
Casamance ocupa una posición singular en África occidental. Separada del resto de Senegal por la franja de Gambia y marcada durante décadas por un conflicto armado de baja intensidad, la región ha desarrollado una identidad propia, forjada tanto por el aislamiento geográfico como por la necesidad de sostener la vida comunitaria en un contexto de incertidumbre prolongada. Aquí, el territorio se explica en sus lenguas, en sus rituales, en la espesura verde que lo envuelve y en un río que marca el compás de la vida, el comercio y el encuentro.
TEXTO Y FOTOS FERNANDO SAGASETA
Llegar a Ziguinchor, capital de la Baja Casamance, a bordo del ferry nocturno que sale de Dakar dos veces por semana es toda una experiencia, la mejor forma de ir abriendo boca antes de descubrir una región que parece enteramente otro Senegal. Navega unas 15 horas con plazas tipo ‘pullman’ y camarotes en un trayecto del que conviene comprobar horarios, porque pueden variar según la temporada y la demanda.
Aunque es difícil sustraerse al recuerdo del hundimiento —hace ya más de 20 años— del Le Joola, el ferry estatal que cubría la línea, una de las mayores catástrofes marítimas que se recuerdan en la región, la travesía operada ahora por barcos de origen holandés es el mejor acercamiento que se puede experimentar, sobre todo cuando la proa enfila el estuario del río Casamance desde primera hora de la mañana.
Si lo que prima es la rapidez, Air Senegal o Transair conectan la capital senegalesa con Ziguinchor en menos de una hora. Las malas —o buenas— lenguas dicen que esta última compañía es más fiable, porque suele cancelar menos vuelos. Para quienes opten por la carretera, la ruta baja hacia el sur atravesando Gambia. Aquí la gran noticia logística ya no es una promesa: el puente Senegambia, también conocido como Trans-Gambia Bridge, está abierto al tráfico desde 2019, sustituyendo la antigua travesía en barcaza y agilizando de forma notable el paso.
Ziguinchor
La entrada por vía fluvial a Ziguinchor introduce de inmediato al visitante en un cambio de escala. El río Casamance no actúa como frontera, sino como columna vertebral. A lo largo de sus orillas se concentra buena parte de la actividad económica: pesca artesanal, transporte en piragua, agricultura de ribera y comercio cotidiano. La ciudad, capital regional, mantiene un perfil apacible, solo roto por la cantidad de chiquillos y adolescentes que se agolpan solícitos en el puerto cuando llega el pasaje. Sus calles amplias y arboladas, su arquitectura de herencia colonial y su ritmo pausado hablan de una ciudad acostumbrada a convivir con resiliencia, forjada por décadas de aislamiento y una historia marcada por la incertidumbre.
Durante más de cuarenta años, Casamance convivió con un conflicto separatista que afectó a la movilidad, la inversión y las relaciones entre comunidades. Aunque la violencia fue intermitente, sus efectos fueron profundos: campos abandonados, desplazamientos internos, minas terrestres y una economía rural debilitada. Los acuerdos de paz alcanzados en los últimos años han devuelto una estabilidad todavía frágil, pero suficiente para que la región empiece a reconstruirse desde dentro, apoyándose en estructuras sociales que nunca desaparecieron del todo.
Desde Ziguinchor, el desplazamiento hacia el interior revela una Baja Casamance fértil, húmeda y densamente cultivada. El arroz domina el paisaje y estructura la vida social. No se trata solo de un cultivo, sino de un sistema: determina calendarios, distribuye tareas y refuerza la cooperación entre familias. Los complejos sistemas de diques y canales construidos por los diola, la etnia dominante, permiten gestionar la salinidad del agua en un entorno cambiante, resultado de un conocimiento transmitido durante generaciones.
La relación con el manglar resulta especialmente reveladora. Durante generaciones, los pobladores han explotado este ecosistema sin degradarlo, combinando la recolección de marisco, la pesca y la obtención de sal con una gestión cuidadosa de los canales naturales. El manglar actúa como barrera frente a la erosión, como vivero de peces y como despensa estacional.
Cultura animista
Frente a la expansión mayoritaria del islam por el resto de Senegal, Casamance se mantiene como un firme bastión del animismo. La naturaleza —bosques, ríos, grandes árboles o lugares considerados sagrados— es entendida como un espacio habitado por fuerzas espirituales con las que es necesario mantener el equilibrio. La relación con estos espíritus se canaliza a través de sacerdotes tradicionales y ancianos, responsables de velar por el respeto a los ritos y de interpretar los mensajes del mundo invisible. Aunque en la región conviven musulmanes y cristianos, muchas personas integran estas religiones con prácticas ancestrales, dando lugar a una espiritualidad híbrida.
Entre los rituales más llamativos destacan las ceremonias de iniciación, que marcan el paso de la adolescencia a la edad adulta y pueden prolongarse durante semanas, combinando retiro, aprendizaje comunitario y celebraciones públicas. También son frecuentes las fiestas con máscaras y danzas rituales, donde figuras talladas en madera representan a espíritus protectores o ancestros y salen a la aldea acompañadas de tambores y cantos.
Estas manifestaciones no tienen un carácter turístico, sino que responden a necesidades internas de la comunidad: pedir protección, celebrar buenas cosechas, honrar a los muertos o restablecer el orden social. Para el visitante, asistir a alguna de estas ceremonias —siempre desde el respeto— ofrece una ventana privilegiada a una de las tradiciones espirituales más vivas de África occidental.
Casas impluvium
La arquitectura tradicional materializa esa relación con el entorno. Las casas impluvium, construcciones circulares organizadas en torno a un patio central abierto al cielo, recogen el agua de lluvia y favorecen la ventilación natural. Su diseño responde tanto a necesidades climáticas como sociales. El patio funciona como espacio de convivencia, lugar de toma de decisiones y núcleo simbólico del linaje. Durante generaciones, una sola vivienda ha podido albergar a varias decenas de personas, compartiendo espacios y responsabilidades. Es una pena que queden tan pocas.
Habitar una de estas casas implica aceptar una lógica distinta del espacio doméstico. La arquitectura no separa al individuo del clima ni del grupo, sino que los integra. El interior permanece conectado con el exterior, y la vida cotidiana se desarrolla en permanente relación con el entorno natural.
Eloubaline
La navegación hacia Eloubaline introduce el agua como vía principal. La piragua avanza por canales de manglar donde la biodiversidad sostiene el equilibrio ecológico de la región. Raíces aéreas, aves acuáticas y bancos de lodo componen un paisaje en constante transformación, condicionado por las mareas. Eloubaline, accesible únicamente por río, ha conservado como pocos lugares la arquitectura y los modos de vida tradicionales.
En la isla, las casas impluvium originales se distribuyen entre senderos de laterita roja y pequeñas parcelas agrícolas. Algunas siguen habitadas; otras han quedado vacías por la emigración de los jóvenes, pero mantienen su valor simbólico. La comunidad continúa organizándose en torno al arroz, la pesca estacional y la memoria oral. Los relatos de ancestros no funcionan como folclore, sino como mecanismos de transmisión de normas y límites colectivos.
Ese retorno, lento pero constante, es uno de los fenómenos que empiezan a percibirse en la Casamance posterior al conflicto. La reapertura de caminos, la mejora de la seguridad y el apoyo de asociaciones locales han permitido recuperar tierras de cultivo y reactivar proyectos colectivos.
Oussouye
El paso por Oussouye introduce una dimensión política. Este núcleo es uno de los principales centros culturales diola y sede de una monarquía tradicional que sigue desempeñando un papel activo en la gestión de conflictos locales. El ‘rey’ no ejerce poder ejecutivo estatal, pero su autoridad moral resulta determinante. Media en disputas, regula el acceso a la tierra y preserva las normas que sostienen la convivencia.
Durante los años de conflicto, estas estructuras tradicionales contribuyeron a evitar fracturas irreversibles. En un contexto de debilidad institucional, la mediación local sostuvo la vida cotidiana y permitió preservar un tejido social operativo. Lejos de representar un vestigio folclórico, la monarquía tradicional sigue siendo un espacio de articulación social.
Oussouye es también escenario de un desarrollo económico impulsado por mujeres. Proyectos de transformación de frutas, cestería y cerámica han permitido diversificar ingresos y reducir la dependencia de una agricultura vulnerable a la irregularidad climática. En cuanto a la artesanía, no se trata solo de preservarla, sino de adaptarla a nuevas demandas sin vaciarla de sentido. Los diseños incorporan cambios formales, pero los procesos siguen siendo locales, con materias primas del entorno y tiempos de producción compatibles con las labores agrícolas.
Acción social
La formación técnica se combina con una lógica colectiva: los beneficios se reinvierten en la comunidad, se crean fondos comunes y se refuerzan redes de apoyo mutuo. El apoyo a cadenas de valor locales —mediante compras directas, formación o financiación de infraestructuras— permite que los beneficios del turismo se distribuyan de manera más equitativa y contribuyan al desarrollo económico regional.
En este contexto, Casamance también se presta a propuestas de incentivo que van más allá de la recompensa experiencial. La posibilidad de incorporar una acción social durante el viaje conecta con una tendencia creciente hacia programas con propósito, en los que la vivencia deja un legado tangible en el destino.
Una buena opción es la Asociación Kalabukú, ONG laica e independiente al frente de la cual está desde hace más de 10 años Federica Romeo, una productora italiana que dejó todo por el proyecto en un país que le enganchó desde la primera vez que puso el pie en él. Federica Romeo habla español perfectamente, tras residir unos años en España, y puede organizar actividades o visitas de todo tipo para pequeños grupos. Ir de su mano es abrirse las puertas a episodios difíciles de presenciar por otros medios. Conoce a todo el mundo.
Entre los programas de cooperación que dirige en el entorno de Oussouye está el centro de orientación para mujeres inaugurado en 2021, sin olvidar otros proyectos educativos, artesanales y comunitarios que buscan mejorar las condiciones de vida de colectivos vulnerables, con especial atención a la infancia y a las mujeres.
Wendaye
Desde el puerto de Elinkine, la piragua conduce a Wendaye, una isla rodeada de manglares y playas abiertas al Atlántico. Aquí, la economía combina pesca artesanal y apicultura. La producción de miel se desarrolla sin alterar el equilibrio ambiental, aprovechando la diversidad floral del entorno. Las colmenas se sitúan en zonas estratégicas para no interferir con el manglar ni con los cultivos, y la producción se ajusta a los ciclos naturales.
Las grandes ceibas que dominan la isla funcionan como hitos territoriales y simbólicos. Bajo su sombra se celebran asambleas, se transmiten decisiones y se refuerza la memoria colectiva. En muchas comunidades diola, estos árboles están asociados a los ancestros fundadores y actúan como puntos de referencia tanto físicos como narrativos. Protegerlos equivale a proteger la historia del lugar.
Mucho más reciente que el animismo, pero también profundamente arraigada en la cultura, es la lucha senegalesa, mucho más que un deporte. Los combates se organizan en descampados, playas o recintos improvisados y congregan a públicos de todas las edades. Antes de subir al círculo de arena, los luchadores realizan rituales de protección heredados del animismo, con amuletos, ungüentos y cantos que buscan atraer la fuerza de los ancestros. La disciplina combina técnica, fuerza física y dimensión espiritual, y funciona como espacio de afirmación identitaria, especialmente entre los jóvenes.
Cap Skirring
La mejor manera de concluir el periplo por la Baja Casamance es pasar un par de días en Cap Skirring. Antigua referencia turística antes del conflicto, esta localidad recupera ahora su actividad apoyada en amplias playas salpicadas de cocoteros y en el regreso progresivo de proyectos hoteleros de referencia, como el histórico resort de Club Med, durante décadas uno de los grandes iconos del destino. Frente a la propuesta de todo incluido del complejo, el modelo evoluciona hacia una mayor integración con el entorno natural y la población local, con propuestas más sostenibles, de menor impacto y alineadas con la identidad cultural de la región.
Cuando cae la tarde, Cap Skirring suma a sus playas un ambiente relajado y animado a partes iguales. Bares y restaurantes junto al mar suelen programar música en directo, con bandas locales y ritmos africanos que acompañan las puestas de sol y alargan la sobremesa. Más entrada la noche, pequeños clubes y locales de baile reúnen a viajeros y residentes en un ambiente informal. Una vida nocturna sin grandes alardes, pero con personalidad propia, que refuerza el carácter acogedor de la gente local.










