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CABO NORTE. Tras la aurora boreal

Mª Carmen Gónzalez Beltrán

Es el espectáculo único de cortinas multicolores que ilumina las largas noches del Ártico, el castillo de fuegos naturales más misterioso del firmamento. La aurora boreal, fenómeno provocado por el viento solar y el campo magnético de la Tierra, se muestra en todo su esplendor durante los meses de invierno. Y no hay mejor forma de apreciarla que desde las costas del cabo Norte, a bordo de un inolvidable crucero.

Para una sevillana como yo, parece imposible encontrar mayor contraste en Europa que desplazarse al otro confín del continente y embarcar durante 10 días en el Trollfjord, una de las joyas de la corona de la compañía Hurtigruten, para recorrer la costa más sorprendente y recortada del hemisferio norte.

Aunque el barco ofrece sus lujos y comodidades, no se trata del típico crucero al uso. La tripulación no tiene que encargarse de animar al pasajero, ni organizar concursos o exhibiciones, ni fiestas con rebuscadas inspiraciones. Basta con asegurar el bienestar a bordo, crear un ambiente familiar y dejar en manos de la naturaleza el protagonismo de todo el espectáculo.

Desde luego, no es necesaria una apretada agenda de actividades para pasar el tiempo. Simplemente relajarse y dejar desfilar ante la cubierta un paisaje que  nunca deja de maravillar: aldeas de pescadores abrazadas por imponentes montañas, vertiginosos acantilados a babor y estribor, ocasionales ballenas y, naturalmente, la aurora boreal de septiembre a marzo o el sol de media noche en verano.

La aventura comienza en Bergen, a unos 500 km al oeste de Oslo. Tras aterrizar en su aeropuerto, la organización programa un recorrido en autobús por la ciudad. A pesar de estar emplazada al sur de Noruega, Bergen ya muestra el ambiente típico del norte. Entre otras cosas, por sus viejas y pintorescas casas de madera, fruto de la reconstrucción de la ciudad a principios del siglo XVIII con los mismos parámetros medievales anteriores al pavoroso incendio que la destruyó en 1702.

El primer día de navegación, el crucero pone rumbo a Ålesund, una pequeña ciudad también arrasada por el fuego en 1904 y que enamora a primera vista por el primoroso estilo art nouveau de muchas de sus edificaciones, producto del gusto arquitectónico de la época. Ålesund ofrece una buena ocasión para conocer la fauna local gracias a su didáctico acuario, donde se pueden admirar, incluso en la palma de la mano, estrellas de mar, bogavantes, erizos o cangrejos.

La travesía continúa hasta Trondheim, la tercera ciudad del país en población y capital de Noruega durante un breve periodo de la Edad Media bajo el nombre de Nidaros. Con excursión guiada o por libre, no hay que perder la oportunidad de ver al menos la catedral, verdadera obra maestra del gótico en los países nórdicos, con su sencillo decorado interior y sus espectaculares vidrieras. Trondheim supone también una de las mejores oportunidades de todo el recorrido para hacer algo de shopping.

Otra de las experiencias más llamativas del viaje es la participación en una cena vikinga. La excursión se reserva en el mismo barco y es una simpática ocasión para degustar la gastronomía local acompañada de una esmerada recreación de época con actores, música y una representación histórica que ayuda a conocer mejor a este pueblo con fama tan guerrera.

Pocas horas después de reanudar el crucero hacia el norte, el buque cruza el Círculo Polar Ártico, a partir del cual no anochece en el día del solsticio de verano y no amanece en el solsticio de invierno. Es un momento cargado de simbolismo que la tripulación adorna con una pequeña ceremonia de bautizo, entrañable y muy divertida. Para no matar la sorpresa, sólo se puede avanzar que, tras el acto, conviene volver al camarote a cambiarse completamente de ropa.

Llegar a Tromsø es sentir ya el preludio de la ansiada aurora boreal. Debido a su universidad, la más septentrional del mundo, la ciudad atrapa por su animado ambiente estudiantil. El bullicio de los jóvenes se va diluyendo en un murmullo según oscurece, cuando en cada esquina brotan comentarios sobre la meteorología del momento, con apuestas y vaticinios en función de la humedad del ambiente, la claridad del cielo o la fase de la luna, que influyen en la aparición del fenómeno más mágico de la naturaleza.

Aunque teóricamente la aurora boreal se puede contemplar en toda Noruega, sin duda los mejores lugares para disfrutarla en todo su esplendor se encuentran por encima del Círculo Polar Ártico. En el barco, los más entusiastas se arman con mantas y té caliente en cubierta para esperar su llegada. Por muchas fotos que se hayan visto sobre esta explosión de color provocada por el viento solar y el campo magnético de la Tierra, no existe nada comparable a la experiencia en directo de un espectáculo tan majestuoso.

No hay dos iguales

El Sol es el causante de las auroras boreales. Con sus explosiones y llamaradas, lanza grandes cantidades de partículas al espacio en forma de nubes que se desplazan a gran velocidad. Cuando colisionan con los gases de la atmósfera de la Tierra, resplandecen creando un fantástico estallido de colores. En algunas ocasiones llega con todos a la vez, bailando en el cielo en tonos naranja, violeta, verde y rojo. Otras veces se muestra como una cortina de verde eléctrico o como un tornado de luz tenue. Nunca hay dos auroras boreales iguales.

Las posibilidades de verla son mayores entre el equinoccio de otoño y el de primavera, es decir, del 21 de septiembre al 21 de marzo. Los mejores meses son octubre, febrero y marzo. La mayor frecuencia se registra entre las 6 de la tarde y la 1 de la madrugada. Para disfrutar al máximo del espectáculo es aconsejable evitar la luna llena y los lugares muy iluminados.

La aurora es impredecible. Nunca se sabe cuándo acaba apareciendo. Hay es armarse de paciencia y esperar, pero los cazadores de auroras boreales aprovechan para realizar todo tipo de actividades, desde esquí de fondo hasta levantar muñecos de nieve, para mantenerse entretenidos y calientes mientras permanecen al aire libre.

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