
Perú ha logrado construir uno de los ecosistemas turísticos más completos de Latinoamérica. A la potencia monumental de Lima y Cusco se suman una oferta gastronómica de primer nivel, hoteles históricos reconvertidos en iconos del lujo y experiencias cada vez más sofisticadas para el segmento MICE y los incentivos. Del Pacífico al Valle Sagrado, pasando por el desierto de Paracas y Machu Picchu, el país combina patrimonio, naturaleza y autenticidad con una capacidad sorprendente para emocionar al viajero.
TEXTO Y FOTOS FERNANDO SAGASETA
La ciudad está orgullosa de su nuevo aeropuerto Jorge Chávez, inaugurado hace apenas un año en el populoso barrio de Callao. La antigua terminal, en la misma zona, llevaba 60 años funcionando. Era hora de jubilarla, porque ahora la capital peruana ha elevado su estatus como hub regional. Esta infraestructura cuenta con todos los adelantos para agilizar el viaje, desde escáneres que evitan el engorro de sacar los líquidos del equipaje de mano hasta la autofacturación de maletas.
La gran mayoría de los turistas elige la zona de Miraflores para pernoctar. No por casualidad se encuentran aquí las grandes cadenas internacionales, desde Pullman o JW Marriott hasta AC, Belmond o Hilton. Especial mención para el Intercontinental Real, uno de los hoteles de lujo más recientes, al lado del centro comercial Larcomar y frente al malecón, donde numerosos aficionados salen a correr temprano en la mañana y a última hora de la tarde, arropados por la suave brisa del mar.
El complejo, formado por dos torres, combina una amplia oferta gastronómica formada por siete restaurantes, con una potente infraestructura para el segmento corporativo y la celebración de eventos, gracias a sus 11 salones. Uno de sus grandes atractivos es el espectacular rooftop del piso 23 de la torre A, concebido como un espacio social y gastronómico con vistas panorámicas sobre la Costa Verde y el skyline limeño.
Miraflores y centro histórico
Miraflores invita al paseo, no solo por sus espectaculares acantilados que se yerguen sobre el Pacífico, sino por su animada vida comercial y social o por espacios verdes como el Parque 7 de Junio o el popular Parque Kennedy, conocido por su impresionante colonia felina: nada menos que 150 gatos censados y cuidados por asociaciones y vecinos. A pocas calles, la avenida Petit Thouars concentra numerosos comercios especializados en artesanía llegada de distintas regiones de Perú, desde textiles andinos hasta piezas de plata y cerámica tradicionales.
El paseo marítimo sobre los acantilados ofrece una de las imágenes más características de la ciudad, con jardines meticulosamente cuidados por un incansable equipo de mantenimiento, decenas de surfistas en las playas, parapentes sobrevolando el litoral y curiosas paradas, como el Parque del Amor, presidido por la escultura El Beso y rodeado de trencadís de inspiración gaudiana.
Aunque cuesta alejarse de Miraflores, el centro histórico de Lima es de visita obligada, empezando por la Catedral, donde se encuentra la tumba del mismísimo Francisco Pizarro, conquistador del Perú. Alrededor de sus restos existe incluso cierta controversia histórica: durante siglos se creyó que los huesos expuestos pertenecían al fundador de la ciudad, hasta que en los años setenta aparecieron otros restos ocultos en una cripta junto a una inscripción con su nombre. Estudios posteriores concluyeron que estos sí correspondían realmente a Pizarro.
La catedral limeña también sorprende por su arquitectura, especialmente resistente a los terremotos gracias a su estructura de madera y a sus enormes pilares, que han permitido al edificio soportar numerosos seísmos a lo largo de los siglos. Pero una de sus grandes joyas es el coro, completamente machihembrado y desmontable, considerado una obra maestra de la carpintería colonial. Fue realizado en cedro nicaragüense por el escultor y tallista catalán Pedro de Noguera, quien dedicó cerca de tres décadas a crear esta impresionante obra barroca.
La Plaza de Armas donde se encuentra el templo concentra el corazón histórico y político de Lima, rodeada de edificios coloniales, balcones de madera y algunas de las principales instituciones del país. En los últimos años, además, el centro histórico ha iniciado un importante proceso de peatonalización y renovación urbana, acelerado tras la pandemia, con decenas de manzanas (cuadras) revestidas con nuevo pavimento de piedra. El objetivo es devolver protagonismo al casco antiguo y favorecer un paseo más amable entre iglesias, palacios y plazas que conservan buena parte de la herencia virreinal de la ciudad.
Otro de los grandes conjuntos monumentales del centro histórico es el convento de Santo Domingo, célebre por sus bellos artesonados de madera, sus claustros revestidos de azulejos sevillanos y la profunda devoción popular que sigue despertando. Allí se encuentra la tumba de san Martín de Porres, conocido cariñosamente como «Fray Escoba», uno de los santos más venerados de Perú, cuya figura continúa atrayendo a una legión de fieles que dejan peticiones y mensajes junto a su sepulcro. El convento también está estrechamente ligado a santa Rosa de Lima, considerada la primera santa de América y una de las figuras religiosas más importantes del continente.
Inmersión gastronómica
Hablar de restauración en Lima exige prudencia, porque la gastronomía peruana juega desde hace años en la primera división mundial. Por destacar un par de propuestas, Zerrano merece una mención. Abierto hace poco más de un año en una antigua hacienda familiar reconvertida en espacio gastronómico y social por el Grupo Bros, conocidos empresarios del ocio nocturno limeño, el local apuesta por una fusión España-Perú con marcada inspiración andaluza, música incluida, y una carta donde conviven arroces marineros y una llamativa paella de pato peruano elaborada al estilo español. El espacio está claramente pensado también para eventos, con ocho ambientes diferenciados, salones privados y una espectacular terraza con capacidad para hasta 150 personas, muy animada los fines de semana con sesiones de dj. Además, cuenta con parking propio, casi un lujo en esta zona de Lima.
La segunda parada puede ser Cala, probablemente uno de los restaurantes con mejor ubicación de la ciudad, literalmente suspendido sobre el Pacífico. Su gran atractivo no es solo gastronómico, sino sensorial: desde la terraza y el comedor interior, el constante murmullo del oleaje golpeando las piedras acompaña toda la experiencia y convierte la comida en un auténtico ejercicio de contemplación frente al mar.
Rumbo al desierto
Más allá de Lima, la ruta hacia Paracas permite descubrir otra cara de Perú, donde el desierto, el océano y la tradición vitivinícola conviven en un equilibrio difícil de imaginar. La primera parada imprescindible es la Hacienda Tacama, considerada la viña más antigua de Perú y una de las primeras de América, activa desde tiempos de la conquista española. Rodeada de un paisaje árido pero extraordinariamente fértil, la propiedad ocupa un antiguo complejo de estilo colonial vinculado históricamente a órdenes religiosas y hoy gestionado por la familia Olaechea. Tacama produce vinos y piscos con más de veinte variedades de uva y presume de haber sido pionera en América en la fermentación maloláctica, hoy estándar en los vinos tintos. La visita guiada recorre bodegas históricas, jardines, un pequeño museo con maquinaria antigua y espacios preparados para grupos y eventos.
A pocos kilómetros, el entorno cambia radicalmente y el desierto toma el protagonismo. Las salidas organizadas por Go Adventure combinan recorridos en boggies entre inmensas dunas, sesiones de sandboarding y puestas de sol en mitad de un escenario casi irreal, acompañadas de champán sobre la arena. La jornada suele culminar con una cena bajo las estrellas, hoguera nocturna incluida. Una pasada. La propuesta realmente marca la diferencia en un viaje de incentivo con aspiración de resultar memorable.
Ya en la bahía de Paracas, es recomendable alojarse en Hotel Paracas, a Luxury Collection Resort, del grupo Marriott, una de las mejores bases para explorar la zona. Sus terrazas abiertas al Pacífico, los espacios comunes revestidos de bambú y sus villas integradas en la vegetación refuerzan la sensación de desconexión, mientras decenas de barcos pesqueros fondeados frente a la localidad de El Chaco recuerdan que esta costa sigue profundamente ligada al mar.
Desde allí parten las excursiones a las islas Ballestas, uno de los grandes espectáculos naturales del litoral peruano. De las 22 islas guaneras existentes, son las únicas abiertas al turismo para preservar la tranquilidad de la avifauna. El recorrido permite observar los impresionantes acantilados modelados durante millones de años por la erosión y formaciones rocosas de formas caprichosas.
En el trayecto aparece también el misterioso geoglifo del Candelabro, asociado por algunos expertos a la cultura Paracas y por otros a los nazcas, conservado intacto gracias a la ausencia casi total de lluvias. Entre las rocas de las islas conviven pingüinos de Humboldt, leones marinos, pelícanos, piqueros peruanos y enormes colonias de aves guaneras que convierten estas islas en uno de los ecosistemas marinos más fascinantes de Sudamérica.
Cusco
La última etapa del viaje conduce a Cusco y al Valle Sagrado de los Incas, uno de esos lugares donde la dimensión cultural, paisajística y espiritual de Perú alcanzan su máxima expresión. A más de 3.400 metros de altitud, la antigua capital del imperio inca sigue conservando una personalidad vibrante y profundamente mestiza, visible tanto en sus iglesias barrocas como en sus mercados, sus plazas y la intensa vida local, que se extiende mucho más allá de la turística Plaza de Armas.
La ciudad funciona además como gran base de operaciones para explorar la región, especialmente desde hoteles históricos como el Palacio Nazarenas y el Monasterio, ambos de la cadena Belmond, dos verdaderos iconos de la hotelería de lujo. El primero ocupa un antiguo palacio y convento y ofrece únicamente suites con un exclusivo servicio de mayordomía, muchas adaptadas a la altitud con sistemas de oxígeno suplementario. Dispone también de piscina exterior climatizada, un estupendo spa y un huerto con plantas aromáticas.
El segundo, instalado en un antiguo monasterio, conserva un cedro blanco de más de 300 años, mantiene buena parte de su arquitectura colonial original y convierte la estancia hotelera en toda una inmersión patrimonial. En su capilla desacralizada organiza cenas privadas con menús de altísimo nivel amenizadas por cantantes de ópera. Aquí las veladas son difíciles de olvidar. Otro punto ganador para pequeños grupos de incentivo.
El recorrido por Cusco permite descubrir joyas como la Catedral, donde el barroco andino alcanza una personalidad propia a través de retablos cubiertos de pan de oro, púlpitos monumentales, un coro extraordinario y pinturas mestizas cargadas de simbolismo, como ese cuadro de Marcos Zapata en el que representa la última cena con un cuy, o conejillo de Indias, en la mesa rodeado de fruta. Allí se encuentra también el Señor de los Temblores, una de las imágenes religiosas más veneradas de la ciudad, ejemplo perfecto del sincretismo entre las tradiciones indígenas y el catolicismo impuesto durante la conquista.
Muy cerca, el Qorikancha muestra otra de las grandes singularidades del Perú andino: un templo inca de extraordinaria precisión arquitectónica sobre el que los dominicos levantaron posteriormente un convento colonial, superponiendo dos civilizaciones. Las colinas de la ciudad reservan más sorpresas: Sacsayhuamán impresiona por la gigantesca construcción en zigzag levantada con enormes bloques de piedra perfectamente ensamblados, mientras que en la gran huaca de Qenqo sobreviven hornacinas funerarias y espacios asociados a rituales y momificaciones.
El Valle Sagrado
Bajando de altitud, el Valle Sagrado despliega un mágico itinerario de fortalezas incas, centros ceremoniales y campos agrícolas modelados durante siglos. Aquí se encuentran las terrazas circulares de Moray, concebidas como un sofisticado laboratorio agrícola capaz de generar distintos microclimas, o las Salineras de Maras, un espectacular mosaico de miles de pozos salinos de origen preincaico que todavía hoy explota una cooperativa local.
Una parte especialmente interesante del viaje es el contacto con las comunidades y talleres artesanales de la región. En Chinchero, las demostraciones textiles permiten comprender el enorme valor cultural y técnico de la lana de alpaca y vicuña, así como el uso de tintes naturales obtenidos de plantas, minerales o insectos como la cochinilla. Y todo ello explicado con un punto de humor y sarcasmo muy característico de las artesanas locales.
Otra opción muy interesante es Mountain View Experience, un centro de actividades situado frente a la cordillera andina que combina gastronomía tradicional cocinada bajo tierra, talleres, ceremonias andinas de agradecimiento a la tierra y actividades para grupos e incentivos. Y todo ello bajo la mirada distraída de las llamas y alpacas, que deambulan por el recinto con la misma naturalidad que las montañas que dominan toda la escena. Para los que quieran extender la estancia, cuentan con 30 cabañas y soporte para todo tipo de planes, desde paseos a caballo hasta excursiones en quad.
Machu Picchu
La llegada a Machu Picchu continúa siendo uno de los grandes momentos del viaje, aunque también exige una logística cada vez más estricta. Los controles de pasaporte se suceden en distintos puntos del recorrido —estación, tren, autobuses y acceso final al recinto— y los horarios de entrada apenas admiten margen, en un intento de preservar uno de los lugares arqueológicos más visitados del planeta. El trayecto desde Ollantaytambo hasta Aguas Calientes, paralelo al río Urubamba, ya forma parte del paquete, especialmente en trenes panorámicos de distintas categorías, en los que no es raro encontrarse con una actuación musical en directo o un desfile de modelos para promocionar prendas de factura local.
Construida hacia 1450, Machu Picchu significa «montaña vieja», frente a la vecina Huayna Picchu, la «montaña joven», dos nombres que evocan simbólicamente la experiencia y el ímpetu dentro de la cosmovisión andina. El recinto se recorre hoy a través de tres itinerarios regulados que buscan distribuir el flujo turístico y proteger el enclave. Es cierto que las restricciones son muchas, quizá excesivas (cuidado con los vigilantes armados de silbato), pero también habría que pensar cuántas piedras quedarían vivas si las autoridades no se hubiesen puesto serias en la era del turismo desbocado.
La ciudadela permaneció oculta para el mundo occidental hasta 1911, cuando el explorador estadounidense Hiram Bingham llegó hasta ella guiado por un niño de la zona conocido como Pablito. Los habitantes locales habían mantenido el lugar relativamente protegido y alejado de miradas externas, en parte para evitar posibles expoliaciones. Muchas de las piezas arqueológicas extraídas entonces terminaron en la Universidad de Yale y, tras años de reclamaciones, Perú ha logrado recuperar parte de ese patrimonio. Lo cierto es que Machu Picchu deja al visitante literalmente sin palabras. Por algo fue elegido en 2007 como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.










