MALDIVAS. Sin noticias, sin zapatos

MALDIVAS. Sin noticias, sin zapatos

TEXTO Y FOTOS FERNANDO SAGASETA

Compartir
ldives at Falhumaafushi & Dhigurah

Todos los matices posibles del color azul son posibles en un destino turístico tan singular y exclusivo como Maldivas, formado por agua en más de un 80%. En medio del océano Índico, justo debajo de la India y de Sri Lanka, el visitante puede jugar a ser un verdadero Robinson Crusoe entre paisajes idílicos a donde no llegan las noticias y lo suyo es andar descalzo todo el día. Qué mejor desconexión.

 

Maldivas es uno de los destinos que mejor ha resistido la crisis turística derivada de la pandemia, debido a su fuerte dispersión geográfica —que evita las aglomeraciones—, a las medidas de seguridad adoptadas, con restricciones razonables, un ambicioso programa de vacunación, centrado sobre todo en los empleados del sector turístico, y la política de puertas abiertas. Su plan de reactivación está basado también en el programa «Visit, Vaccinate and Vacation».

A eso hay que añadir la conectividad aérea. Quizá la principal novedad de cara al mercado español  son los vuelos directos anunciados por Iberia a Malé, la capital del país. La compañía  ha solicitado permisos para operar dos frecuencias semanales. También existen buenas opciones con Qatar Airways, Emirates, Etihad, Lufthansa o Turkish Airways,  entre otras.

Prueba del potencial del destino son también los proyectos de inversión de cadenas hoteleras españolas, que por primera vez han puesto sus ojos en el destino. Riu fue la pionera, con el Riu Atoll, sobre la isla de Maafushi, y el Riu Palace Maldivas, un complejo de 5 estrellas en Kedhigandu. Su modelo de todo incluido 24h sin suplementos, marca de la casa, es una buena opción para evitar sustos con la factura final. Por su parte, Barceló Hotel Group tiene previsto gestionar dos resorts a finales de 2021 a través de una joint venture con Browns Investments,  así como una nueva construcción en el atolón de Malé Norte para más adelante.

El país de los atolones

Desde luego, resulta complicado representar la fisonomía de Maldivas en el limitado espacio de un mapa al uso. Su doble línea de 26 atolones naturales repartidos en 820 kilómetros de norte a sur y 120 de este a oeste forma un conjunto de islas cuyo número sigue siendo un misterio. Las cifras oficiales hablan de 1.190, de las cuales 202 están habitadas, entre ellas el centenar dedicadas exclusivamente al turismo, lo que se conoce como islas-hotel.

El caso es que tan pronto aparecen como desaparecen nuevos terrenos y hay quien asegura que el país quedará anegado en 2100. Otros expertos recuerdan, sin embargo, que el coral que forma los atolones crece un par de centímetros por año, mientras que el nivel del mar varía un centímetro. El pico —por llamarlo de alguna manera— más alto de todo el país apenas alcanza los 2,4 m de altitud. Buen marketing, en cualquier caso, para animar a visitarlo antes de que sea demasiado tarde.

Lo bueno es que esta amenaza ha desarrollado una cultura ecológica muy arraigada, hasta el punto de que Maldivas fue el primer país en firmar el protocolo de Kyoto. En el anecdotario llama la atención la reunión del Consejo de Ministros celebrada hace unos años bajo el agua, a 6 metros de profundidad, para alertar a la comunidad internacional. Desde luego, es uno de los puntos del planeta más vulnerables al calentamiento global. Sobre una superficie total de 90.000 km2, solo dispone de 300 km2 de tierra, y no muy productiva en términos agrícolas.

Inmersión local

Cuando el país —de una cultura musulmana rígida para los locales y condescendiente con los de fuera— se abrió a las visitas, allá por los años 70, la única manera de disfrutarlo era reservar la estancia en uno de estos resorts aislados y al alcance de pocos bolsillos. A partir de 2011 se produjo una verdadera revolución turística con la liberalización de la oferta y la proliferación de pequeños hoteles, hostales y casas de huéspedes en islas habitadas por los locales. Esta medida ha abierto el destino a todo tipo de públicos y permitido a los visitantes conocer mejor las tradiciones y forma de vida de sus habitantes.

Una buena muestra es la isla de Guraidhoo, a unos 45 minutos en speed boat —el autobús de los maldivos—, de la capital. Hay pocas cosas tan bucólicas como abandonarse entre sus cuatro calles de aterciopelada arena, observando a los niños jugar sin la vigilancia de sus padres, despreocupados de cualquier peligro, a las vecinas reunidas en pequeños grupos frente a las casas y, en general, a la gente dedicada al sano deporte de la contemplación. Un detalle: aquí, los bancos públicos para sentarse son filas de hamacas. Toda una invitación al dolce farniente, el dulce placer de no hacer nada.

La gracia de visitar un lugar así es descubrir la vida local, frecuentemente en los tea-shops, o restaurantes típicos. Algunas agencias también tienen acuerdos con residentes para acoger a turistas en sus casas y agasajarles con una comida tradicional, tan sencilla como sabrosa y auténtica. Por supuesto, el arroz y el pescado —seco o fresco, con curry y picante, al estilo indio— son los grandes protagonistas de un menú que no es habitual encontrar en las islas-hotel, mucho más orientadas hacia el gusto occidental y a las especialidades chinas, cuyos ciudadanos forman el primer mercado emisor del destino. El coco también está presente en muchos platos. No en vano, el cocotero es el gran emblema nacional.

Para facilitar una buena digestión, lo habitual es tomar una infusión de hierbas mezclada con miel de este fruto. Tampoco se verá en los grandes hoteles de lujo a gente masticando dhufun, el popular compuesto de nueces de areca, cardamomo, clavo de olor, canela en rama y lima que a los extranjeros les sabe a madera, pero que ofrece una buena ocasión para compartir y socializar un rato, además de mantener el aliento fresco todo el día. El nivel de inglés de los nativos es alto, por lo que la comunicación no resulta difícil.

Otra experiencia que no hay que perderse es salir a pescar en un dhoni, el barco maldivo por excelencia —construido, cómo no, con madera de cocotero— cuya forma recuerda a las naves fenicias. Además de transportar a turistas, se ofrecen  para salir a media tarde provistos de rudimentarios sedales con los que organizar divertidas competiciones. Con un poco de suerte, siempre pica alguno que acaba cocinado y servido en una mesa sobre la playa, bajo un farolillo de tenue luz para una inolvidable cena ambientada por el susurro de las olas.

Es verdad que en estas islas puede ser engorroso encontrar alcohol y que el baño en las playas debe ser mucho más recatado, siempre que no haya manera de encontrar una “bikini beach”, como la denominan allí, dado que las mujeres maldivas se bañan vestidas. En cuanto a la bebida, hecha la ley, hecha la trampa… Cada vez más islas tienen sus propios bares flotantes.  Eso sí, ojito con la marihuana. Esto no deja de ser una república islámica. Pocas bromas.

Islas-hotel

Donde el término paradisiaco no es una metáfora es en los innumerables resorts que ocupan toda la extensión de una isla determinada. Podría parecer un decorado en el que no falta ningún detalle: la vegetación rodeando villas y palafitos, las lagunas de aguas transparentes, la playas de arena blanquísima, el sol bañando todo el escenario durante ocho horas al día, las bicis y los buggis para desplazarse al restaurante o al centro de wellness, la indescriptible sensación de paz, de seguridad… Pero resulta que no, que uno toca, huele, siente y todo es real.

Uno de esos complejos increíbles es The Residence Maldives by Cenizaro, que se extiende a lo largo de dos islas unidas por un puente. Volando en un pequeño avión de hélice de Marita Air desde Malé hacia el sur, hasta el aeropuerto de Koodoo, en el atolón de Gaafu Allifu, y tomando desde allí una lancha, se llega hasta Dhigurah, fácilmente reconocible desde el aire por su curiosa forma, que recuerda a un pez estilizado, y a su hermana Falhumaafushi. Tras siete meses cerrada, esta última reanudó su actividad el pasado mes de febrero, por lo que el grupo mantiene su dos resorts operativos. Ambas juntas dan cabida a uno de los resorts más grandes de Maldivas.

Resulta difícil imaginar algo más placentero y acogedor que sus maravillosas villas, tanto las que están en tierra, rodeadas de una vegetación para asegurar una cómoda privacidad, a pocos pasos de la playa, como las construidas sobre el agua, con acceso directo al mar por una escalera. Según la categoría, parte de ellas cuentan con su propia piscina. Y por espacio, que no quede. ¡La más pequeña tiene 138 m2!

Los que buscan cuidar el cuerpo, además del espíritu, tienen en The Residence una oportunidad de oro con The Spa by Clarins, que es todo un referente de calidad y distinción con sus tratamientos holísticos. Tampoco hay que perderse la excelente cocina cantonesa que sirven en el restaurante Li Bai, en medio de un exuberante jardín, entre otras opciones gastronómicas. A principios de 2020, lanzó el programa ‘Earth Basket’, una iniciativa sostenible basada en la creación de huertos orgánicos de frutas y verduras para dar visibilidad a la biodiversidad local y proporcionar productos de proximidad frescos para el consumo.

En el complejo hay también dos centros de buceo, uno de los grandes reclamos de Maldivas. Para entender la importancia esta actividad hay que apelar a la excepcionalidad  de sus fondos marinos. Como recuerdan algunos, la belleza del país está por encima y por debajo del nivel del mar. Con razón, el término atolón procede del divehi, el idioma local. Estas formaciones tan características de Maldivas se generan en aguas cálidas sobre un volcán extinto por la acumulación de corales que forman islas anulares y que encierran una laguna poco profunda.

Al colorido de este ecosistema hay que añadir el de una fauna marina verdaderamente asombrosa. Con solo hacer snórquel —siempre con camiseta y buena dosis de protector solar en cara, cuello y brazos— ya se alucina bastante. El buceo con oxígeno abre otro mundo de posibilidades, entre ellas la de contemplar al tiburón ballena, considerado el pez más grande del mundo, endémico de estas aguas. No hay peligro: solo se alimenta de plancton. A veces se acercan también a los dhonis. Junto a ellos es fácil ver rayas a manta, delfines y peces de todos los colores y tamaños que se puedan imaginar.  Y, cómo no, más de 200 especies de coral, cuya calidad está a la altura de la gran barrera australiana, con la peculiaridad de un relieve de enorme encanto para explorar entre cuevas, gargantas y chimeneas.

Amerizando

Otro de los grandes encantos es la red de rutas operadas por hidroaviones, sobre todo los de la compañía Trans Maldivian Airways, la más antigua del país, que cuenta con medio centenar de aparatos, normalmente al servicio de los hoteles. Los que vienen de fuera disfrutan como niños de la experiencia, con los bruscos movimientos, especialmente en el amerizaje, y el infernal ruido de los motores. ¡Guau, esto sí que es volar y no lo que hacen los reactores! Desde la poca altura que alcanzan, las islas se muestran en todo su esplendor, con sus caprichosas formas plasmadas en un lienzo infinito y azul.

Una buena oportunidad para un trayecto tan excitante es acercarse al Seaside Finolhu, en el atolón Baa, reserva de la Biosfera de la Unesco, hacia el oeste de Malé. El resort, inaugurado en 2016, está de actualidad por su reciente reforma, previa a la reapertura del pasado mes de noviembre. Actualmente, es el único hotel de Maldivas incluido en la cartera de Design Hotels, gracias al trabajo del estudio londinense Muza Lab. Artesanos de todo el mundo han creado obras especiales para el hotel: azulejos artísticos de Turquía, candelabros y cestería de Sudáfrica, artesanía de madera de Java…

Además de sus 125 impresionantes villas y palafitos, la mayoría con piscina, una de las grandes atracciones es The Bubble, una habitación completa acondicionada en la playa con una cúpula de cristal para dormir literalmente bajo las estrellas. O no dormir. Se encuentra en una zona privada, alejada del resto y es demanda sobre todo por parejas de recién casados. Otra propuesta diferente es la emblemática Villa Rockstar, de 460 m2, con extraordinarias vistas al océano, discos auténticos de vinilo y un plato para hacerlos sonar entre lujos y comodidades.

Pocos pueden sustraerse en el Seaside Finolhu al privilegio de dar largos paseos por las playas de las cuatro islas que se unen en algunos puntos en función de las mareas o por los senderos flanqueados por la exuberante vegetación. Descansar, divertirse, pasar una jornada aislado en plan Robinson o ponerse en forma en la propia naturaleza, con sus múltiples posibilidades para practicar actividades náuticas, son solo una muestra más de la extraordinaria simbiosis que la mente y el cuerpo pueden alcanzar en un destino como Maldivas.