SEYCHELLES. El paraíso perdido del Índico

SEYCHELLES. El paraíso perdido del Índico

Javier Carrión

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Las Seychelles se han ganado una reconocida fama como destino de recién casados, pero también como un paraíso para los incentivos donde descubrir todos los atractivos del Océano Índico. Un “jardín del Edén” con sus 115 islas, deshabitadas hasta bien entrado el siglo XVIII, que constituyen un gran aliciente para disfrutar de una estancia exótica y relajante respirando, según asegura su Gobierno, “el aire más puro del planeta”.

Cuando el general británico Charles Gordon pisó por primera vez las Islas Seychelles en 1881, quedó maravillado con la flora del archipiélago, y sobre todo de la isla de Praslin, al descubrir el coco de mar, el  bíblico árbol del bien y del mal. De ahí que el militar comparara este auténtico oasis de palmeras del Océano Indico como un auténtico “Jardín del Edén”.

Hoy, curiosamente, este nombre lo luce un nuevo conjunto de islas artificiales que, siguiendo el ejemplo de Dubái o Doha, han sido edificadas en Victoria, la capital, aunque solo al alcance de millonarios árabes, sudafricanos y seychellianos. Un complejo de lujo construido sobre un arrecife coral recuperado, tal como reza la publicidad del proyecto, con tiendas de las primeras marcas, villas de entre 600 y 3.000 m2 con precios por las nubes, playas, piscina privadas y una espectacular Marina a la que han llamado, cómo no, “Eden Island”.

No es de extrañar, por tanto, que muchos famosos, como Pierce Brosnan, David Beckham o Brad Pitt, hayan sido huéspedes habituales de estas islas y que otros visitantes más anónimos hayan adquirido alguna de las 115 islas e islotes coralinos y graníticos por al menos un par de millones de dólares.

Con buena cartera todo es más fácil a la hora de recrearse en una auténtica reserva natural repleta de árboles centenarios, especias, flores aromáticas y miles de aves. Un hecho que ha llevado normalmente a llamar a este exótico lugar, donde los edificios no pueden superar la altura de las palmeras, “la isla de los pájaros”, aunque su récord más llamativo en materia de flora y fauna lo ostentan las tortugas gigantes. La población de estos reptiles es aquí casi diez veces mayor que la de Galápagos con ejemplares que sobrepasan los 250 kilos de peso.

En Seychelles viven unos 85.000 habitantes, una población que podría entrar en el estadio de Wembley y cuyo origen se sitúa en África, India, China y Europa. Ese sería el gran sueño de muchos de los isleños que siguen la Premier británica o la Liga española. Los más jóvenes siempre andan organizando minitorneos de fútbol,  normalmente los fines de semana y a ritmo de reggae, al estilo jamaicano, mientras que los mayores se divierten jugando al dominó junto a cualquier playa de sus islas. La Digue presume de contar con el mejor equipo de fútbol del archipiélago.

Se dice habitualmente de Seychelles que fue una tierra descubierta por el navegante portugués Vasco de Gama en 1502, a la que llamó Islas Amirante, y que más tarde se convirtió en refugio de piratas, aventureros, esclavos, mercaderes y cazatesoros. Era, sin duda, un destino aislado, a más de mil millas de cualquier otro lugar habitado, que fue colonizado primero por los franceses y después por los británicos, coincidiendo en esta segunda etapa histórica con la abolición de la esclavitud.

Actualmente, sin embargo, la sociedad de Seychelles está formada por un original crisol de razas y culturas, donde afortunadamente reina la armonía y la hospitalidad hacia el visitante extranjero. Y no solo se habla de playas y animales exóticos… Sus habitantes y sus gobernantes garantizan que en este archipiélago se respira “el aire más puro del planeta”.

La capital más pequeña del mundo

En la isla de Mahe vive la mayor parte de la población de Seychelles, alrededor de un 80 %. La fama de Victoria, su capital, viene dada porque se trata de la más pequeña del mundo, con tan solo dos semáforos. En ella destaca el mercado de Sir Selwin Clark, con parte cubierta y parte al aire libre, donde reluce su excelente pescado, la gran fuente de riqueza después del turismo. El abarrotado recinto es también llamativo por la variedad de sus frutas y verduras. Los turistas acuden aquí para adquirir el clásico ramillete de souvenirs y los regalos típicos.

Dos iglesias, una anglicana (Catedral de St. Paul) y otra católica (Catedral de la Inmaculada Concepción), un templo hindú multicolor y una mezquita constituyen la oferta monumental de la ciudad, a la que hay que añadir su “mini Big Ben”, una imitación reducida del original londinense. Los viajeros, en cambio, prefieren escaparse a las dos cumbres más cercanas, encabezadas por el pico Morne Seychellois (905 m), el más elevado de Seychelles, y el Trois Freres (458 m). Por el camino, salpicado de curvas, maravillan las vistas panorámicas de las islas más pegadas a Mahe: St. Anne, Cerf Island, Long Island, Moyenne Island y Séche.

Conduciendo siempre por la izquierda, herencia británica del pasado, quedan a mano el Jardín del Rey, para aquellos que quieran explorar el universo de las plantas aromáticas, y la Mision Lodge, donde conocer la historia de los hijos de los esclavos libres que fueron cuidados por los misioneros a partir de 1876 en la antigua ciudad de Venn. En este histórico punto sorprende la vista al océano desde un gran mirador, inaugurado por la Reina Isabel II en 1972, cuatro años antes de que el país declarara su independencia. Un gran plan es acercarse a alguna plantación de té para saborear y comprar el de vainilla, su sabor más popular. También lo es visitar, ya casi al nivel del mar, una portentosa cascada de agua dulce en Port Glaud, donde se puede nadar e incluso ascender a las rocas, aunque conviene tener cuidado, porque son muy resbaladizas.


La Digue, un aluvión de fotos

Lo normal a la hora de entrar en Seychelles es hacerlo a través del aeropuerto internacional de Mahe. El aeródromo fue inaugurado en 1972 y supuso un cambio drástico en la vida de los seychellianos y de sus visitantes, ya que antes, para llegar al archipiélago, se necesitaban tres días en barco desde Mombasa o siete desde Bombay. Desde sus instalaciones, ahora los turistas tienen a tiro, ya sea en avioneta o en ferry, las islas más preciosas de Seychelles.

Comenzando por La Digue, donde se encuentra Anse Source d’Argent, la playa más fotografiada del mundo, según sus numerosos fans. Claro que conviene saber que para admirar de cerca sus aguas color azul turquesa, pisar su blanquísima arena y ascender a sus impresionantes moles de granito junto al mar hay que pagar una entrada de 100 rupias (unos 7 euros) en una vieja plantación de coco y vainilla que se llama Union Estate, a un par de kilómetros del puerto de la isla, en La Passe.

Es recomendable contemplarla en pleamar, pues su belleza resulta más cautivadora. Conviene saber que el tique también da derecho a entrar en el viejo cementerio, con sus restos de los primeros colonos franceses, un terrario de tortugas gigantes y una fábrica de copra, la pulpa de la que se extrae el aceite de coco.

En La Digue apenas hay coches y los taxis se cuentan con los dedos de una mano. Sus poco más de 2.000 habitantes se desplazan en bicicleta, el medio de transporte más popular en esta isla de 10 km2. Los vecinos la utilizan incluso para sacar dinero de los cajeros callejeros sin bajarse del sillín. Así que a los visitantes sólo les quedan dos opciones para recorrer la isla: alquilar una bici o subirse a un carro de bueyes. La prioridad es ir a cuantas más playas mejor, aunque otros buscan desesperadamente al famoso papamoscas del Paraíso, un ave en peligro de extinción que sobrevive en la reserva Veuve, o bucear en los bellos fondos marinos plagados de peces, moluscos y una gran variedad de corales.

Y un dato para el recuerdo. La Digue alcanzó una enorme popularidad en la década de los setenta del siglo pasado al ser el escenario elegido para rodar la película Enmanuelle, que protagonizara la actriz holandesa Sylvia Kristel. Antes, como ahora, la isla parece haberse detenido en el tiempo.


Praslin, el paraíso del coco de mar

A 15 minutos en barco de La Digue se encuentra Praslin, la segunda isla en extensión del archipiélago, otra joya natural gracias al Valle de Mai, un bosque prehistórico que no pisó el hombre hasta 1930. Ahora, en cambio, lo atraviesan miles de visitantes para admirar el coco de mar, único en el mundo, con su curiosa forma que recuerda la de un trasero humano con los órganos genitales femeninos. Cada uno puede alcanzar un valor superior a los 300 euros, aunque, como es lógico, está prohibido arrancarlos de las 7.000 palmeras de este parque protegido por la Unesco desde 1983, que cuenta también con otro anfitrión exclusivo: el loro negro. Tampoco hay que perderse las magníficas playas de Praslin, con Anse Lazio a la cabeza, debido a sus preciosas rocas, o Anse Georgette, situada en el Constance Lemuria Resort, el más hermoso del archipiélago, con su campo de golf camuflado entre la naturaleza. La vista desde el hoyo 15 hacia el océano y la isla de Aride no tiene precio…


Una larga historia en St. Anne

El viaje por las Seychelles puede concluir en la misma bahía del puerto de Victoria, donde se alza de manera majestuosa la isla de St. Anne. En sus aguas se encuentra desde 1973 uno de los parques marinos más bellos del Índico, donde todavía se puede ser testigo del desove de las tortugas.

La isla ha desempeñado funciones muy diferentes a lo largo de su historia: lugar de plantaciones importantes, área de tránsito de esclavos, centro de producción de aceite de ballena, depósito de petróleo y estación de combustible en la II Guerra Mundial, centro de estudio de la vida marina, unidad de formación para jóvenes (Natural Youth Services)… En la actualidad parte de la isla está ocupada por un hotel de lujo especializado en bodas y lunas de miel de la cadena Beachcomber, con 87 villas muy confortables en medio de la naturaleza y de tres playas vírgenes. Por supuesto, no es necesario casarse para darse un homenaje en tan idílico lugar.