Düsseldorf / IRENE GONZÁLEZ y ALBERTO VILLUENDAS

Düsseldorf / IRENE GONZÁLEZ y ALBERTO VILLUENDAS

«La verdadera frontera con los alemanes es el idioma, en el resto somos muy complementarios»

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Según fuentes del INE en 2016 había cerca de 140.000 españoles viviendo en Alemania, un destino ‘estrella’ desde los años 60 para muchos de los que buscan oportunidades fuera de nuestras fronteras. Y no son pocas las empresas españolas que también han apostado por tener sede en el país germano. El banco Santander cuenta con una unidad de negocio cerca de Düsseldorf y Alberto Villuendas e Irene González no dudaron mucho en liarse la manta a la cabeza, con el horizonte de una experiencia excepcional rica en contrastes.

 

Ellos son dos claros exponentes de esa generación de jóvenes españoles muy sobradamente preparados a los que España se les queda un poco pequeña para desarrollar su carrera profesional. Al menos en principio. Hace algo más de dos años, a Alberto Villuendas le ofrecieron el puesto de treasury analyst en una de las  sedes del Banco Santander de Alemania. No tardó mucho en hacer las maletas para irse a una pequeña ciudad cuyo nombre es casi impronunciable, Mönchengladbach. Irene, su novia de toda la vida, le siguió meses después y ya lleva un año como auditora de compliance en la misma entidad. Por el camino se han mudado a Düsseldorf y hasta se han casado. Hasta aquí, una vida de vino y rosas o,  adaptándonos al país, de cerveza y strudel.

Porque una de las máximas en Alemania es “adaptarse o morir”, que empieza por intentar salvar la verdadera frontera: la del idioma. Incluso en empresas de marcado carácter internacional –y españolas para más inri–, según subraya Irene, “hasta que no aprendí algo de alemán no pude ocupar mi puesto,  ya que con el dominio del inglés no es suficiente”.  Y no sólo en el ámbito laboral. De hecho, aseguran que continúa siendo un reto enfrentarse a la carta de los restaurantes o hacer la compra en el supermercado. Y eso que Düsseldorf es una de las ciudades más cosmopolitas del territorio germano, en la que los expatriados suponen un sexto de la población.

Otra adaptación inexorable es la de olvidarse del afterwork o hacer migas en el trabajo, ya que, según Irene, “los alemanes separan mucho la vida profesional de los ratos de ocio; es casi impensable tener trato cercano con un superior fuera de la oficina. De hecho, ni siquiera desconectan para el almuerzo, que se convierte en un rato más de trabajo”. Lo de socializar se complica para los que aterrizan en Alemania. Frecuentemente hay que recurrir a las verein, asociaciones de intereses comunes en las que se agrupan los alemanes según gustos varios: pintura, yoga, fotografía…

En el caso de Alberto, el deporte rey le ha ayudado en eso de entablar relaciones: “desde siempre me ha gustado el fútbol y aquí juego en un equipo los partidos de los domingos y además entreno tres días de la semana. Eso es lo que más me ha ayudado a mejorar mi nivel de alemán por un lado y conocer gente fuera de la oficina”. Irene aún sigue buscando una verein y hasta ha pensado en un curso de decoración de platos de porcelana. Todo con tal de aprender alemán, un proceso largo sin el que la integración es muy complicada.

MADE IN SPAIN A LA ALEMANA

Y con las noticias que llegan hasta Alemania sobre las circunstancias políticas y económicas de España, ¿cómo se lleva lo trabajar en una empresa española allí, donde la situación es tan diferente? Sin duda, otro de los contrapuntos con los que tienen que torear. Alberto señala que, al fin y al cabo, trabajan en una unidad de negocio del Banco Santander, por lo que muchas de las decisiones se toman en España y hay que aplicarlas allí. “Eso a veces es complicado para ellos, ya que la crisis les ha afectado de distinta manera y la imagen sobre España y su economía no suelen ser buena”, comenta.

Dice Alberto que españoles y alemanes somos muy complementarios: “ellos son más reservados en general y todo va por procesos. Los españoles somos unos ‘creativos de la vida’ y los alemanes planifican todo con antelación”. De hecho, “para los alemanes no existe el concepto de la improvisación, y si hay una situación de stress, no tienen nuestro punto de flexibilidad, que es algo que valoran mucho de los españoles”. Irene añade que esa anticipación en todos los procesos “supone por lo general que no haya tanto nivel de estrés en el trabajo, lo que, añadido al respeto por la privacidad, hace que nos sintamos muy a gusto con la calidad de vida que tenemos”.

Porque, aunque echan de menos los tópicos de siempre –familia, amigos, comida y sol–, les gusta vivir en Düsseldorf. Irene destaca que en la región se han asentado unas cuantas empresas españolas del Ibex 35: “es una ciudad mediana y muy manejable, en la que obviamente no hay tanto ambiente como en Madrid o Barcelona. Pero tiene mucho movimiento, heredado de la importante actividad industrial de empresas que establecidas en la ribera del Rin”.

Eso sí, viajan con frecuencia a España –Irene siempre que puede, Alberto lo que el fútbol le permite–, a pesar de que llegan menos aerolíneas a Düsseldorf, por lo que con frecuencia tienen que desplazarse a Colonia para poder volar. ¿Y sobre política de viajes? “La idea es que si vas a estar aquí por un tiempo determinado –uno o dos años sí que se negocia  una cantidad de billetes de avión al año, con cargo a la empresa. Pero no es nuestro caso”, señala Alberto.

Entonces, ¿tienen intención de quedarse? Sonrisas. “Aquí tenemos para un rato largo”, dice él. Irene asiente, pero puntualiza: “para mí es muy importante ir a España cada dos meses como mínimo, y sobre todo, cuando vuelves aquí, saber qué hay una próxima vez cerca”. Lo dice porque, como los turrones, volvieron a casa por Navidad y ella ya tiene billete para regresar en febrero.