
Nacido en Madrid, el joven ingeniero Héctor Sagaseta trabaja desde hace dos años en una de las universidades más prestigiosas de Singapur, el pequeño gigante asiático. En contraste con la precariedad que afecta a la investigación en España, destaca las excelentes condiciones laborales y profesionales que ofrece la ciudad-estado. También subraya el carácter sorprendente de un país que destaca por su juventud, dinamismo y capacidad de innovación. Una sociedad acogedora, aunque especialmente rigurosa en el cumplimiento de las normas.
TEXTO Á. GUARDIA
Singapur es uno de los grandes referentes económicos del mundo y, en particular, de Asia, una posición de liderazgo que contrasta con su reducido tamaño, ya que se trata de una ciudad-estado. Su ubicación estratégica en una de las principales rutas marítimas del planeta la ha convertido durante siglos en un enclave fundamental para el comercio internacional. Por sus puertos han transitado embarcaciones de todas las nacionalidades, contribuyendo a forjar una prosperidad basada en el intercambio comercial y los servicios logísticos.
A esta democracia peculiar —donde gobierna el mismo partido desde que logró la independencia de los ingleses a mediados del siglo XX— llegó hace dos años Héctor Sagaseta. Este es un ingeniero madrileño que decidió optar por la vía más difícil y apasionante: cruzó el mundo para trabajar como investigador en el campo de la robótica. Ya conocía el país de viajes anteriores y quiso regresar. Además, este enclave es un auténtico hub asiático, con muchas de las principales capitales a menos de dos horas de avión, todo un lujo.
Proveniente de la Universidad Carlos III de Madrid, en la actualidad realiza trabajos de investigación como estudiante de doctorado en la Nanyang Technological University (NTU), una de las más importantes del país. Trabaja en sus laboratorios con distintos proyectos.
Héctor reconoce que no sabía nada de Singapur, salvo que era una potencia económica, y hasta que no se confirmó su viaje no se puso a indagar. «La verdad es que todo están siendo sorpresas, a medida que lo voy descubriendo poco a poco y me voy haciendo una imagen definida», reconoce, a la vez que reacciona ante una de las virtudes de Singapur: «El descubrimiento más impactante es lo joven que es el país, y cómo esto se nota en la gente y el entorno». Hasta después de la II Guerra Mundial, la que fuera joya del Imperio británico en Asia no obtuvo la independencia.
ADAPTACIÓN LABORAL
La llegada y entrada en la atmósfera singapureña de Héctor no fue tan compleja como podría parecer. «Tuve la suerte de conocer de antes al supervisor de mi doctorado y de ir acompañado de algún amigo español desde el inicio, que hicieron que el impacto de lo nuevo no fuese tan fuerte». Lo que está claro es que, en lo que respecta a su desarrollo profesional, eligió bien.
«Singapur es un buen destino en lo que se refiere a investigación, que suele ser precaria en muchos otros países. Las becas cubren los gastos mensuales medios de una persona, y eso te evita muchas preocupaciones», explica.
Además, la ciudad ayuda. «Singapur destaca por su seguridad, por la comodidad de vivir. Se nota que está construida pensando en los ciudadanos que la habitan y que lo harán en el futuro. Por ejemplo, está muy bien conectada», destaca este joven investigador. De hecho, Singapur es todo un referente de convivencia, con cuatro idiomas oficiales que ejemplifican el crisol de culturas que supone: el mandarín, puesto que la mayoría de su población es de origen chino; el inglés, por reminiscencias coloniales; el malayo, por cuestiones históricas y culturales; y el tamil, hablado por la vital comunidad india.
El lado menos positivo es que, para mantener su nivel de seguridad y convivencia, a veces recibe quejas por la falta de libertades individuales, pese a ser una democracia. «El equilibrio entre seguridad y libertad es un intercambio. Para poder tener el nivel de seguridad que posee Singapur en lo colectivo hay que sacrificar libertades individuales. Para mí el control es excesivo, y donde más se nota es en la prensa y en la libre expresión de ideas políticas, como poder manifestarte en la calle».
Respecto de la ciudad, de igual manera se trata de un equilibrio entre desarrollo y medioambiente. Con algunas de las infraestructuras más rompedoras del mundo, con el aeropuerto Changi y el distrito financiero a la cabeza, el destino del Merlion —figura mitológica mitad león mitad pez, todo un símbolo del país— lucha contra su sobrepoblación y por un desarrollo ordenado.
«Creo que se le debería dar más importancia a la preservación de los entornos naturales, cosa muy difícil con el tamaño de Singapur y sus objetivos a corto y medio plazo de densidad de población», razona.
LA POBLACIÓN
Singapur es una amalgama de etnias, razas, nacionalidades y religiones —estrictamente controladas para evitar fricciones entre ellas— que da lugar a una población realmente singular. Según Héctor, «los singapureños son agradables y amigables como ciudadanos por lo general, y destacan por su respeto a las normas. Las nuevas generaciones se están acostumbrando a un entorno multicultural, y de ellos se puede aprender un respeto natural por otras nacionalidades».
El choque cultural es normal; en sus calles conviven personas —cada vez menos— que sufrieron la ocupación japonesa en la II Guerra Mundial, tradicionales y pertenecientes a culturas ya de por sí «rígidas», y las nuevas generaciones hiperconectadas. El impacto es tan evidente como apasionante.
Con tanta distancia de por medio, otra cosa es cómo los habitantes de esta pequeña ciudad-estado ven a los españoles. «Me da la sensación de que nos meten en un saco de europeos de clase media-alta con valores occidentales. En el mundo asiático se tiende a pensar en todo lo que venga del western world como lo mismo», apunta el investigador madrileño.
Y para terminar, el momento añoranza. «Realmente echo de menos el idioma, el poder expresarme en mi lengua materna. Quizás puede que sea relacionarme más a menudo con españoles, gente con la que comparto muchas cosas». En definitiva, compartir lazos culturales. «Y por supuesto la familia y la comida, eso es indiscutible». Amén.










