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DALLAS. Pozos de ambición

Fernando Sagaseta

La gran metrópoli texana se presenta ante el mundo cargada de novedades. Tras un programa de inversiones de 15.000 millones de dólares, Dallas se ha convertido en uno de los polos más dinámicos de todo Estados Unidos para los negocios, la innovación, el arte, la arquitectura de vanguardia, las compras y el deporte de élite; un lugar donde zambullirse además en el american way of life con un marcado acento sureño.

Casi imposible hablar de Dallas sin mencionar a Kennedy y al magnicidio que sacudió al mundo a las 12:30 h de la cruel e imborrable mañana del 22 de noviembre de 1963, y menos ahora, que acaban de cumplirse 50 años de la efeméride. Todavía sobrecoge un poco situarse encima de una de las dos cruces blancas pintadas sobre el asfalto de la plaza Dealey, en los precisos puntos donde el expresidente recibió los impactos de bala que acabaron con su vida.

A pocos metros, el icónico edificio desde donde Lee Harvey Oswald realizó los disparos es hoy un lugar de peregrinación turística en el que la cierta explotación de la tragedia no está reñida con una interesante visión socio-política de la época: los convulsos sesenta. “Vea cómo la historia cambió en un segundo” es el reclamo del Museo de la Sexta Planta, donde se encuentra la ventana más famosa de la ciudad y probablemente del mundo, y cuyo interior se conserva tal cual, con mismas las cajas de libros sin abrir que se encontraban en este antiguo almacén o las cintas policiales que acordonaron el lugar de los hechos.

La exposición permanente es todo un recorrido generacional a través de fotos, vídeos, testimonios, documentos, paneles explicativos y objetos que explican la trascendencia de los cambios que se produjeron en la década. También un cierto alimento para el morbo, porque aún siguen saliendo nuevos datos, hipótesis e interpretaciones sobre el asesinato que dan pie a animados debates. Para los grupos, el museo ofrece un generoso espacio de de 4.500 m2 donde celebrar todo tipo de eventos.

Siguiendo con los personajes ligados al destino, una de las grandes novedades en Dallas ha sido la apertura, en mayo del año pasado, del George W. Bush Presidential Center, un edificio de irreprochable clasicismo que se encuentra en el campus de la Universidad Metodista del Sur. A los detractores del 43º presidente de Estados Unidos, el lugar les repelerá un poco, porque el repaso de sus mandatos se acerca peligrosamente a la hagiografía.

Desde el punto de vista técnico, lo cierto es que la exposición es soberbia, tan atractiva como interactiva, con espectaculares proyecciones, pantallas táctiles y los más variados soportes de de comunicación (léase marketing). Una de las grandes atracciones es un juego en el que, atendiendo a las recomendaciones de consejeros presidenciales, se pueden tomar decisiones en torno a grandes crisis que le tocó vivir al inefable Bush, como el huracán Katrina o los sucesos del 11-S, y compararlas con la que en su momento tomó el tejano. Más popular aún es la posibilidad ocupar una réplica exacta del famoso Despacho Oval de la Casa Blanca, desde cuyo asiento uno puede llegar a sentir tentaciones de invadir algún país.

Mecenas

Dallas se parece a tantas y tantas ciudades norteamericanas, con ese downtown saturado de oficinas y calles despobladas y una filigrana de autopistas separando unos barrios de otros, que pasaría desapercibida si no fuera por una apuesta clara por la cultura, el arte y la arquitectura, financiadas en la mayor parte de los casos por grandes fortunas.

Por ejemplo, Ross Perot, aquel ultraconservador que disputó las presidenciales en 1992 y 1996 frente a candidatos como Bill Clinton, Bush padre o Bob Dole, ha dado su apellido y su dinero al excelente Museo de Ciencia y Naturaleza, otra de las más recientes aperturas en la ciudad y que bien merece una detenida visita. El edificio, obra del premio Pritzker Thom Mayne, es un prodigio de sostenibilidad medioambiental que se alza en Victory Park, muy cerca del centro.

Un potentado como Raymond Nasher ha dejado también su impronta en el centro de escultura del mismo nombre, diseñado por el mismísimo Renzo Piano, otro Pritzker. Nasher reunió, junto con su esposa Patsy, más de 300 piezas que se pueden contemplar tanto en el interior como en el tranquilo jardín, donde conviven con asombrosa armonía Giacometti, Rodin, Matisse, De Kooning, Picasso o Chillida. Justo al lado se encuentra Museo de Arte de Dallas, una apabullante muestra de los cinco continentes a lo largo de 5.000 años de historia.

Arts District

Toda esta oferta se encuentra en el Arts District, por donde es muy recomendable darse una vuelta a pie, a pesar de que, en general, los norteamericanos son más amigos del coche que del paseo. Es la mejor manera de disfrutar de la arquitectura desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, con algunas obras realmente memorables firmadas por autores de renombre mundial. También se puede contratar un tour guiado para descubrir el entorno con más información.

Más avisos a caminantes. El Klyde Warren Park, abierto en octubre de 2012 tras el soterramiento de la Woodall Rodgers Freeway, representa un esfuerzo estimable para conectar el Arts District con el Uptown y el Downtown. Resulta un verdadero lujo poder intercambiar unos pases con un balón de fútbol americano o recibir una clase de yoga sobre el césped al aire libre rodeado de toneladas de acero y cristal de los rascacielos circundantes.

Mucho más extenso y variado es el Dallas Arboretum, un auténtico oasis a orillas del lago White Rock con sus extraordinarias colecciones de helechos, plantas tropicales y azaleas, entre otras muchas especies que pueblan el jardín botánico. Un escenario tan lucido atrae continuas sesiones fotográficas de novios y niñas-mujeres para su puesta de largo. En primavera se celebra aquí el Dallas Blooms, un festival floral que dispara una verdadera explosión de color durante cinco semanas. Para visitarlo hay que contar con el transporte, porque se encuentra a unos cuantos kilómetros del centro.

Shopping

Uno de los deportes más extendidos, tanto entre los habitantes de la ciudad como entre los turistas nacionales y extranjeros, es el shopping, importantísimo reclamo para visitantes. Dallas es de las ciudades con más baja fiscalidad de todo el país, un hecho que, además de atraer inversionistas, empresas y negocios de toda clase, se nota también en la fiebre consumista que impregna sus grandes centros comerciales. Atención: Texas es el único estado del país, junto con Luisiana, donde se puede solicitar la devolución de los impuestos. Más de 4.500 tiendas están adscritas al sistema TaxFree.

Aunque hay malls por todos lados, algunos sobresalen por más motivos, como es el caso de Northpark Center, construido en los años sesenta por un amigo de Andy Warhol. Entre sus 390.000 m2 de tiendas, restaurantes y locales de ocio se puede disfrutar de obras de arte contemporáneo, tanto del fundador de The Factory como de Frank Stella, Jim Dine o Mark di Suvero, autor de la monumental “Ad Astra”, una de las últimas adquisiciones. Los que son incapaces de regresar a casa sin permitirse un capricho o un regalo para los suyos también pueden rascarse el bolsillo en la Galería Dallas o en el West Village, una zona de comercios sofisticados con estilo más europeo.

Si además de comprar, el plan es comer algo o tomar una copa en un ambiente trendy y atrevido, la opción es claramente el Bishop Arts District, que se vende como “el secreto mejor guardado de Dallas”. Se trata de dos antiguos almacenes reconvertidos que se encuentran en Oak Cliff, al sur de la ciudad, donde la consigna es huir de la estandarización impuesta por las grandes marcas. Desde aquí se puede llegar al West Dallas cruzando el río Trinity por el puente Margaret Hunt Hill, un encargo a nuestro internacionalísimo Santiago Calatrava, que apenas cuenta con dos años de vida. No es difícil adivinar el color y forma de la infraestructura.

Los vaqueros

Dallas muestra la cara más urbana, desarrollada y vanguardista del profundo sur. A veces se echa de menos un poco de pintoresca ruralidad… Hablando claro, ver de cuando en cuando algún peatón con sombrero vaquero y puntiagudas botas de cuero decorado. Para eso está Fort Worth, a unos 50 km de Dallas, una ciudad que explota un tanto artificialmente todos los iconos del Viejo Oeste en la zona de Stock Yards, especie de parque temático abierto con tiendas de cowboys, souvenirs, cantinas, diligencias, un coliseo para rodeos y una estación ferroviaria donde cada día se representan escenas de tiros o embarque de ganado. Antes de visitarlo, el que quiera ir ataviado para la ocasión puede darse una vuelta por la tienda Wild Bill’s Western, en el West End de Dallas, con su fantástica colección de artículos hechos a mano.

Cuando aprieta el apetito, Dallas ofrece infinidad de posibilidades culinarias, pero lo suyo es rendir cuenta a la cocina tex-mex. ¡Qué mejor lugar! Tras unas cuantas hamburguesas y productos de barbacoa llega el momento de darse un descanso con otros sabores y lugares. Por ejemplo, en el restaurante Saint Ann, con su estupenda terraza, donde además se puede visitar una sorprendente colección de uniformes samuráis en la planta superior.

Otros sitios recomendables son el Lark on the Park, frente a Klyde Warren Park; y The Meddlesome Moth, en el Trinity Design District, que ofrece 40 tipos de cerveza de barril bajo imponentes vidrieras dedicadas a los grandes ídolos del rock’n’roll. Tampoco le falta vida nocturna a la ciudad. Hay que saber encontrarla, eso sí, porque en la calle no parece tan evidente.

Las inversiones no han terminado. Dallas aún reserva grandes planes. Acaba de inaugurar hace un mes la Reunion Tower, un icónico edificio de 140 m desde cuyo observatorio (Geo-Deck) se  contemplan extraordinarias vistas con las últimas innovaciones tecnológicas.

Este año abre la línea Naranja del DART, el tren rápido. En 2015 está previsto el Dallas Midtown, un verdadero oasis dentro de la ciudad, con hoteles, tiendas, oficinas y viviendas. Al año siguiente se va a regenerar el curso del río Trinity, donde habrá un campo de golf. Para bien o para mal, el ombligo de Texas camina de la mano de la ambición.

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