DUBÁI. Lucha de gigantes

DUBÁI. Lucha de gigantes

Fernando Sagaseta

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La obsesión por batir récords ha llevado a Dubai a construir en muy poco tiempo una megalópolis que parece un espejismo en medio del polvo del desierto. Pero no lo es. Aquí todo es real, aunque no siempre original. Porque el emirato juega a erigirse en un gigantesco parque temático donde se replican, a veces contra natura, (casi) todos los placeres del planeta.

La gran paradoja de este pequeño emirato federado es haber logrado su espectacular desarrollo sin petróleo. Increíble, pero cierto. A diferencia de sus vecinos (Abu Dabi, Omán, Qatar o Arabia Saudí), la extracción de crudo sólo representa el 7% de su producto interior bruto. Precisamente, la escasez de este maná del siglo XX y del XXI (mientras no cambie el modelo energético) es la que ha propiciado una vertiginosa evolución del turismo, el comercio, las finanzas y los servicios.

Por eso, Dubai es un descomunal y sofisticado bazar donde se dan cita todos los artículos de lujo imaginables. Por eso ofrece más de 50.000 habitaciones en hoteles que rompen incluso la clasificación tradicional de las estrellas. Por eso desafía a la naturaleza rozando el cielo con la punta del edificio más alto del mundo o devorando los dominios del mar con islas artificiales que suplantan el trabajo del mismísimo Creador.

Ciudad del futuro

¿Un exceso? Puede. Para bien o para mal es posible que en el futuro todas las ciudades sean así y ahora la oportunidad de conocerla es más accesible que nunca. ¿Por qué desaprovecharla? La apertura de un vuelo directo diario desde Barajas que empezó a funcionar el pasado mes de agosto facilita mucho las cosas. La compañía Emirates es un prodigio de calidad, servicio y buen precio. Además, los horarios son muy cómodos. La salida de la T4 es a las 15:25h, lo que facilita rápidos enlaces desde más de 30 ciudades españolas. El avión regresa a las 13:45h para que los pasajeros de fuera de Madrid puedan llegar a su destino de origen el mismo día.

Muy recomendable la experiencia de volar en la clase Business, no sólo por el confort, los 40kg de equipaje sin recargo, el acceso por fast track, el excelente entretenimiento o los deliciosos menús del tristemente desaparecido Santi Santamaría (los responsables de la aerolínea lo tienen difícil para encontrar un sustituto de su altura). También por su servicio de limusina privada que recoge en un radio de 40km del aeropuerto. Para un grupo de incentivo, estos detalles son los que marcan la diferencia.

En menos de siete horas asoman ya por la ventanilla los cerca de 500 gigantes de hormigón, acero y cristal que escoltan a este enclave nada remoto, pese a lo que pueda parecer. Dubái se ha convertido en la puerta entre Oriente y Occidente, es decir, en un verdadero centro neurálgico mundial. No hay más que repasar los paneles de salidas de la moderna e imponente terminal de Emirates para darse cuenta de ello. Prácticamente no hay punto de Asia al que no se pueda acceder desde aquí, una ventaja más a la hora de programar un incentivo multidestino.

Jumeirah

Aunque las opciones son variadas, no es mala idea alojarse en la zona de Jumeirah para disfrutar del mar en un ambiente cosmopolita y muy relajado. Allí se encuentra, entre otras grandes cadenas internacionales, el hotel Hilton Dubai Jumeirah, con acceso directo a la playa privada y atractivas vistas de The Palm, ese conglomerado de islas que forman una palmera visible desde la Luna.

El establecimiento es idóneo tanto para los incentivos puros de ocio como los que incluyen sesiones de trabajo, con 7 salas para grupos de mediano tamaño. Juntando las dos mayores hay sitio hasta 270 personas en el mismo espacio con distintas combinaciones y formatos. Además, cuenta con dos excelentes restaurantes, entre ellos el BICE, todo un referente de la gastronomía italiana.

Frente a la entrada del Hilton discurre The Walk, un bulevar de agradable paseo con buena oferta de entretenimiento y shopping que atrae no sólo a los turistas, sino a numerosos residentes amantes de la buena vida, sobre todo los viernes y sábados por la noche, cuando desfilan con sus mejores e inmaculados kandoras, la túnica árabe tradicional que lucen los hombres, junto con el inseparable turbante que delata su procedencia. La presencia de mujeres es sensiblemente menor. No resulta fácil encontrar lugares donde consumir alcohol, salvo en los hoteles, pero el ambiente es animado, incluso bullicioso, cuando los más pudientes salen a pasear sus corvettes, bentleys o ferraris.

Aunque Dubai es una ciudad concebida para el vehículo privado, llegar al centro histórico no supone problema alguno con la moderna línea de metro elevado que corre veloz paralela a la línea de costa y a la avenida Sheik Zayed, médula espinal de la urbe, con siete carriles por cada sentido ante los que se suceden filas de rascacielos para todos los gustos, entre los genuinamente kitsch y los últimos gritos de la vanguardia arquitectónica.

El techo del mundo

La joya de la corona (en este caso del emirato) es Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo. Como los dubatíes son así, no se conformaron con añadir unos cuantos metros más al récord que hasta enero de 2010, fecha de su inauguración oficial, ostentaba el Taipei 101, de la capital taiwanesa, con sus 509m. No. La torre, verdadero prodigio de construcción e ingeniería, acredita unos imbatibles 828m.

Nadie se aclara muy bien del número exacto de plantas que tiene. Se supone que está en torno a las 160 (¿quién se pone a contarlas?), pero lo cierto es que en el piso 124, al que se accede en apenas un minuto gracias a dos ascensores que son como cohetes, hay un mirador que se ha convertido en una de las mayores atracciones del destino. ¡Ojo!, conviene reservar antes porque la empresa asigna horario de visita según demanda.

La altura es tal que desde arriba la ciudad parece una aldea beduina. Desde luego, esta atalaya es también el mejor sitio para contemplar otro de esos proyectos “mactunómicos” (la familia al-Maktoum es, desde mediados del s.XIX, dueña y señora del emirato): The World. Se trata de un conglomerado de 300 islas artificiales que forman las siluetas de los cinco continentes. La crisis de la construcción y el avance del mar mantienen las obras paradas. Aunque se ha vendido ya el 70% de los terrenos, la única isla que se encuentra habitada es la del emir.

Shopping victims

A los pies de la torre se encuentra el Dubai Mall, que se vende con la etiqueta de mayor centro comercial del mundo, con sus más de 1.200 tiendas. Sea como sea, merece una visita, porque es difícil ver tantas firmas de lujo juntas en el mismo espacio, con unos escaparates que son verdadero primor y atractivos añadidos, como el espectacular acuario.

En Mall of the Emirates, otro de los megacentros de la ciudad, se encuentra la estación de esquí cubierta Snow Park, por si no lo habían adivinado, la más grande que existe, donde pasar de los 40º del desierto a los -2ºC para deslizarse por alguno de sus cinco recorridos artificialmente nevados. El hotel Kempinski, un 5* de estilo alpino, ofrece algunas cabañas con panorámica sobre las pistas.

Parece mentira que en mitad de un erial se puedan hacer tantas cosas. De hecho, si uno repasa el catálogo de excursiones de agencias de receptivo locales, como Arabian Adventures, no deja de asombrarse. Además de practicar esquí, se puede dar paseos aéreos en hidroavión o en globo, echar carreras en coches de estilo Fórmula 1 en un circuito aprobado por la FIA o jugar al golf al lado del Creek, el corazón de la ciudad antigua.

El desierto

Pero estando en el desierto, una de las actividades que más recordará cualquier grupo de incentivos son los safaris por las dunas. La Dubai Dessert Conservation Reserve, a pocos kilómetros de la ciudad, es un lugar ideal para subir y bajar en 4×4 por esas moles de arena y experimentar el mismo vértigo que Marc Coma o Carlos Sáinz cuando corren en el París-Dakar. Al finalizar el recorrido, especialmente bello a la hora del ocaso, en el que no es difícil cruzarse con algún oryx, esos antílopes con aspecto de caballo, espera una suculenta cena con espectáculo entre jaimas y camellos. En la misma reserva hay cuatro campamentos y el mayor de ellos puede acoger hasta un millar de comensales.

Dubai Creek

Bajo la luna arábiga es más fácil imaginar el pasado del Dubái, que curiosamente está más ligado al mar que a las caravanas nómadas. Y eso es porque el desarrollo de la ciudad proviene de su actividad portuaria, cuando en 1894 el jeque Maktoum bin Hasehr al-Maktoum decidió eximir de impuestos a los extranjeros. Enseguida, 10.000 inmigrantes poblaron la zona franca. Hoy en día el emirato alcanza ya el millón setecientos mil habitantes, el 80% foráneos, gracias en parte al dragado del Dubai Creek en los años 50, que permitió a los grandes buques adentrarse hasta las mismas entrañas del downtown.

Esta ría, surcada por vetustos barcos mercantes que diariamente cruzan el golfo hacia Irán y por los tradicionales dhows, que ofrecen un original transporte público para los locales, riega la parte antigua, donde abundan los bazares tradicionales, entre ellos el famoso Zoco del Oro; los barrios de los trabajadores procedentes de más de un centenar de países; algunas construcciones autóctonas de coral, arena y agua del mar recuperadas con sus llamativas torres de viento; y una infinidad de restaurantes de bajo precio donde se pueden degustar casi todas las cocinas de Asia y Oriente Medio.

En poco espacio, Dubái ha conseguido reunir un catálogo de sorpresas con las que atraer la atención del mundo, que no suele andar muy pendiente de esta zona del planeta, salvo cuando acude a llenar el depósito del coche. Y aún reserva su capacidad de asombro. Sólo hay que darse una vuelta por la gigantesca maqueta de DubaiLand, el proyecto para construir el mayor parque de atracciones del universo conocido, para pensar que estos árabes están locos. O no tanto.