
Nacida en Madrid y afincada en Fráncfort desde 1996, Elena Gento Molero ha construido una sólida trayectoria profesional en el ámbito de la cooperación internacional, al tiempo que ha desarrollado un firme compromiso con la integración hispano-alemana. Su experiencia de tres décadas en el país le ha permitido observar de cerca la evolución del entorno laboral y social, así como de una cultura donde la flexibilidad, la responsabilidad y la confianza en el individuo juegan un papel clave.
TEXTO Á. GUARDIA
Elena estudió Administración de Empresas en España y, tras pasar por Madrid, Sevilla o Saarbrücken, recaló en Fráncfort, una de las ciudades alemanas más dinámicas e internacionales, donde lleva ya casi treinta años. Allí trabaja en el Kreditanstalt für Wiederaufbau (KFW), algo así como el Instituto de Crédito para la Reconstrucción, «una entidad bancaria semejante a nuestro ICO». Dentro de esta estructura, ejerce como gestora de proyectos en el ámbito de la cooperación al desarrollo con países de Latinoamérica, un trabajo ideal dado su perfil académico, su dominio del español y, sobre todo, su vocación social.
Esta última vertiente se refleja también en su vida privada. De hecho, fundó una asociación educativa para «colaborar en la integración hispano-alemana mediante la gestión de guarderías bilingües en Fráncfort», explica. Elena reconoce que antes de llegar tenía una imagen de la ciudad cosmopolita y muy abierta a todo, y lo cierto es que sus expectativas se cumplieron. Sin embargo, eso no significa que la adaptación inicial fuera sencilla. «La adaptación fue dura; lo primero fue sentirme aceptada en el contexto de trabajo. Estamos hablando de hace treinta años, con una realidad muy distinta a la actual. Antes no había tantas ayudas ni puntos de información para los expatriados», explica.
Por fortuna, gracias precisamente a personas como ella, implicadas en la integración, las cosas han mejorado. El papel de las empresas también ha sido fundamental. «El banco me facilitó mucha ayuda a través de cursos de formación, no solo para mejorar el idioma, sino para poder ascender dentro de la propia entidad», asegura.
Sobre la cultura laboral, Elena se muestra entusiasta. «Mi experiencia ha sido muy positiva, con muchas posibilidades si se tienen ganas de aprender. Lo que más destaco es la sinceridad, la coherencia y el sentido de la responsabilidad», afirma. También valora que las relaciones laborales sean tan flexibles. «He podido reducir mi horario de trabajo dependiendo de mis necesidades personales: cuando nacieron mis tres hijos o cuando lo requería la asociación. Y cuando esas necesidades cambiaron, pude aumentarlo de nuevo». Una libertad que resulta especialmente valiosa cuando la responsabilidad individual tiene tanto peso. «En las empresas confían en tu capacidad de organizar tu trabajo y tu vida personal. Lo importante es la transparencia: debes decir a qué horas estás trabajando y a cuáles no», explica.
Un ejemplo de esta flexibilidad es que su empresa pone a disposición de sus empleados los medios técnicos para trabajar desde cualquier lugar de la Unión Europea durante seis semanas al año. Una ventaja especialmente apreciada por quienes, como ella, tienen familia en otro país.
La vida diaria
Pero una cosa son las empresas y sus planes de integración, y otra el día a día de quien acaba de llegar a un país nuevo, con otro idioma, otra cultura y otras circunstancias. «El día a día aquí depende mucho de tu disposición a integrarte en la sociedad», afirma. Su caso es muy especial, porque ante una necesidad propia decidió implicarse para ayudar a quienes viniesen después. «Cuando llegué, o mejor dicho cuando tuve a mis hijas no había ninguna guardería donde se pudiera hablar castellano. Por ello, fundé una asociación con ayuda financiera del Gobierno alemán y así pudimos abrir dos guarderías bilingües y apoyar a muchas familias en la misma situación», detalla.
Esta apuesta educativa y social contribuyó decisivamente a su propia integración. «Eso me ayudó mucho a integrar mi parte española en la sociedad alemana. He sido presidenta de la asociación durante veinte años y he podido comprobar el enorme poder que tiene la comunidad para conectar a personas que comparten las mismas condiciones y retos», defiende Elena.
Fuera tópicos
En cuanto a los ciudadanos alemanes, Elena huye de los estereotipos. «Son muy formales y necesitan su tiempo para coger confianza. Pero cuando la tienen, son fieles, muy coherentes y transmiten seguridad, porque cumplir con la palabra es uno de los valores más arraigados de esta sociedad. El sentido de la responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás está muy presente», añade.
Lo positivo es que Fráncfort y España están muy cerca. Cuando piensa en nuestro país, al que viaja con relativa frecuencia, su mente va a su familia y sus amigos. Como la mayoría de los expatriados, prefiere olvidar «la poca seriedad política que se está viviendo en la actualidad». Y en Fráncfort, una ciudad con «un invierno oscuro y largo», echa de menos «mejor tiempo, más sol y poder hacer vida en la calle», algo, desde luego, muy español.










