiento, « casi tocando el cielo del Alentejo », que domina el valle del Guadiana. Su casco viejo permanece intacto, al ser abandonado por su población para buscar una mejor vida en Reguengos de Monsaraz. Ahora apenas entran coches en este admirable enclave fortificado.

Su castillo se mantiene en ruinas, pero da lo mismo: desde sus muros se divisa la panorámica más hermosa del Guadiana. Además, en verano se organizan corridas de toros en uno de sus patios. El rey Dinis fue el responsable de construir esta fortificación a finales del siglo XIII con el fin de proteger y defender la frontera.

Castillos y fuertes en Estremoz y Elvas

Viajando siempre hacia el norte luso se alza en el horizonte Estremoz, con dos fortalezas muy interesantes. El Castillo de Evoramonte, a unos 13 km de la localidad, es una fortificación de gusto italiano, muy vinculada a la casa de Bragança, que destaca por sus cordajes anudados en la fachada, elegidos como símbolo de la citada casa real portuguesa.

El segundo, en lo alto de la vieja almendra de esta villa histórica, está ocupado en parte por una de las pousadas más famosas del país. Para subir a la torre del homenaje hay que entrar en el hotel desde donde parten las escaleras que conducen al mirador sobre el blanco impoluto de este pueblo, conocido también por sus cercanas canteras de mármol.

Desde Estremoz se divisa la autovía A-6 que se dirige a Badajoz, a unos 40 minutos en coche. Unos 20 kilómetros antes de llegar a esta capital extremeña se halla Elvas, una «ciudad cuartel de la frontera», famosa por los fuertes que la rodean y por su propio castillo.

Reconquistada a los árabes en 1226, Elvas fue tomada en 1580 por las tropas de Felipe II dirigidas por el duque de Alba. Tras la independencia en 1640, se construyó en esta villa la mayor fortificación abaluartada del país en una época en la que ya los cañones eran quienes dictaban la suerte final de las ciudades. Ese complejo militar sigue en pie en gran parte. Dos de sus baluartes en forma de estrella, el Fuerte de la Graça y el Fuerte de Santa Luzia, forman parte del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2012.

El primero de ellos, del siglo XVIII, es quizás el más espectacular. Nunca fue conquistado y acabó siendo una dura prisión política hasta 1974 y militar hasta 1989. Hoy son muchos los abuelos que llevan a sus nietos a conocer esta estructura extraordinaria, aunque la visita resulta espeluznante cuando se recorren las mazmorras y las celdas de castigo.

Una de ellas, «La Redonda», de forma circular, era compartida por 50 presos en unas condiciones infrahumanas. La consideraron una auténtica «tumba de hombres vivos» dentro de un laberinto de pasadizos y celdas coronado por la opulenta residencia del gobernador instalada en la cima del fuerte.

La fortificación se levanta en un monte, ubicado a unos 4 kilómetros del centro antiguo de Elvas, donde destacan también el acueducto de Amoreira, con 5,5 km de arquerías, una ambiciosa obra que tardó 120 años en ejecutarse ; el Largo de Santa Clara, con una bellísima picota de mármol ; y las murallas, repletas de fosos, puertas fortificadas, cortinas, bastiones y explanadas.

Marvão y la ciudad romana de Ammaia

La sierra de San Mamede, muy próxima a la frontera española, a la altura de Valencia de Alcántara, ya en Cáceres, protege las últimas tierras del norte del Alentejo. Su icono más conocido es Marvão, a 843 metros de altura, un increíble nido de águilas defensivo presidido por un castillo del siglo XII y al que José Saramago dedicó estas palabras : «A partir de Marvão se puede ver toda la tierra».

El castillo fue modificado en el siglo XVII, sobre el extremo oeste de este espolón rocoso de granito desde el que se goza una panorámica de 360 grados y de este encantador pueblo, que merece un tranquilo paseo para disfrutar de sus estrechas calles, con pasos abovedados, arcos góticos, ventanas manuelinas y casas con balcones floridos, embellecidas con rejas de hierro forjado.

Al descender por la carretera serpenteante se pasa por Portagem y su torre medieval, todavía en pie, donde los judíos tenían que pagar impuesto de entrada en el siglo XV. Un kilómetro y medio más adelante esperan las ruinas romanas de Ammaia. El arqueólogo portugués Joaquín Carballo es, de alguna manera, el «padre» de esta ciudad romana, ya que comenzó a trabajar en toda su extensión de 25 hectáreas en 1995. Lo que esconde este lugar bajo tierra es una ciudad romana que llegó a contar con 7.000 habitantes y que floreció gracias a los abundantes productos agrícolas del lugar, como el vino, el aceite y los cereales.

Las ruinas que se encuentran en São Salvador de Aramenha, entre Castelo de Vide y Marvão, se pueden visitar. Su museo exhibe una colección de hallazgos del yacimiento : lápidas, dinteles tallados, joyas, monedas y objetos de vidrio increíblemente bien conservados. Hasta ahora se ha excavado una mínima parte de lo que fue esta ciudad, pero los visitantes pueden recorrer las ruinas con senderos marcados para llegar al lugar donde se ubicaban el foro y las termas, y para contemplar sus sobresalientes columnas erigidas hace 2.000 años.

La judería de Castelo de Vide

Desde Ammaia resulta sencillo acercarse a Castelo de Vide tomando un cruce muy próximo. Una carretera local sorprende con un túnel de árboles cerrados muy llamativo. Se trata de un conjunto de fresnos que resaltan por una tira blanca pintada en el tronco formando un curioso y fotogénico pasaje. Los árboles estuvieron a punto de ser derribados, pero finalmente se salvaron unos cuarenta.

Siguiendo esta carretera unos 7 kilómetros se alcanza Castelo de Vide, agrupado al pie de su castillo, en otra colina de la sierra de San Mamede. Este bonito pueblo, llamado por rey Pedro V «el Sintra do Alentejo», sorprende por sus callecitas tortuosas que conducen siempre en sentido ascendente a la antigua judería, en la que sobresale una sinagoga medieval que recuerda el pasado sefardí de la localidad y a la hermosa fuente renacentista de la villa.

La sinagoga alberga una magnífica colección de piezas sobre la comunidad judía en dos salas, una para hombres y otra para mujeres, un tabernáculo de madera y un arca sagrada donde se guardan los rollos de la Torá.

Región Centro y sus doce aldeas históricas

Antes de abandonar el Alentejo hay que visitar el menhir de Meada, el más grande de la península ibérica, con sus 7,15 metros de altura y 18 toneladas de peso, y la playa fluvial del Tajo en Gaviao, la más coqueta del río, con una hermosa vista panorámica del castillo de Belver, construido en 1194 en uno de los rincones más románticos del gran río hispano-portugués.

A través de Castelo Branco, la capital de la Beira Baixa, se accede a la Región Centro, donde las autoridades turísticas han puesto en marcha un nuevo proyecto de conservación de las tradiciones y la convivencia de sus acogedores habitantes.

El programa, denominado «Las 12 aldeas históricas de Portugal», suele iniciarse en Idanha-a-Velha, una pequeña localidad situada a orillas del río Ponsul que jugó un papel importante en la época romana como nudo de comunicación entre Coimbra y Mérida.

Hoy se pueden recorrer las murallas de la vieja Civitas Igaeditanorum, entrar en su imponente Catedral Vieja, que fue sede episcopal, y descubrir cómo era la vida local en algunos de sus rincones, por ejemplo en la almazara de Varas o el horno comunitario, muy cerca de su hermoso puente romano.

Monsanto, el espolón templario

De la encantadora Idanha-a-Velha, repleta de originales estelas funerarias romanas, el camino puede seguir por Penha García, con sus deslumbrantes vistas, sus ricas hogazas de pan y una Ruta de los Fósiles que permite apreciar su riqueza geológica.

Para comprobarlo hay que descender del castillo por un camino empedrado con puentes y pasarelas de madera hasta el desfiladero del río Ponsul entre paredes con fósiles trilobites, molinos de piedra que aún funcionan y rocas enormes aptas para la escalada. Las huellas de ese pasado remoto demuestran que hace 600 millones de años Penha García era un océano con aguas poco profundas.

Monsanto, la siguiente parada, se encuentra solamente a 11 kilómetros por la N-239 y asombra por su ubicación, en la ladera de un gran cerro abarrotado de grandes rocas de granito que se confunden con las casas atrapadas de los vecinos.

En la cima, a unos 758 metros, se alza la torre del homenaje de un castillo templario inexpugnable. Aunque cuesta un poco de esfuerzo, merece la pena subir hasta este baluarte para admirar el trazado de la localidad, reconocida en 1938 como «la aldea más portuguesa de Portugal».

Ahora solo viven unos 80 vecinos y apenas cuenta con dos bares donde se puede degustar, eso sí, un delicioso pulpo. Nada que ver con su esplendoroso pasado, cuando Monsanto fue conquistado a los moros por Alonso Henriques y donado posteriormente por el monarca a los templarios.

Fueron estos caballeros los que montaron, entre este enjambre de bolos de piedras, muros de piedra y cuevas repletas de flores, todo un centro comercial y enigmático que recuerda lejanamente a las historias de El Señor de los Anillos.

Belmonte y Sortelha

Belmonte, tierra de judíos, es el punto situado más al norte de la ruta de castillos y aldeas históricas. Se halla en un promontorio próximo a la «Serra da Estrela», con un castillo visible desde la lejanía.

Es famoso porque vio nacer al ilustre navegante Pedro Álvares Cabral, descubridor de Brasil en 1500. De ahí que su panteón familiar esté instalado en la Iglesia de Santiago y sean muchos los visitantes del otro lado del Atlántico que se acerquen a la cuna del descubridor, famosa también por su vinculación hebrea.

En el pueblo viven hoy unos 50 judíos que acuden a la sinagoga abierta en la ciudad desde 2006. También se enorgullece de su interesante Museo Judaico.

Desde Belmonte hay que acercarse, sin duda, a otra aldea histórica, Sortelha, una de las más antiguas del país, que ha sabido mantener su fisonomía urbana y arquitectónica hasta nuestros días.

Las callejuelas, enclaustradas por un anillo defensivo y vigiladas por el castillo del siglo xiii, trasladan al visitante a la Edad Media entre sepulturas, iglesias, una colonia de gatos más abundante que la de vecinos y una picota manuelina en la que resulta inevitable hacerse un selfie con la bonita fortaleza a la espalda. •