
Durante años, la movilidad corporativa se ha gestionado como quien va colocando cubos debajo de una gotera. Aparece un problema, se pone un parche. El comercial necesita ir al aeropuerto: taxi. El de administración no encuentra sitio para aparcar: se le da una plaza. El de formación va a otra sede: se le pasa un pdf con opciones que no recuerda nadie. Es un caos amable, si se quiere, pero caos. Y el problema de los parches no es solo que tapan mal. Es que no solucionan nada.
De verdad, ¿una empresa que presume de cuidar a sus empleados puede permitirse ignorar cómo llegan a trabajar? La movilidad no puede tratarse como un imprevisto continuo. Hay que abordarla como una política más, al igual que los planes de formación, los protocolos de sostenibilidad o las estrategias de bienestar.
Hay empleados que trabajan desde el salón de su casa. No pasan por la oficina, pero cruzan la ciudad cuando un cliente los necesita. Otros la recorren cada día para sentarse en su despacho. Algunos solo aparecen cuando hay un evento o una visita importante. Hay quienes vuelan, quienes conducen, quienes esperan en un andén… y quienes rezan para que el taxi llegue antes que su jefe. Todos, sin excepción, tienen algo en común: trabajar implica moverse.
Según el INE, uno de cada cuatro trabajadores en España dedica más de una hora diaria a sus desplazamientos laborales. La mayoría en coche. La mitad, solos. Y cuando llegan a su destino, aún les queda lo peor: en ciudades como Madrid o Barcelona se tarda una media de 20 minutos en encontrar aparcamiento. No es solo una molestia, es una pérdida diaria de energía. El empleado empieza la jornada tarde, cansado y con la sospecha de que al día siguiente será igual.
Y si hablamos de movilidad dentro del trabajo, el panorama tampoco es más amable. Un estudio reciente sobre desplazamientos profesionales indica que el 43 % de los empleados que viajan por motivos laborales han sufrido retrasos superiores a una hora en trayectos cortos, y más de un quinto admite haber perdido citas importantes por falta de coordinación. La reunión a la que llegas tarde no se repite, la oportunidad que no aprovechas, tampoco. El resultado es desgaste, tanto personal como operativo y económico.
Una política de movilidad activa no es un catálogo de opciones ni una tabla de Excel. Implica una decisión, una declaración de principios, una manera de decirle al equipo: “lo que haces importa y cómo llegas a hacerlo también”. No puede quedarse a medias. Bien diseñada, no solo establece cómo se mueven los empleados, sino también cómo llegan a su puesto, cómo regresan, cómo se organizan sus traslados y cómo se sienten durante ellos. Todo cuenta.
Y no, no basta con medir la huella de carbono. Por supuesto que importa. El transporte representa casi el 30 % de las emisiones de CO₂ en España y cualquier organización que se tome en serio la sostenibilidad tiene que medir el impacto de sus desplazamientos. Pero también es económica —lo que exige evitar el derroche oculto de una movilidad mal gestionada— y social, con la elección de proveedores que cuiden de sus empleados.
Un dato revelador: uno de cada diez euros del presupuesto de viajes de una empresa se destina al transporte terrestre —taxis, VTC y similares— y, aun así, rara vez logra satisfacer a la empresa o al empleado. Una política de movilidad eficaz cuida tanto a quien se desplaza como a quien organiza los desplazamientos, y no es un simple papel, sino un mapa, un manual para prevenir contratiempos, evitar disgustos y eliminar carreras innecesarias, para transformar el “yo no sabía” en un “ya lo tenemos previsto”. Decir que la movilidad no es un problema resulta cómodo, hacer que deje de serlo exige estrategia.










