MONGOLIA. Más allá de las fronteras

MONGOLIA. Más allá de las fronteras

Anne Golec

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Las estepas mongolas ya no son el coto de exploradores atrevidos o aficionados al trekking. Sin perder su misterio, se convierten en un marco original y exótico para los viajes de incentivo. Conjugan la autenticidad y el refinamiento en un encuentro mágico con un pueblo todavía nómada y que conserva intacta la naturaleza que habita.

Si viajar a Mongolia no significa exactamente llegar al fin del mundo, al menos lo parece. Fuera de la capital, Ulán Bator, el viajero se encuentra dentro de un territorio en el que reina la naturaleza y vive un pueblo legendario. Un espacio inmenso y casi virgen, cuyo silencio y belleza son extraños a nuestras vidas modernas.

Aquí los grupos de empresa comparten más de lo habitual, volviendo a la simplicidad para poder disfrutar de este mundo sin artificios. Un mundo en el que la relación con la naturaleza se vuelve fundamental.

En este universo, el visitante se pierde totalmente y comprende cómo el pueblo mongol preserva su modo de vida y su cultura. Es lo que propone la agencia de receptivo Step’In, basada en la capital. Sus dos socios, mongol y francés, defienden desde hace cinco años la visión de un turismo respetuoso hacia la cultura local, comprometido con el medio ambiente y especializado en el incentivo.

Llegar no es tan difícil, ya que Ulán Bator está bien conectado con Pekín, a dos horas de vuelo con Air China o la compañía nacional MIAT. Otra posibilidad es volar vía Moscú. El campamento Sweet Gobi de Step’In está a menos de cuatro horas en 4×4 del aeropuerto internacional de Ulán Bator, hacia el oeste del país. Se sitúa cerca de Karakorum, el centro histórico del antiguo imperio mongol. La región se caracteriza por una estepa infinita, zonas de roca y dunas.

Vida nómada

Situado en plena estepa, el campamento Sweet Gobi ofrece una experiencia exclusiva gracias al concepto de geolodge, completamente móvil, que imita el modo de vida de los nómadas. Cada huésped dispone de su propia yurta, esas carpas de madera y fieltro imaginadas por los mongoles para enfrentarse al clima continental extremo (hasta -40º en invierno).

De forma redonda, la yurta es parecida a una burbuja de vida y de calor en medio de la estepa. En el interior, el viajero se encuentra con un espacio íntimo, amueblado de forma refinada, mientras que de una estufa emana un calor suave. En el muy ecológico Sweet Gobi, la electricidad está limitada a la yurta-restaurante y la ducha ha sido reemplazada por un servicio individual de toallas calientes, humedecidas con aceite esencial de pino.

Pasar la noche en el geolodge cambia la percepción del entorno y ofrece al viajero la mejor de las experiencias: la integración cultural del campamento facilita el encuentro con los nómadas, que perpetúan la tradición de hospitalidad tan importante en su cultura. La puerta de la yurta siempre está abierta. El contacto con estas familias formará parte de los recuerdos inolvidables. A pesar del obstáculo del idioma, la dimensión humana del encuentro es enorme. El visitante descubre los ritos que siempre acompañan a cualquier recibimiento.

Inmersión total

Criando caballos, camellos, carneros, yaks y cabras, los nómadas transforman la leche de los animales en múltiples productos: té con leche, mantequilla secada, airag (leche de yegua fermentada), etc. ¡Incluso aguardiente a base de leche!

El viajero no debe rechazar el ofrecimiento de un habitante mongol, aunque las sensaciones puedan ser sorprendentes. Tampoco la oportunidad de escuchar los cantos mongoles y hacer preguntas a propósito de este modo de vida. Si uno quiere, la inmersión es total, ya que se puede ayudar activamente a una familia en sus tareas, sobre todo en el cuidado de los animales. Juntar las manadas u ordeñar son el modo de comprobar que son ellos quienes marcan el ritmo de la vida nómada.

Teniendo como base el campamento se pueden organizar paseos por los alrededores a caballo o en camello. La montura es original: es necesario agarrarse a una de las jorobas en las que el animal almacena grasa para resistir el invierno. Son camellos de una raza que se cubre de pelo muy largo cuando hace frío. Los caballos son pequeños y apacibles, resultado de su vida al aire… muy libre.

El viajero sigue los nómadas a bordo de su animal y vestido con un deel. Se trata del traje tradicional del país, un abrigo largo que protege del frío. Todo parece como de película, aún más cuando el fondo de la escena son el cielo puro y los paisajes de dunas de arena de Elsen Tasarkhaï. Este es uno de los muchos gobi, o desiertos del país, frente al la roca granítica que constituye la montaña sagrada de Khogno Khan.

Identidad preservada

Aunque haya vehículos 4X4, imprescindibles para desplazarse, el caballo sigue siendo, hoy por hoy, el orgullo de los mongoles. El momento más revelador es el Naadam, el festival nacional que tiene lugar los días 11 y 12 de julio en todo el país. Es el acontecimiento más importante del año y reúne a los campeones de lucha tradicional y tiro con arco, además de caballeros muy jóvenes. Es posible organizar un “mini Naadam” exclusivo para un grupo incentivo en otro momento del año.

El Naadam es una ocasión única para descubrir las tradiciones mongolas, especialmente durante los combates de luchadores, admirar los coloridos trajes y compartir una atmósfera inolvidable.

Para darle un remate de ensueño al viaje de incentivo, nada mejor que organizar un espectáculo que reúna a diferentes talentos de la cultura mongola. Es poco conocida fuera la fronteras nacionales, pero no por ello ha dejado de desarrollar formas muy refinadas, como el canto difónico, una técnica vocal característica de Asia central. Bajo una fabulosa yurta con capacidad para más de cien personas, los artistas desfilan y ofrecen momentos de pura magia a través de un concierto de música tradicional, recitales de cantos y proezas de contorsionistas excepcionales.

La velada puede terminar de la manera más elegante con un desfile de moda de inspiración tradicional. Después de tanta belleza y tantas emociones, llega el momento de recibir a la noche. Los fuegos artificiales y el dj se relevan para crear un espectáculo irrepetible. Bailar bajo las estrellas en medio de la estepa. Algo así como detener el mundo a tus pies.

 

SIN SEMÁFOROS

El tiempo de ruta permite admirar la inmensidad del paisaje, al igual que la ausencia de construcción. Mongolia es un país democrático desde 1990, después de 70 años de república popular bajo influencia soviética. Actualmente, cuenta con tan sólo tres millones de habitantes, de los cuales un millón vive en la capital. Muy poca gente para un territorio tan extenso. En el camino el viajero no se cruza con otros vehículos, sino con manadas de caballos guiadas por caballeros muy jóvenes. En lugar de semáforos ve muchos owoo, montículos de piedras dedicados a un rito chamánico.