MAURICIO. El placer de vivir

MAURICIO. El placer de vivir

Fernando Sagaseta

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Isla Mauricio_Cap Malheureux

A pesar de contar con todos los ingredientes de un destino de ensueño, la más multicultural de las islas del océano Índico ha sabido mantener a raya al turismo de masas, y ese es uno de los atractivos añadidos que permiten disfrutar sin agobios de playas de ensueño, una magnífica barrera coralina que es un caramelo para los buceadores, parajes naturales irresistibles y una enorme riqueza de razas y religiones conviviendo en armonía bajo el sol de la mejor tradición criolla.

 

 

Organizar un incentivo en la isla Mauricio es un plan redondo, y no solo por la forma de esta isla volcánica situada a un millar de kilómetros al este de las costas de Madagascar y a unos 200 de Reunión, sino por todos los encantos que han inspirado a Gerald Durrell y a Mark Twain, pasando por Josep Conrad, Alejandro Dumas o Charles Baudelaire.

Algo profundamente literario mantiene este pedazo de tierra conquistado sucesivamente por árabes, holandeses, franceses y británicos, y poblado por descendientes de todas la migraciones imaginables —forzosas o no—, desde los esclavos africanos hasta los chinos o los indios, el grupo étnico mayoritario actualmente.

Con una integración modélica en medio de una de las densidades de población más altas del mundo —aunque, a decir verdad, apenas da esa impresión cuando se recorren sus carreteras—, esta mezcla cultural aporta un interés más allá de los indudables y abundantes reclamos naturales y paisajísticos, y que se expresa en la arquitectura, en la gastronomía, en las costumbres y en las festividades, entre otras manifestaciones. Las mismas cuatro franjas de la bandera tejen los lazos entre musulmanes (verde), hindúes (roja), chinos (amarilla) y católicos (azul).

Porque, además de dorarse frente a mansas y cristalinas aguas, nadar con delfines o descubrir senderos y cascadas, también toca disfrutar de las delicias de la comida criolla y las especialidades asiáticas, apreciar la sencilla belleza de las casas coloniales frente a la apabullante ornamentación de los templos tamiles o asistir a alguna de las múltiples celebraciones de las distintas religiones que se suceden durante el año. Como siempre, la lástima es que el tiempo imponga sus limitaciones, porque la isla da para mucho.

Como destino turístico, este país independiente que se completa con la isla Rodrigues, a unos 500 km al este, además de varios islotes, mantiene su apuesta por el visitante de «calidad», aunque opciones las hay para todos gustos y bolsillos. Esa estrategia es la que, por ejemplo, ha convertido a Beachcomber Resorts & Hotels, la principal cadena de capital mauriciano, en un referente que trasciende las fronteras locales.

Aunque la competencia es dura, el nivel de sus ocho establecimientos marca la diferencia, desde el Royal Palm Beachcomber Luxury, perteneciente al selecto club «The Leading Hotels of the World», hasta el Mauricia Beachcomber Resort & Spa, el más básico de la familia, si es que se puede calificar así.

Por la parte aérea, la isla recibe a sus visitantes con una buena red de conexiones regulares. De cara al mercado español, la oferta más reciente —y de las más interesantes por precio y horarios—, es la de Alitalia. En un vuelo de temporada que funcionará hasta finales de marzo, aunque con visos de continuidad, la aerolínea italiana ofrece tres frecuencias semanales con escala en Roma en un moderno Airbus 330 donde destaca la clase Magnifica, que rinde un buen homenaje a su nombre, sin desmerecer de la Premium Economy o incluso la misma Economy.

Descubrir la isla

Mauricio engancha en cada parada, desde la costa oriental, a tiro de piedra de la popular isla de los Ciervos, hasta la occidental, marcada por las montañas del distrito de Black River, que se extiende entre Baie du Cap y Port Louis, la capital ; y desde Grand Baie, al norte, con su importante concentración de alojamientos y servicios turísticos, hasta la península de Le Morne Brabant, en el sudoeste. Esta última es la que da nombre al monte que con el tiempo se ha convertido en el mayor icono del país, un impresionante peñón de más de 500 metros de altura declarado Patrimonio de la Humanidad en 2008.

Los amantes de la historia y del senderismo tienen aquí la oportunidad de ascender hasta la cima que a principios del siglo XIX coronaron los esclavos huidos de las plantaciones de caña, muchos de los cuales no dudaron en arrojarse al vacío por miedo a ser capturados. Según la leyenda, los soldados que fueron a su encuentro lo que pretendían realmente era anunciarles su recién adquirida libertad. Algunos hitos recuerdan estos trágicos episodios, así como el hecho de ser un lugar venerado por los rastafaris. Y tampoco es necesario subir hasta arriba para gozar de unas imponentes vistas de las playas bajo un horizonte salpicado velas de kite-surf.

A los mismos pies de Le Morne, un enclave privilegiado donde los haya, se ubican las instalaciones del Dinarobin Beachcomber Golf Resort & Spa (5*GL) y de su hermano, el Paradis Beachcomber Golf Resort & Spa (5*L), uno a continuación del otro, algo que permite a los huéspedes del primero disfrutar, por ejemplo, del magnífico campo de 18 hoyos del segundo, quizá el más llamativo de la isla.

Entre exuberantes jardines tropicales abrazando sus lujosas suites y villas, las piscinas en cascada y los casi 6 kilómetros de playa que suman entre los dos establecimientos, es imposible no caer rendido a sus encantos. Por si fuera poco, sus respectivos spas garantizan el relax en un entorno envidiable. Además, los estándares de calidad de la cadena van en aumento : el Paradis ha sido renovado en los dos últimos años y el Dinarobin lo hará en 2020.

A partir de aquí, la costa oeste es un escenario ideal para las actividades náuticas gracias a la protección que ofrece el arrecife de coral. Una de las más apreciadas por los grupos de incentivos es la natación entre delfines. Nada que ver con la experiencia que se puede encontrar en un zoológico. Aquí los simpáticos mamíferos se mueven en absoluta libertad. Solo hay que confiar en los patrones de las embarcaciones que salen temprano por la mañana para divisar los grupos de aletas ante los que hay que estar muy atentos para zambullirse con rapidez. Con un poco de suerte es posible interactuar con ellos sin demasiada dificultad.

En la misma zona de la Rivière Noire y muy próxima a la costa está la isla de Benitiers, donde completar la jornada con playa a discreción, snorkel y un buen restaurante para celebrar almuerzos o cenas al aire libre en plena naturaleza, no sin antes acercarse a Crystal Rock, el archifotografiado peñasco que aflora como un pequeño buque con apariencia de estar navegando sobre las apacibles y rutilantes aguas turquesas.

Más naturaleza

La región sur de Mauricio está marcada también por la belleza del Parque Nacional de las Gargantas de Río Negro (Black River Gorges) y sus alrededores. A pesar de los estragos causados por los holandeses, que no gozan de muy buena prensa por estas tierras, conserva algunos parajes realmente conmovedores. Los colonos acabaron —prácticamente— con los árboles de ébano que plagaban la isla y —enteramente— con las tortugas gigantes y con el singularísimo dodo, un ave no volador endémico que podía superar los 10 kg y que se ha convertido en todo un emblema del país, sobre todo ahora que acaba de cumplir el 50 aniversario de su independencia.

Como quiera que apenas queda un mínimo porcentaje de la superficie boscosa que podía haber a finales del siglo XVIII, sustituida en buena parte por las infinitas plantaciones de caña de azúcar (¡ojo al buen ron que se elabora por aquí!), son de agradecer iniciativas como la de Ebony Forest Reserve, que hace todo lo posible por preservar los pocos ejemplares de negro tronco que quedan, además de otras especies, tanto vegetales como animales. Es recomendable y muy didáctico seguir el itinerario por las plataformas metálicas elevadas con un buen guía.

También se puede contratar una excursión en jeep hasta Sublime Point. El nombre lo dice todo. Dentro de los límites del parque nacional se alza la cima de la isla, el Pitón de la Rivière Noire, con sus 828 metros de altura, a la que se puede acceder a pie. Si es cuestión de andar, hay más de 60 kilómetros de senderos con rutas bien señalizadas. Tampoco hay que perderse el mirador de Alexandra Falls, otro de los puntos panorámicos que quitan el hipo. La reserva sirve de hogar para macacos, jabalíes, ciervos, murciélagos y zorros voladores. Además, en sus inmediaciones aparecen dos de las grandes atracciones turísticas mauricianas, la cascada de Chamarel, con su salto de más de 100 metros, y la Tierra de los 7 Colores, una formación de dunas con sorprendentes tonalidades bien delimitadas en función de los minerales del terreno y la incidencia de la luz solar.

Al otro lado del parque late el gran corazón espiritual de Mauricio, en concreto para los hindúes, cuyo credo es mayoritario. Se trata del Grand Bassin o Ganga Talao, el hermoso lago sagrado que cubre uno de los tres cráteres volcánicos de la isla y que comunica por tierra con el mismísimo río Ganges, según la convicción de los devotos. El lugar, que cuenta con un templo escoltado por dos imponentes esculturas de 33 metros dedicadas a Shiva y a Durga Maa Bhavani, se convierte en una increíble explosión colorista a principios de marzo, cuando alrededor de 300.000 peregrinos se acercan descalzos hasta allí arrastrando vistosas carrozas. Sin llegar a tanto, cualquier día es bueno para contemplar el fervor popular que despierta.

Port Louis

La capital mauriciana aparece al noroeste, justo en el extremo opuesto al del aeropuerto internacional Sir Seewoosagur Ramgoolam, nombrado así en honor del político que dirigió el país desde la independencia y durante casi dos décadas. La distancia se cubre en menos de una hora, en un trayecto que pasa por Curepipe, la segunda ciudad del país y la más elevada de todas, con una importante actividad comercial y numerosas oficinas.

La bulliciosa Port Louis es un lugar de contrastes, como no podía ser menos. A las viejas casas coloniales se unen modernos rascacielos y complejos comerciales ordenados en manzanas rectangulares y arropados por las montañas circundantes. Aquí como en ningún sitio se escucha el inglés (oficial), el francés (de uso más común) y el criollo que desde los tiempos de la esclavitud facilita la comunicación de todos en general.

El Caudan Waterfront, junto al puerto, se ha convertido en poco tiempo en el centro neurálgico de la capital. A partir de ahí, el recorrido turístico pasa necesariamente por la Place d’Armes, inicio de lo que algunos mauricianos llaman, algo pomposamente, «la City»; la sede del Gobierno, con su estatua de la Reina Victoria; el Teatro Municipal, dicen que el más antiguo del hemisferio sur, con su estupenda fachada colonial; o el hipódromo de Champs de Mars, construido por los franceses en 1740 y testigo deimportantes acontecimientos políticos; además de algunos templos interesantes, como el budista Lam Soon, el hindú Shree Vishnu Kchetra o la catedral anglicana de St. James. Una vez más, las religiones conviviendo cordialmente.

Más allá del centro merece la pena el pintoresco barrio chino, verdadero hormiguero humano. Para contemplar el conjunto desde las alturas lo suyo es visitar Citadel, uno de los cuatro fuertes construidos por los colonos ingleses y recuperado en 1980. Es obligado también rematar el periplo dando una vuelta o dos por el Mercado Central, construido sobre un suelo pantanoso a principios del siglo XIX y con un largo historial de incendios. Puede resultar caro si no se regatea, pero incluso sin comprar es como un museo viviente de productos locales.

Ya en las afueras, el castillo de Labourdonnais es un viaje en la máquina del tiempo a la época colonial. La mansión de dos pisos, magníficamente restaurados, está rodeada por unos jardines fantásticos para organizar eventos y un restaurante con comida de calidad. Otra de las grandes atracciones de la isla, al norte de Port Louis, es el Jardín Botánico de Pamplemousses, creado hace tres siglos por el botánico francés Pierre Poivre, donde crecen espectaculares nenúfares ante la lenta mirada de tortugas gigantes y junto a los ciervos de Java.

Encantos del norte

Grand Baie es el principal centro turístico de Mauricio, con su clima un pelín más benigno si cabe que en el sur. La zona se desarrolla en torno a una plácida bahía repleta de veleros, así como alojamientos de muy diversos pelajes, tiendas de moda, restaurantes para todos los gustos y garitos nocturnos donde de vez en cuando suena algún seggae, la fusión del reggae jamaicano con el autóctono séga, una música y danza tradicional que se mantiene más bien como espectáculo para turistas en las playas de algunos hoteles.

Cinco de los establecimientos de Beachcomber se encuentran en el radio de influencia de Grand Baie, desde el Victoria Beachcomber Resort & Spa, con su sinuosa y larguísima piscina, que no hace mucho tiempo lanzó una nueva fase con un total de 40 habitaciones solo para adultos conocida como «Victoria for Two»; hasta el Mauricia Beachcomber Resort & Spa o el Canonnier Beachcomber Golf Resort & Spa, ambos de cuatro estrellas. Existe un intercambio entre los tres para comer o cenar en cualquiera de ellos a elección del cliente.

Mención aparte merecen el extraordinario Trou aux Biches Beachcomber Golf Resort & Spa, el que fuera primer resort ecológico del destino, con sus lujosas suites estilo chalé y sus villas ocultas entre la vegetación, algunas con piscina privada, y el imbatible Royal Palm Beachcomber Luxury, la joya de la corona, el lugar elegido por estrellas de cine y deportistas de élite, posiblemente el mejor hotel de la isla.

El destino ofrece mucho más. Las actividades son innumerables. La agencia de receptivo Mautourco, del mismo grupo que Beachcomber, ofrece un completo catálogo de experiencias, como visitas a fábricas de ron y de té para conocer su elaboración y realizar catas; tours gastronómicos en los que saborear la cocina criolla; rutas en quad, especialmente en la reserva natural de Casela World of Aventures, donde se circula entre cebras, avestruces y antílopes en semilibertad; y para los más atrevidos, descenso de barrancos, piragüismo, buceo, pesca en alta mar, vuelos en helicóptero o carreras en lanchas rápidas (seakarts), un auténtico subidón de adrenalina que se disfruta especialmente en grupos de pequeño tamaño. También organiza salidas en catamarán para conocer las pequeñas islas del norte, como Serpant, Flat o Gabriel. De placer en placer.