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CATAR. La perla del Golfo

TEXTO Y FOTOS
BERNARD SECO

Katara Towers
Katara Towers

Desde casi el albor de los tiempos hasta principios del siglo XX, el sustento y la riqueza de Catar se basaba casi exclusivamente en la pesca de perlas. En muy poco tiempo, y gracias al petróleo y, sobre todo al gas, esta pequeña monarquía gobernada por la familia Al Thani ha experimentado un desarrollo meteórico en todos los ámbitos, también en el turístico. Junto a sus rascacielos despampanantes y sus infraestructuras de primer nivel, impulsadas aún más por la reciente celebración de la Copa Mundial de Fútbol, también hay momentos para disfrutar de la paz del desierto. Una opción de viaje de incentivo que no defrauda.

 

 

Desde el principio de los tiempos han ido pasando por estas tierras civilización tras civilización: asirios, babilonios, griegos, persas, árabes, portugueses, otomanos y británicos. A pesar de ello, la península que ocupa Catar era prácticamente obviada en las cartas antiguas. Tan solo se podía encontrar una mancha en el mapa llamada Pearl Bank. Hasta aquí se desplazaban las tribus nómadas que vivían en el desierto para buscar ostras y perlas. También llegaban barcos y caravanas de todas partes para comprar esas piezas únicas. Pero a partir de 1939 todo cambió. Con la aparición del petróleo y el gas, el tiempo en el emirato parece viajar más deprisa que en el resto del mundo.

En un país en el que habitan prácticamente todas las nacionalidades y donde solo algo menos del 20% es oriundo, no es fácil encontrar pruebas vivientes de su historia. Saad Ismail Al Jassim es una de las pocas excepciones de ese testimonio del pasado. Casi cada día, a pesar de sus 87 años, sigue al frente de su pequeña tienda de perlas en el mercado de Souq Waqif. A los 18 años ya era buceador, pero la irrupción de las perlas cultivadas fue retirando progresivamente del mercado a las naturales. Su capacidad de resistencia es admirable.

A pesar de todos los cambios que ha sufrido el país en los últimos años, sus barcos ancestrales, los dhow, siguen estando presentes. Apenas se dedican ya a la pesca y muchos viven más del turismo que de otra cosa, pero son parte del paisaje en el puerto de Doha, con sus siluetas recortadas ante la imponente selva de rascacielos. El zoco es otro de los pocos lugares donde palpar las tradiciones, apreciar el olor de las especias o admirar la belleza de los halcones en un país donde la cetrería está muy arraigada. También vale la pena perderse por las calles traseras, lugar de encuentro para los autóctonos en pequeños clubes donde conversan frente a un té o juegan a las damas. El nuevo y el viejo Catar, tan cerca y tan lejos a la vez.

La perla, uno de los símbolos del país, es precisamente el icono que da nombre a un desarrollo urbanístico sin precedentes, con enorme proyección internacional: The Pearl. Se trata de un conjunto de islas artificiales que se extiende en 4 millones de metros cuadrados divididos en 12 distritos. Los visitantes pueden obtener un primer vistazo en Porto Arabia, en la primera de las tres fases del proyecto, donde también se encuentra Qanat Quartier, la zona residencial y comercial inspirada en Venecia.

El lugar alberga hoteles como el St. Regis Marsa Arabia Island, situado en una isla exclusiva. Lujo en estado puro. De hecho solo ofrece suites, 193 en total, exquisitamente amuebladas, todas ellas con amplios balcones con vistas al golfo Pérsico. Este oasis de tranquilidad deslumbra los sentidos. Al cruzar el puente, multitud de obras de arte resaltan la riqueza de la cultura catarí, combinada con un toque andalusí. También es un destino gastronómico en sí mismo. La isla cuenta con establecimientos de comidas y bebidas de fama mundial que ofrecen una diversidad culinaria para todos los paladares. Con la inauguración del primer Longevity Hub by Clinique La Prairie en la región, el resort se consolida como lugar de retiro para el bienestar en un entorno sofisticado y glamuroso.

El desierto

En los viajes de incentivo a Catar no puede una excursión al desierto, un contraste casi extremo con la vorágine de la gran ciudad. Las agencias locales ofrecen todo tipo de actividades de ocio, enfocadas sobre todo a los turistas, por supuesto, pero hay mucho más que eso. Desde principios de octubre hasta finales de marzo el desierto cambia y pasa de ser una vasta extensión de arena deshabitada al lugar de reunión de los catarís. Como hace siglos, vuelven con sus caravanas y sus tradiciones cada fin de semana. Honran a sus caballos, sus camellos, sus orix y sus halcones, retrocediendo en el tiempo y disfrutando de la naturaleza en estado puro.

Para los menos tradicionales o para los visitantes de fuera existen mil posibilidades para poder disfrutar en mayor o menos medida de esa comunión con las arenas infinitas, incluidos los clubs al borde de la playa con todas las facilidades para disfrutar de un día completo. Pasar la noche en un oasis en medio del desierto, como antaño, o bien con parte de los lujos contemporáneos, es toda una experiencia. La aventura está asegurada, ya sea en 4×4, a bordo de un ultraligero, saltando en paracaídas o deslizándose por las dunas sobre una tabla de surf.

Si hay un lugar único en estas inmensidades es The Outpost Al Barari. En un entorno de película, rodeado de naturaleza y tranquilidad, solo se puede llegar al complejo en todo terreno o en helicóptero. Tan solo la travesía ya vale la pena. Una vez allí, la desconexión es automática por el aislamiento  y la calidez del entorno. Aquí se puede disfrutar de un baño en la piscina junto a la habitación, un masaje en el spa, un paseo a la luz de la luna o una película clásica proyectada en la terraza. Y a unos cuantos metros del suelo, el vuelo en globo al amanecer no puede ser más memorable.

La cultura

La estrategia de Catar para diversificar su economía y su posición en el mundo, más allá de los recursos limitados de los combustibles fósiles, ha dado lugar a una serie de desarrollos culturales, artísticos, deportivos y formativos que están abriendo de forma decidida el abanico de propuestas que ofrece el emirato. Muchas de ellas han sido impulsadas por la carismática jequesa Mozah, madre del actual emir, a la que algunos consideran la Grace Kelly de Oriente Medio.

Un buen ejemplo es la Ciudad de la Educación, que cubre 14 km2 con colegios, institutos y universidades de enorme prestigio internacional, como Georgetown, HEC o Weill Cornell, además de fundaciones y entidades dedicadas a la investigación. Sin perder de vista sus orígenes, Catar prepara a las siguientes generaciones para el futuro. Entre sus instalaciones destaca la increíble Biblioteca Nacional, en un espectacular y vanguardista edificio en forma de rombo.

Mucho antes de la celebración de la Copa del Mundo de Fútbol, el país ya había experimentado una extraordinaria transformación a golpe de petrodólar, pero a raíz de la popular competición internacional las infraestructuras han pegado un nuevo salto, empezando por el metro de Doha, construido en buena parte por el español Grupo FCC. En cambio, los estadios construidos para la ocasión, siete en total, no están llamados a permanecer. En algunos casos serán desmontados, en otros reducirán significativamente su aforo y también la idea es venderlos por partes a otros países.

Pero si hay algún edificio que últimamente concite la admiración y el interés de los visitantes son las Katara Towers, en la localidad de Lusail, a unos 15 km de Doha. La construcción, de más de 200 metros de altura y 36 plantas, tiene la sorprendente forma de dos cimitarras árabes entrecruzadas y alberga dos hoteles, uno de cinco estrellas, el Fairmont, y otro de seis, el Rafles. El lujo llevado a su máxima expresión para regocijo de los que puedan pagarlo. No en vano, el precio mínimo de las habitaciones de este último anda por los 1.200 euros la noche. Una locura.