
A la sombra del Vesubio, Nápoles se despliega deslumbrante, exuberante en su barroquismo religioso y en la vitalidad de una ciudad que late sin pausa. Sus habitantes, intensos y hospitalarios, reivindican con orgullo una identidad forjada a lo largo de siglos, donde conviven huellas griegas, romanas y españolas. Civilizaciones que dejaron un legado profundo en una tierra acostumbrada a ser conquistada, abierta por naturaleza, donde la mezcla es norma y donde nadie se siente extranjero.
TEXTO Y FOTOS JAVIER CARRIÓN
«Los napolitanos somos acogedores y abiertos, quizás porque tenemos un sentido ligero de nuestra existencia. El hecho de estar situados debajo de un volcán, que sabes que te puede dar una oportunidad a la vida o quitártela definitivamente, nos hace vivir al día, ser pacientes y, sobre todo, disfrutar de los placeres que nos ofrece este mágico lugar». Con estas palabras recibe el guía local al visitante antes de introducirlo en la capital de Campania, un destino único en Italia, con más de quinientas iglesias y una ciudad bajo sus calles con alrededor de 400 kilómetros de túneles, cuevas y cisternas.
Son innumerables los tesoros artísticos que, bajo tierra y en la superficie, se pueden visitar en Nápoles. Si se decide empezar por el centro histórico, lo más aconsejable es acudir a la Piazza del Gesù Nuovo, la puerta de entrada al corazón del casco antiguo. El lugar está presidido por la iglesia del mismo nombre y por la aguja de la Inmaculada, que data de 1747, construida tras una suscripción popular. En el siglo XV, el templo fue un palacio perteneciente a la familia Sanseverino, a la que se recuerda por su valerosa lucha contra los aragoneses, y destaca por su fachada ‘almohadillada’, así como por sus mármoles en taracea que fascinan al visitante por sus llamativos colores. El palacio fue adquirido por los jesuitas en 1585.
De este ‘gran teatro religioso’, excelente ejemplo del barroco italiano, parte la Via Spaccanapoli. Se trata de una antigua calle grecorromana en línea recta de dos kilómetros de longitud, con un laberinto de callejuelas a sus lados, que divide la ciudad en dos y conduce a algunos de los monumentos más importantes.
El más próximo es el monasterio de Santa Chiara, levantado en estilo gótico provenzal y preferido sin duda por la aristocracia napolitana, sobre todo a la hora de celebrar enlaces matrimoniales. El templo, que resultó muy dañado por los bombardeos de 1943, guarda en su interior los monumentos funerarios de la familia real de los Anjou (angevinos) y una capilla dedicada a los Borbones, descendientes de Carlos III, el ‘rey-alcalde madrileño’, aunque lo más visitado es el claustro de las Clarisas. En este espacio, alejado del bullicio de las calles más próximas, hay que detenerse en sus bellísimas columnas octogonales y los asientos sobre los que se puede disfrutar admirando un conjunto de dibujos originales con una temática común: la naturaleza y las escenas cotidianas de la vida napolitana.
El recorrido por el viejo Nápoles puede continuar por la Piazza San Domenico, el lugar donde se encontraban las antiguas murallas griegas de la ciudad, con un bellísimo edificio, el Palacio Corigliano, sede actual del Instituto Universitario de las Lenguas Orientales. A solo unos pasos, casi escondida en una callejuela lateral, sorprende la espectacular capilla de Sansevero, con su grandiosidad barroca y una escultura única que impacta al visitante.
El Cristo Velado, obra de Giuseppe Sanmartino, es una excepcional pieza artística gracias al virtuoso tratamiento del mármol y al juego de luces que le acompaña. Bajando unas escaleras, vale la pena asombrarse con las ‘máquinas anatómicas’, que han alimentado leyendas y extrañas historias sobre el príncipe de Sansevero, considerado por unos un hechicero o un demonio y por otros un «científico» de la época. Los esqueletos auténticos de un hombre y una mujer se exponen aquí, con los sistemas sanguíneo y nervioso misteriosamente conservados, como si se tratara de un auténtico estudio anatómico.
La calle de los belenes
A continuación, es inevitable detenerse en la Via San Gregorio Armeno, la ‘calle de los belenes’, donde muchos artesanos, como Giuseppe Ferruzzi, continúan con una tradición iniciada en 1836. Sus belenes son famosos. Los hay desde 10 euros, pequeños y realizados con barro, hasta los más sofisticados, con lujosos materiales y 20 figuras, que superan los 20.000 euros. Para estos últimos, Giuseppe necesita dos meses de trabajo, que compagina con la atención a los clientes que visitan su pequeño pero encantador taller.
El bullicio en la vía es enorme, con tiendas repletas de cornicelli napoletani, un amuleto también conocido como ‘cuerno de la suerte’, que sirve para defenderse del mal de ojo. Sin salir de la calle sorprende entrar en la iglesia de San Gregorio Armeno, uno de los lugares de culto más importantes de la ciudad, con una espectacular decoración barroca, que fue primero hospital para los pobres en el siglo VIII y después templo y monasterio que acogió a una congregación de monjas de Armenia.
Quinientos metros separan este templo del Duomo de Nápoles, aunque antes hay que pasar por la Piazza San Gaetano, con dos históricas iglesias, dedicadas a San Paolo Maggiore (siglos VII-X) y a San Lorenzo Maggiore (siglo XII). Gracias a las excavaciones realizadas en esta última se pudo confirmar que el lugar era un antiguo mercado de carne y pescado, parte de un Nápoles hoy subterráneo, con más de 700 cuevas esparcidas en todas las direcciones. Se pueden visitar en los bajos de la iglesia las calles y las tiendas de la antigua ciudad romana del siglo IV. Uno de esos recorridos menos conocidos conduce al complejo de Santa Ana de Lombardi, con una sacristía considerada como una pequeña Capilla Sixtina gracias a los frescos de Giorgio Vasari, gran admirador de Miguel Ángel.
Ya en la catedral napolitana merece la pena recorrer la nave central, el baptisterio, la cripta de San Genaro y la capilla del Tesoro, un espacio de estilo barroco en el que se guardan más de 50 figuras de plata donadas por ricos devotos. Algunos aseguran que el tesoro de esta capilla es más grande que el de los zares de Rusia o el de la Corona Británica. En el interior del duomo también se conserva la sangre de San Genaro, conocida porque cambia de estado sólido a líquido durante algunas celebraciones.
El centro y la vía al mar
Hay, como es lógico, muchos más Nápoles por descubrir, aunque se trate de una visita corta. Lo que es hoy su centro, el área delimitada por el Castel Nuovo y el Museo Arqueológico Nacional, es una auténtica pinacoteca de Pompeya y Herculano, que exhibe también colosales estatuas esculpidas 1.200 años antes que las famosas obras de Miguel Ángel.
En esa área destaca el Palacio Real, el primero que se levantó en la ciudad, en el siglo XVII, situado en la Piazza del Plebiscito, la más amplia de la ciudad actual y con cierto paralelismo con la de San Pedro en Roma, frente a las dos estatuas ecuestres que homenajean a Carlos de Borbón y Fernando I. El palacio, que se construyó en previsión de una posible visita del rey español Felipe III a la ciudad, que nunca llegó a realizarse, tiene en su fachada principal las llamativas esculturas de ocho soberanos del Reino de Nápoles, entre ellos los españoles Alfonso I de Aragón, el emperador Carlos V y Carlos III.
Entre el Palacio Real y el Real Teatro San Carlo, el más grande de Italia, abre el Caffè Gambrinus, desde hace más de 150 años el ‘salón de la ciudad’, templo del café napolitano y punto de encuentro de artistas, nobles e intelectuales. Es muy recomendable probar sus dulces más famosos: el babà, la sfogliatella riccia y la sfogliatella liscia.
Muy cerca, la Galería Umberto I, construida a finales del siglo XIX, es un buen ejemplo del Nápoles más contemporáneo. Una espectacular estructura de hierro y cristal con cuatro brazos de soporte, presidida por una gran cúpula en su centro. Asombran las fachadas interiores de los cuatro edificios de 25 metros de altura y cuatro niveles. Junto a esta galería se encuentra la Via Toledo —lo que sería, por sus tiendas y comercios, la ‘Gran Vía napolitana’— y los Barrios Españoles (Quartieri Spagnoli), un lugar fascinante surgido hacia 1530, cuando se inició la dominación española, que merece la pena explorar por su entramado de estrechas calles.
Aquí, los murales de Maradona atraen a miles de visitantes que recuerdan el paso del astro argentino por el Nápoles, club que, por cierto, cumple su primer centenario el 1 de agosto de 2026. Si quedan fuerzas para caminar, se puede ascender a la Certosa di San Martino, en la colina del Vomero. En esta cartuja asombra su imponente iglesia barroca, sus claustros adornados con calaveras y la colección de belenes, especialmente el Cuciniello, que con sus 800 piezas está considerado el más famoso e importante de todo Nápoles. Al salir del complejo se halla la entrada del Castel Sant’Elmo, que regala desde su parte más elevada una impresionante panorámica de 360 grados de Nápoles, la bahía y las islas más próximas.
La Nápoles más próxima al mar es la que muestra la zona del Castel dell’Ovo, que se puede admirar desde el piso noveno del hotel Royal y a través de su paseo marítimo hasta la colina de Posillipo, que depara también unas fantásticas vistas del golfo, el Vesubio y las islas. Panorámicas incomparables como la que ofrece la subida al Monte Echia a través del ascensor inaugurado el 9 de abril de 2024. El billete cuesta solo 1,50 euros.
Herculano
Desde Nápoles se abre un amplio abanico de excursiones atractivas: a sus islas más próximas (Procida, Ischia y Capri) o a la singular costa amalfitana, aunque quizás la más sencilla es la visita de Herculano, a solo quince minutos en coche de la capital de Campania.
Aunque es mucho menos conocida que Pompeya, a Herculano se la considera una joya arqueológica que sobrevivió a la histórica erupción del Vesubio en el año 79 d. C. Más pequeña, pero más compacta, el complejo muestra una cara íntima de la vida cotidiana de la época romana que se percibe al recorrerla.
Lejos de las multitudes que se acercan a su vecina Pompeya, tres veces mayor, Herculano conserva los pisos altos de sus casas, frescos llamativos, calles casi vacías con sus fuentes y sus bodegas y, sobre todo, permite descubrirla con mayor tranquilidad.










