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DESIERTO DE ATACAMA. El horizonte infinito

TEXTO Y FOTOS FERNANDO SAGASETA

Piedras Rojas
Piedras Rojas

El tercio norte de Chile está ocupado por uno de los parajes más áridos, insólitos y arrebatadores del planeta, un extenso territorio de unas dimensiones y una belleza extraordinarias. El desierto de Atacama ofrece todo un festín de valles lunares, planicies saladas, campos de géiseres, montañas de colores, esbeltas dunas e impresionantes lagunas de altura. Vicuñas, flamencos rosas y vizcachas reinan también en las tierras ancestrales del pueblo Lican-Antay. Recorrer sus dominios es casi una aventura existencial.

 

El centro de operaciones imprescindible para explorar la región es la pintoresca localidad de San Pedro de Atacama, un pequeño pueblo de casas de adobe que se alza sobre tierras rojizas donde encontrar alojamientos de todo tipo —desde hostales de mochileros y zonas de acampada, hasta resorts de categoría superior—, abundantes sitios para comer o tomar una copa y un sinfín de agencias de viajes que programan excursiones por las maravillas naturales que ofrecen los alrededores. La mejor manera de llegar es a través del aeropuerto de Calama, a unos 100 km, con conexiones diarias a Santiago de Chile.

La arteria principal es la calle Caracoles, todo un clásico, con su incesante reguero de turistas, sobre todo al caer la tarde, cuando ya han regresado de sus actividades y se dan una vuelta en busca de un restaurante para cenar y, de paso, curiosear por los puestos de artesanía. En el horizonte, siempre presente la cordillera Domeyko, a un lado, y los volcanes de los Andes, hacia el este, especialmente el Licancabur, con su estampa de cono casi perfecto en sus casi 6.000 metros de altura. Casi nada.

VALLE DE LA LUNA

Una de las salidas más populares, debido a su cercanía de San Pedro, es el inhóspito Valle de la Luna, en la llamada cordillera de la Sal, que muestra un buen recital de formaciones rocosas, anfiteatros naturales y, sobre todo, grandes dunas de arena bajo un calor implacable. A pesar de ello, vale la pena subir por el sendero que llega hasta la Duna Mayor, un paisaje literalmente de película, hasta el punto de hacer sido escenario de la serie The Mandalorian, secuela de La guerra de las galaxias.

El recorrido por la zona incluye paradas tan singulares como el Mirador de las Tres Marías, unas rocas erosionadas de tal manera que parecen tres mujeres rezando, o más bien dos, porque un visitante bastante patoso se cargó una de las figuras hace unos años al acercarse para realizar una foto. Un poco más allá el terreno se confabula para tomar la forma de una cabeza de dinosaurio. El juego está servido, como cuando los niños miran al cielo para sacar parecidos a las siluetas de las nubes.

Desde la distancia parece como si los paisajes estuvieran nevados, pero no, todo lo contrario. Lo que cubre estas vastas extensiones hasta donde se pierde la vista es sal, mezclada también con yeso, cal y sodio. Conteniendo la respiración para mantener el mayor silencio posible se puede apreciar el crujido de los minerales debidos a los contrastes de temperatura.

El momento mágico de la excursión es cuando los turistas se concentran para contemplar el atardecer en el mirador Kari, también conocido como la Piedra del Coyote, en honor a los dibujos animados en los que el Correcaminos siempre se las ingeniaba para hacer caer al vacío a su incansable perseguidor desde un vertiginoso precipicio. Selfies mediante, parece que hasta la fecha aún no se ha despeñado nadie, aunque la paleta de colores que se estampan sobre el cielo es como para perder la noción del tiempo y el espacio.

GÉISERES DEL TATIO

Una de las excursiones más espectaculares en Atacama es la de los géiseres del Tatio. También muy exigente y no solo por el frío, sino por el madrugón. La recogida en el hotel suele ser en torno a las 4,30 h de la mañana, dado que el trayecto es bastante más largo y la idea es llegar cuando despuntan los primeros rayos del sol. A esas horas, la temperatura puede llegar a los 5 o 10 grados bajo cero, un contraste brutal con las horas centrales del día. Conviene ir muy bien abrigado y en plan cebolla, con sucesivas capas de las que irse desprendiendo según las necesidades. La altitud del lugar, en torno a los 4.300 m, puede producir además dolor de cabeza o malestar general.

El Tatio es el tercer campo geotérmico más grande del mundo, después de Yellowstone (EE.UU.) y Kronotski (Rusia), así como el primero del hemisferio sur. Se calcula que alberga unos 40 géiseres y 70 fumarolas en medio de volcanes y montañas de color óxido. El fenómeno se debe al contacto entre corrientes subterráneas de agua fría y el magma caliente de las profundidades que sale al exterior a través de fisuras en la corteza terrestre. Es importante visitarlos temprano, ya que, además de disfrutar del amanecer andino, es cuando mayor actividad exhiben. Algunas llegan a los 10 metros de altura escupiendo vapor de agua en medio de un particular estruendo.

Los amantes de los mitos y leyendas deben saber que Tatio significa “el abuelo que llora” en lengua kunza, también llamada atacameño, hablada de forma ancestral por los indígenas del altiplano hasta el siglo XX, en particular por los sobrevivientes de la etnia Lican-Antay. El Gobierno chileno tiene cedido a algunas de las comunidades autóctonas la gestión de los espacios de cara al turismo. En los lugares donde es necesario pagar entrada se encargan de esta labor, además de velar por su preservación.

Esta medida era una de las reivindicaciones del Consejo de Pueblos Atacameños desde las exploraciones estatales para la obtención de energía geotérmica en los años 70, que acabaron en fracaso. En 2009, otro intento provocó una fuga de 60 metros en uno de los pozos que tardó casi un mes en ser controlada. Desde entonces, los experimentos los hacen con gaseosa. Al margen de las consideraciones medioambientales, no es cuestión de arriesgar una fuente de ingresos estable. No en vano, recibe unas 100.000 visitas al año.

De vuelta del Tatio, el panorama sigue siendo cautivador. De repente aparece un humedal lleno de vida, el Bofedal de Putana. Aquí se pueden avistar el ganso andino o la tagua gigante, además de garzas y flamencos. La estampa de sus figuras sobre el efecto espejo de las aguas es de auténtica postal. Con suerte aparece alguna vizcacha entre las piedras, una especie de liebre grande a la que le chifla tomar baños de sol para quitarse el frío de la noche y revolcarse en el polvo para limpiar su pelaje.

Otras que disfrutan tirándose al suelo con el mismo propósito son las llamas y las alpacas. Las que se ven por aquí tienen dueño, ya que se crían de forma doméstica. En cambio los guanacos y las vicuñas campan a sus anchas, libres de cualquier atadura. Estas últimas son conocidas también como el ‘oro de los Andes’, y no es para menos. La tersura y ligereza de su lana es la más apreciada para fabricar ponchos y otras prendas. En Perú, esta industria está más desarrollada que en Chile y resulta de lo más lucrativa, aunque con posterior liberación del animal después de la esquila.

De camino a San Pedro se pasa por Machuca, uno de los primeros pueblos construidos durante la colonización. Hoy en día apenas cuenta una decena de habitantes, pero su iglesia del s. XVII da testimonio de un pasado más esplendoroso, cuando sus habitantes se dedicaban a la minería o a la recolección de la yareta, un matorral de apariencia similar al musgo en estado de vulnerabilidad, entre otras cosas porque en sus tiempos fue esquilmado como combustible y por sus propiedades medicinales. Un poco más allá asoma el valle de los Cactus, en la quebrada del río Vilama. A partir de aquí hay un trekking que pasa por cascadas donde darse un buen baño.

EL REINO DE LA SAL

La región reserva muchas más sorpresas, entre ellas el Salar de Atacama, el mayor de Chile y el tercero del mundo, con una superficie de 3.000 km2, generado por evaporación de las extensiones de agua que había en la depresión entre las cordilleras de Domeyko y los Andes. Las que aún permanecen conservan unas concentraciones de sal en torno al 95%, mucho mayores que las del famoso mar Muerto y diez veces superiores a las del mar.

En la laguna Piedra está permitido el baño. Eso sí, es imposible hundirse en tamaña densidad de fluido. Otras, como Céjar o Tebenquiche, están preservadas por su altísimo valor biológico. No en vano, contienen estromatolitos, los seres vivos más antiguos de la Tierra. Hace 3.800 millones de años, estos minerales bioconstruidos por bacterias ya liberaban oxígeno para formar la atmósfera que hoy permite la vida sobre el planeta. Al atardecer, todo el entorno está precioso, con el fondo amarillento del salar y las aguas de un azul intenso y muy claro junto a rocas blanquecinas, como si estuvieran decoradas con azúcar en polvo.

Una excursión que se vende sola es la del Valle del Arco Iris, con una fisonomía que recuerda al cañón del Colorado. Aquí es posible descubrir todo tipo de rocas —ígneas, volcánicas, sedimentarias, metamórficas— lo que da lugar a un contraste de colores verdaderamente llamativo que, además, va cambiando a lo largo del día, según el reflejo de los rayos del sol. Desde los tonos rojizos de la oxidación del hierro, la sal y el azufre, hasta las diversas paletas de verde que genera el calcio y el magnesio mezclado con las infiltraciones de agua, el conjunto adquiere una plasticidad impresionante.

Las formaciones montañosas que se originan a veces parecen catedrales modernistas. Por aquí crece un arbusto al que llaman rica-rica, que muchos utilizan para dar sabor a los combinados con pisco, la bebida por excelencia del país, al igual que en Perú. Ambos países siguen disputándose la paternidad de este aguardiente de vino que se suele tomar en versión sour, es decir, combinado con jugo de limón, azúcar y clara de huevo.

PIEDRAS ROJAS

Otro clásico de Atacama es ‘Piedras Rojas’, un itinerario que lleva todo el día, desde bien temprano. A partir de la localidad de Toconao, con su peculiar campanario de madera de cactus, que data de 1744, se atraviesa una inmensa llanura hasta la laguna Chaxa, en un sensacional entorno volcánico donde destaca el Láscar, que ha presentado 30 erupciones desde el s. XIX, uno de los más activos de Latinoamérica. Es también zona de protección de humedales y hábitat de aves acuáticas y migratorias, en particular de tres especies de flamencos. Su color rosa característico procede un alga que se ingieren durante 12 horas al día.

No lejos de aquí se encuentra el Trópico de Capricornio y el camino del Inca, en una subida hacia la frontera argentina. La carretera avanza en línea recta hasta donde se pierde la vista. Todavía resuena la leyenda de los hermanos Valera, de origen argentino, legendarios asaltantes de caravanas de camélidos que transportaban productos de intercambio a uno y otro lado de la cordillera.

De cuando en cuando aparece algún suri, el avestruz andino, algo despistado. Una vez en el salar de Talar toca caminar unos 50 minutos por una senda hasta llegar a la laguna, de una belleza increíble. Aquí se encuentran las célebres piedras rojas, con sus formas redondeadas. El mirador de Aguascalientes también es una excelente atalaya para contemplarlas. Por mucho que uno se empeñe, es difícil que una foto salga mal.

PUCARÁ DE QUITOR

Entre tanta inmensidad, con la naturaleza reinando en estado puro, tan rotunda como implacable, también hay lugar para aprender algo de antropología, de la huella humana intentando adaptarse a estas tierras tan indómitas. El pucará de Quitor, a 3 km de San Pedro, ofrece una buena aproximación. Se trata de un poblado fortificado preincaico del siglo XII, construido  sobre una escarpada ladera, con ruinas de antiguas viviendas, almacenes y muros defensivos. Aunque la subida hasta la cima resulta fatigosa, las vistas del valle de la Muerte son extraordinarias. No lejos de aquí se encuentra la entrada a la Quebrada del Diablo, un cañón que merece la pena recorrer a caballo o en bici.

Para más detalles sobre los ancestros de este árido ecosistema, lo mejor es acercarse al Museo Gustavo Le Paige, ubicado de manera provisional en la Universidad Católica del Norte, en San Pedro. Su promotor, un jesuita de origen belga que fue párroco de la localidad y arqueólogo aficionado, ha aportado mucha información, aunque algunos criticaron sus métodos de excavación en los cementerios prehispánicos. Otros le consideran el gran impulsor de la identidad étnica atacameña.

Entre cerámicas, instrumentos musicales primitivos, gorros y cestería, destaca una joya única como la túnica de Tiawanaku, que representa un personaje antropomorfo con alas y pico de cóndor en lana de alpaca. Todo el material del museo es muy valioso, sobre todo para conocer el pasado de un pueblo como el Lican-Antay, cuyo rastro llega hasta el año 500 d.C. Después vendrían los incas para imponerles el culto al sol y más tarde los españoles. Pero eso es otra historia.

AGENCIA RECOMENDADA
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