Casablanca. JEAN BRICE SANT MARTIN / Lafarge Holcim

Casablanca. JEAN BRICE SANT MARTIN / Lafarge Holcim

«Los marroquíes se implican mucho si creen en tu propuesta»

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A tan solo unos kilómetros de la costa andaluza se halla Marruecos, un vecino tan cercano como diferente en lo que respecta a raza, religión, gastronomía… y trabajo. Jean Brice Saint Martin, ingeniero civil de profesión, apostó por expatriarse con su familia a Casablanca como un proyecto laboral y vital, con un punto de huida de la rutina, como él mismo reconoce. El choque cultural y de cultura corporativa es importante, por lo que la adaptación ha tenido sus luces y sus sombras. Todo un reto que inició en 2017.

 
Muchos de los expatriados que pueblan el mundo lo han sido en varios destinos, y ese es el caso del francés Jean Brice Saint Martin, que actualmente vive y trabaja en la cinematográfica ciudad marroquí de Casablanca y que anteriormente lo hizo, por ejemplo, en Brasil. Por tanto, el apartado de la seguridad lo tiene controlado. «Allí [en Brasil] te asaltan a mano armada y vives con esta idea cuando sales a la calle. Aquí [en Casablanca] es mucho más seguro que cualquier ciudad europea. Las armas de fuego están prohibidas», explica. Primer punto para esta bella ciudad mediterránea, en la que, no obstante, no todo son luces…

Jean trabaja para una compañía francesa llamada LafargeHolcim, especializada en infraestructuras y construcción (no hay que olvidar que Marruecos fue colonia gala y, por tanto, los lazos culturales, lingüísticos y económicos son muy importantes). Él es ingeniero civil, lo que en España se conoce como ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y es el responsable de toda el área de hormigonado.

El primer choque se produce con los horarios. «En el sector donde trabajo, fuera de Marruecos la gente madruga. Sin embargo, aquí llegan al trabajo a las 9:00 o 9:30 horas. Además, las obras tienen un ritmo desfasado con lo que conocía fuera de aquí y en varios países. Hay más trabajo por la tarde», explica, mostrando algo impensable por ejemplo en España. «Los horarios son bastante flexibles, o dicho de otra forma, la gente no es muy puntual», añade.

Esto no significa que no sean profesionales, solo que lo son a su manera. «Ellos mojan la camiseta si creen en la propuesta. Es más ‘sentimental’ que en Europa», asegura. Eso sí, hay aspectos de la cultura empresarial que no acaban de convencerle: «Lo que me gusta menos es la cultura del jefe. Hay un respeto exagerado a lo que dice este y poca cultura de feedback. Hay mucho respeto a la jerarquía establecida». Además, asegura, hay dos aspectos que afectan a las relaciones laborales. Por un lado, la inconsistencia de los acuerdos. «La palabra “No” no existe y esto complica las cosas a la hora de tener un acuerdo. Y sobre un acuerdo que parece firme, siempre se vuelve a hablar, incluso si está firmado. Un eterno recomienzo…», detalla.

El segundo aspecto es más importante: «Desde un punto de vista más ‘técnico’ o tangible, lo difícil es cobrar. En España se cobra tarde, pero se cobra. Y se cobra como fue acordado. Aquí se cobra tarde, pero casi siempre más tarde de lo acordado y a veces no se cobra. Esto mata a las empresas, que al final son las que sostienen el país cuando baja la inversión pública», afirma.

EL COMIENZO

«Ya había estado varias veces en Marruecos antes de venir a vivir. Lo hice por turismo y, puntualmente, por trabajo. Lo cierto es que tenía la imagen de una gente muy abierta a las culturas, las religiones… Y de un país relativamente moderno en cuestiones de infraestructuras, ocio, etc.», explica este ingeniero. Y la realidad ha coincidido más o menos.

«Lo que no imaginaba es la fractura que hay entre ricos y pobres. No en términos de nivel de vida, sino en términos de visión y propósito. Los más pobres son muy religiosos, no siempre por creencia, a veces más por presión social, y, lo peor, aceptan su condición. No tienen opción a una buena educación buena y te dicen: “Siempre seremos pobres y nuestros hijos también lo serán, y así sigue”», explica.

Pero el trabajo es otro mundo, de cómoda integración. «Es fácil para quien trabaja. Lo hago en una multinacional y en ella la gente es abierta y está acostumbrada a un ambiente con varias culturas. Otra cosa es fuera del trabajo, donde la gente vive muy de casa para dentro, en familia, y esto complica las cosas para la adaptación», reconoce. Y, por supuesto, está la cuestión cultural y religiosa, que no trata igual a un expatriado que a una expatriada: «Para las mujeres la integración y la seguridad son diferentes. Se sienten muy observadas y no suelen andar solas por las calles. Encuentras muchos lugares con solo hombres. No diría que es inseguridad, pero sí un clima hostil para las mujeres», asegura.

Jean, que reconoce que salvo su familia y amigos no echa de menos nada de su Francia natal, conoce bien el país marroquí, pues ha visitado ya ciudades como Marrakech, Oualidia, El Jadida, Rabat, Tánger, Fes, Meknes, Chefchaouen… Por supuesto, disfruta de la parte menos laboral de la vida allí. «En términos de ocio, son bastante fiesteros. Hay una Casablanca de día y otro by night. La ciudad se transforma. Ves gente y te preguntas dónde estaban durante el día…», reflexiona.

Desde el punto de vista operativo, su compañía área de referencia es Royal Air Maroc (RAM), aunque asegura que, para él, tiene bastantes carencias. De hecho no usa app porque con ella solo puede hacer el check in «y poco más». No obstante, asegura que viaja poco en avión, puesto que la mayoría de los desplazamientos en este país los hace por carretera.

Ingeniería, arena, Mediterráneo y desierto… Una cultura cercana en el mapa y muy muy lejana a la hora de trabajar.