
Entre santuarios sintoístas y templos budistas, la antigua capital imperial de Japón durante más de mil años ofrece una inmersión en la cultura nipona con una escena comercial única. Cada uno de sus barrios muestra una faceta distinta donde encontrar desde tesoros artesanales, objetos lacados y textiles centenarios, hasta cerámica contemporánea, papel washi, palillos de bambú, incienso o sus preciados kimonos pintados a mano.
TEXTO GELES RIBELLES
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El centro de Kioto es el núcleo de las compras, en torno a Shijō-dori y Kawaramachi. Estas calles están llenas de galerías comerciales, grandes almacenes y boutiques que combinan artesanía tradicional con marcas de lujo. En Shijō-dori, que discurre entre el río Kamo (Kamo-gawa) y la calle Karasuma, grandes almacenes como Daimaru Kyoto Store ofrecen ropa, cosméticos, artesanía y productos gourmet junto a tiendas de lujo, como Louis Vuitton, y establecimientos de electrónica con los últimos adelantos.

El barrio de Higashiyama es uno de los más evocadores de la ciudad. Las cuestas de Ninenzaka y Sannenzaka serpentean entre casas tradicionales hasta desembocar en el entorno del santuario Yasaka. En Yasaka-dori, entre faroles y fachadas de madera, se suceden pequeños comercios especializados, algunos dedicados al nihonshu, el nombre japonés del sake. Por su parte, Rokuhichidō, en la zona de Karasuma, ofrece delicadas creaciones elaboradas con papel washi.

A pocos pasos, en Gion, en la calle Hanamikoji-dori, Chiso Kimono encarna siglos de tradición textil. En este distrito sobreviven las okiya, donde se forman las geiko —como se denomina en Kioto a las geishas— y las maiko, o aprendices; las ochaya, donde reciben a sus clientes; y las shidashi, encargadas de la gastronomía. En ese mismo universo, la tienda-taller Naitō continúa elaborando desde 1875 las sandalias geta y zōri, que acompañan estos rituales. Cada par, hecho a medida, requiere meses de trabajo y combina madera tallada con delicados hanao (bandas) de seda, bambú o papel washi.
Cruzando el río Kamo hacia la avenida Kawaramachi, en el número 725-1, la ciudad muestra una cara más contemporánea. Aquí, Kaikado Café ocupa un antiguo edificio vinculado a las oficinas del tranvía. Es perfecto para hacer una pausa y probar los cafés de su propia tostadora o sus tés aromáticos acompañados de dulces artesanos, mientras se recorre su tienda, repleta de cajas de latón, utensilios de cobre y objetos vinculados al té.

Más que un mercado
La vida cotidiana late en torno al Nishiki Market, mucho más que un mercado: un auténtico laberinto de sabores y experiencias gastronómicas con siglos de antigüedad. Entre sus innumerables puestos y pequeños restaurantes es posible adquirir productos frescos, utensilios de cocina o cerámicas, así como degustar, entre otras propuestas, la cocina kaiseki.
A pocas calles, en Fuyachō Rokkaku, Hakuchikudō conserva desde 1718 el arte del abanico plegable japonés, el sensu. Conocida como la “Casa del Bambú Blanco”, es una de las firmas más prestigiosas. Cada pieza requiere más de ochenta procesos manuales y encierra un profundo simbolismo. Incluso se puede participar en talleres para personalizar el propio abanico.

Teramachi-dori, o la “calle de los templos”, concentra tiendas singulares. Entre librerías, galerías de arte y espacios vintage, destaca Yamada MPD Art Club. Este proyecto, impulsado por Naoto Yamada y su esposa, recupera el legado de su antigua tienda familiar y reúne piezas únicas del movimiento mingei, nacido en 1926, junto a cerámicas de grandes maestros como Kanjirō Kawai o Shōji Hamada.
El paseo continúa hacia la zona próxima al castillo Nijō, antigua residencia del shogun Tokugawa, donde se encuentra Ryūōen Chahō, un encantador establecimiento fundado por la familia Sugiura en 1875. Es uno de los preferidos por los locales por su té matcha, que se sigue elaborando en molinillos de piedra siguiendo técnicas centenarias y se vende por peso, con una pureza difícil de encontrar fuera de Japón.
Muy cerca, en Nijō-dori, Kōsetsuken mantiene viva la caligrafía japonesa, especializada en pinceles de alta calidad, piedras y barras de tinta antiguas. También crea piezas personalizadas según el pulso de cada persona al escribir y ha sido frecuentada por autores como Jun’ichirō Tanizaki. Otra de las joyas de Kioto es Saiundō Fujimoto, donde pinceles, tintas y papeles elevan la escritura y la pintura nihonga a una disciplina artística basada en pigmentos naturales sobre seda o papel. En esa misma zona, espacios como 201 Art Lab Kyoto ofrecen aceites perfumados y más de cincuenta aromas diferentes.
Ineludible es el distrito de Nishijin, donde el pasado textil de Kioto sigue latiendo en casas como Hosoo. Fundada en 1688, esta firma ha sabido reinterpretar el Nishijin-ori, el distinguido tejido japonés de alta calidad, en diseños contemporáneos plasmados en pañuelos de seda, kimonos, yukatas, ropa de cama, bolsos y pijamas. Kioto es uno de esos lugares donde las compras se transforman en una experiencia cultural.











