PANAMÁ. La forma del agua

PANAMÁ. La forma del agua

FERNANDO SAGASETA

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Comunidad Emberá Querá Panamá

Panamá es el país campeón del agua. Flanqueado por dos grandes océanos apenas separados por 80 km, regado por caudalosos ríos y atravesado por uno de los mayores desafíos de la ingeniería hídrica mundial, añade a su exuberancia natural una asombrosa riqueza cultural indígena que contrasta con auténticas joyas de la época colonial. Su magnífica accesibilidad aérea como hub de las Américas refuerza además su posición en el mapa americano de los viajes de incentivo.

Pequeño en tamaño, pero grande en recursos y atractivos turísticos, Panamá da mucho juego para los grupos de incentivo y más desde la reciente apertura —el pasado mes de junio—, del vuelo directo de Air Europa, cuyas cuatro frecuencias semanales son operadas por el moderno y comodísimo Boeing 787 Dreamliner, un modelo que marca la diferencia en cuanto a experiencia de vuelo. Además, el Aeropuerto Internacional de Tocumen, con la nueva terminal que empezó a funcionar en octubre de 2018, se ha convertido en una de las principales puertas de entrada al continente americano. Las posibilidades de conexión se multiplican con Copa Airlines, la aerolínea nacional, con más de 40 destinos en su red.

Llegar hasta la Ciudad de Panamá no lleva más de 20 o 30 minutos. Los apretados rascacielos de esta especie de Mahattan centroamericana son la primera estampa que se obtiene de una ciudad muy dinámica, uno de los mayores bastiones financieros del mundo, refugio de capitales y vivero de sedes empresariales, un sitio estupendo para retirarse aprovechando los generosos y no siempre transparentes beneficios fiscales. Su vocación urbana se manifiesta en detalles tan reveladores como el Metro, que se extiende incluso fuera del área metropolitana.

Ante este telón de fondo compuesto de acero, hormigón y cristal, comunicado por largas avenidas y vías rápidas, algo ruidosas y con frecuentes saturaciones de tráfico, emerge como una flor anacrónica el Panamá Viejo, la primera ciudad fundada por los españoles en el Pacífico, declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad en 2003, que este año cumple nada menos que su 500º aniversario.

Además de su indudable interés histórico, las ruinas del conjunto arqueológico se ofrecen para todo tipo de eventos, especialmente cócteles y cenas de gala, tanto en el antiguo Convento de la Merced, como frente a la restaurada Torre de la Catedral, en lo que fue la Plaza Mayor. Aquí parecen resonar aún el movimiento de los tesoros y riquezas expoliadas al imperio inca, el bullicio de las expediciones comandadas por Pizarro y Almagro, los terremotos e incendios que marcaron su leyenda o la estruendosa irrupción del pirata Henry Morgan, que acabaría arrasándola en 1671.

El Casco Viejo

Fue precisamente este hecho el responsable del surgimiento del mayor reclamo turístico de la capital, la península conocida como San Felipe o Casco Viejo, a unos 10 km al oeste, el lugar al que fueron trasladados iglesias, conventos y palacios tras ser desmontados piedra a piedra. La zona también integra la lista de la Unesco, aunque en algún momento ha llegado a estar cuestionada por la construcción de la llamada Cinta Costera de circunvalación. En cualquier caso, es una delicia pasear por sus calles donde, además de la evidente influencia española, se aprecian reminiscencias galas e italianas.

Uno de los epicentros es la Plaza Mayor o de la Independencia, donde se alza la Catedral Basílica Santa María de la Antigua, reabierta en enero de este año, coincidiendo con la visita del Papa Francisco, tras un largo periodo de restauración y con el añadido del aire acondicionado, muy de agradecer cuando aprieta el pegajoso calor tropical. Un inciso: para combatir el sol, las tiendas de recuerdos de los alrededores ofrecen con profusión el sombrero Panamá, que realmente no es originario del país, sino de Ecuador. En realidad debe su nombre a una confusión del presidente Roosevelt cuando vino a inaugurar el Canal a principios del siglo pasado. El autóctono es el pintao, algo más rústico, que es el que se utiliza en las zonas rurales tradicionales.

Frente a los llamativos campanarios recubiertos de conchas de nácar que caracterizan al principal templo de la ciudad, en la misma plaza aparece un establecimiento legendario, el afrancesado Central Hotel Panamá, exquisitamente remodelado hace un par de años. Este fue el lugar en el que se selló la separación de Colombia en 1903 y donde ondeó por primera vez la bandera de las estrellas roja y azul. Junto a él, el Museo del Canal, que está abierto a la celebración de eventos para 150 personas, y el rosado edificio del Ayuntamiento.

El Casco Viejo da para mucho, a pesar de su reducido tamaño. No hay más que tomarse una refrescante raspadura en la calle y emprender una vuelta por la Avenida Central, el concurrido parque de Santa Ana, el mercado de Mariscos, el popular Barrio Chino, la iglesia de la Merced, el Palacio Presidencial, el Teatro Nacional, el parque Herrera —donde se celebraron corridas de toros hasta bien entrado el siglo XX— o la Casa Góngora, la más antigua de San Felipe. Y una curiosidad, el llamado ‘Arco Chato’, en las ruinas del convento de Santo Domingo, en pie durante siglos, algo que demuestra la estabilidad sísmica de la zona.

La zona también es muy atractiva de noche. Desde hace unos años se ha puesto de moda salir a cenar y/o tomar una copa en algunos de los numerosos establecimientos que han florecido en paralelo a la rehabilitación del barrio y a la mejora de la seguridad. Algunos de ellos organizan exposiciones, conciertos y actividades culturales. Recomendable, entre otros muchos, el Restaurante 9, en la calle del mismo nombre, donde degustar gastronomía local muy bien cocinada. Para terminar la noche está la maravillosa azotea de Casa Casco, por ejemplo, aunque también son muy trendy sitios como Gatto Blanco, Tántalo o Relic.

El reposo de guerreros y guerreras requiere de un buen hotel. Panamá alberga una planta alojativa envidiable, con generosa presencia de grandes cadenas internacionales. Algunos destacan por sus magníficas vistas, como es el caso del Megapolis Hard Rock, todo un cañonazo para el segmento MICE, gracias a sus 1.500 habitaciones —¡con 19 tipos de suite!—, sus 12 salones con luz natural, los cuatro restaurantes, el completo spa, la discoteca vip y, cómo no, el rooftop 360º, en el piso 62, que todo el que llega a la capital no se resiste a visitar. Por supuesto, con toda la iconografía rockera en su decoración, marca de la casa, y piezas originales para fans por doquier.

Dos océanos

Panamá no se entendería, ni como entidad política, ni casi como destino turístico, sin el Canal. La grandiosa obra de ingeniería proyectada de forma fallida por los franceses, completada por los norteamericanos —derechos de explotación incluidos—, recuperada por los panameños con el cambio de siglo y ampliada en parte por empresas españolas en 2016, merece su tiempo, sí o sí. La contemplación de esos colosos flotantes atravesando con parsimonia y asombrosa precisión las angostas esclusas constituye todo un espectáculo que atrae a mucha gente, sobre todo en el Centro de Visitantes de Miraflores, en la entrada del Pacífico, uno de los tres abiertos al público a lo largo del recorrido.

Lo bueno es que algunos espacios del edificio se pueden privatizar para grupos y eventos, especialmente la azotea. También cuenta con un restaurante, un museo interactivo en el que aprender muchos detalles de la obra y un cine Imax de reciente apertura que recrea la historia del Canal en 45 minutos con la profunda voz de Morgan Freeman. Sus 500 butacas están disponibles para presentaciones o convenciones. Y si hay que atender compromisos exclusivos, se pueden organizar pequeñas avanzadillas para bajar hasta cerca de las compuertas, por donde circulan los vagones-guía, lo que permite asistir al tránsito en primera línea.

Al otro extremo del Canal, en la parte atlántica o caribeña, se encuentra el centro de Agua Clara, donde están las nuevas esclusas construidas tras la ampliación, atravesadas por los modernos buques Neopanamax, mucho más  grandes. Algunos de ellos llegan a pagar hasta 1,2 millones de dólares. Como curiosidad, el peaje más barato de la historia fueron los 36 centavos que le cobraron a Richard Halliburton por cruzarlo a nado durante 9 días en 1928. Fue la tasa aplicada en función de su peso: 63 kg.

Anécdotas aparte, el complejo es un buen sitio para pasar parte del día. La panorámica del lago Gatún desde el restaurante es espléndida, con los barcos apostados esperando su turno. También hay un sendero ecológico y en la marina se pueden contratar actividades acuáticas para hacer algo de team building, además de subir a una tirolina. Desde el pasado mes de junio ya se puede pasar al otro lado por carretera, tras la apertura del Puente Atlántico, uno de los tres que conectan un país literalmente partido en dos, junto con el Centenario y el de las Américas. Nadie como los habitantes de Colón, la segunda ciudad de Panamá, ha recibido con más entusiasmo la infraestructura. La vuelta que tenían que dar antes era una auténtica locura.

Siguiendo por la costa se llega a Portobelo, en el parque nacional del mismo nombre, histórica población descubierta por Cristóbal Colón en su cuarto viaje a América y, hasta finales del siglo XVIII, uno de los puertos más activos de la Corona Española en el Nuevo Mundo, como atestiguan las ruinas de los fuertes que protegían la estratégica bahía de ‘piezas’ como el mismísimo Francis Drake. Sus vestigios coloniales —entre ellos la Aduana y la iglesia de San Juan de Dios, con su famoso Cristo Negro—, están censados como Patrimonio de la Humanidad y, a pesar de su aire decadente, en enclave tiene un atractivo indudable. Desde luego, es la mejor oportunidad para conocer la cultura Congo, que una fundación local está intentando revitalizar, cuyos bailes rememoran de forma un tanto estrafalaria el infame comercio de esclavos y las rebeliones negras de la época de la conquista.

Cruzando en lancha se puede acceder El Otro Lado, un retiro privado de auténtico ensueño y concebido para estancias muy exclusivas, tanto que solo hay sitio para 20 personas distribuidas en cuatro cabañas de lujo y la llamada Casa Grande. El conjunto está exquisitamente decorado en estilo naíf, en medio de la selva tropical y junto a un lago centenario. Es difícil explicar con palabras las sensaciones que se experimentan en un lugar tan especial. Por cierto, la dueña, ya mayor, es una española apasionada por el arte y la naturaleza. Relax total.

Regresar al Pacífico es tan fácil como tomar el ferrocarril turístico interoceánico que cubre el recorrido a lo largo del Canal en apenas una hora. El tren, puesto en marcha por los norteamericanos a mediados del s. XIX, en tiempos de la fiebre del oro, luce ahora vagones rehabilitados, incluso con techo de cristal panorámico, que aseguran un trayecto con estupendas vistas, aún más disfrutables gracias al esmerado servicio de bar.

Vida natural

Aunque la sombra del Canal es alargada, Panamá reserva muchos más atractivos, sobre todo los que tienen que ver con su exuberante naturaleza y con la fuerte presencia de culturas indígenas, que forman el 12% de la población. Aquí tienen un estatus especial, incluso con territorios semiautónomos en la región del Darién. Precisamente, la protección medioambiental de amplias zonas del país ha sustraído recursos de caza, pesca y recolección de plantas a las comunidades, por lo que algunas de ellas han optado por buscarse la vida con el turismo, incluso abandonando sus tierras.

Es el caso del poblado Emberá Querá, formado por una treintena de familias de la etnia emberá emigradas a las inmediaciones del río Gatún, cerca de la desembocadura con el gran lago del mismo nombre. Ahora reciben visitas para mostrar su forma de vida y preservar sus costumbres, ofrecen alojamiento sencillo en cabañas y organizan actividades, como salir a ver caimanes o hacer senderismo por los alrededores. También comercializan artesanía propia, otra fuente de ingresos para asegurar la subsistencia. El Gobierno no les da dinero, pero a veces les ayuda con la promoción.

Además de los emberás, los indios más conocidos son los gunas, sobre todo por las vistosas molas que exhiben para vender en los sitios de mayor afluencia turística. Se trata de varias capas de tela de varios colores superpuestas y con figuras bordadas que forman parte del atuendo de las mujeres de esta sociedad matriarcal. Sin ser tan populares, los más numerosos son los ngäbe buglé, unos 125.000, que practican el nomadismo por tres de las nueve provincias panameñas. Más reducidas y aisladas son las comunidades de los téribes y los bribis. Y hablando de procedencias, no es desdeñable la cantidad de norteamericanos que estuvieron en la franja del Canal hasta su transmisión en 1999. Hoy en día conservan numerosas propiedades.

Las posibilidades para adentrarse en la vida salvaje son infinitas. Desde Gamboa, por ejemplo, una buena idea es recorrer parte del río Chagres, en el Parque Nacional Soberanía, para ver cocodrilos, titís capuchinos —una especie endémica— o monos aulladores, que se pueden escuchar a 2 km de distancia. Hay también un teleférico para completar la panorámica desde las alturas. Cerca de aquí se encuentra el Santuario del Perezoso, en Gamboa Rainforest Reserve, un centro de recuperación de estos curiosos mamíferos que con frecuencia sufren atropellos o son capturados como mascotas.

Playa y ron

En un país bañado por dos grandes masas de agua no podían faltar las playas. Una buena opción para descansar y disfrutar del sol y del mar es The Buenaventura Golf & Beach Resort, en la costa pacífica, a unos 120 km de la capital. Presidido por un imponente ejemplar de corotú, el árbol nacional, el complejo lo tiene todo para una estancia memorable, con cinco  restaurantes y numerosos espacios para cócteles, presentaciones y eventos, todo con la garantía de Autograph Collection y con el que dicen mejor campo de golf nacional, diseñado por Jack Nicklaus.

Para los que no quieran alejarse de Ciudad de Panamá, otra alternativa es el Dreams Playa Bonita, de la cadena AM Resorts, un ‘todo incluido’ diferente que sorprende por su entorno selvático y su inquieta playa que aparece y desaparece con las mareas. Aquí  llegan las tortugas a anidar, a pocos minutos de los rascacielos de la cercana metrópoli. Menudo contraste. Cerca se encuentra el Biomuseo, del célebre Frank Gehry, que bien merece una visita, un edificio icónico y poco habitual en el catálogo arquitecto por su atrevido uso del color.

No se puede emprender el viaje de vuelta sin probar el ron nacional, tan bueno como el que ha construido su fama en otras partes del Caribe. La familia del anterior presidente, Juan Carlos Varela, es propietaria de una de las mayores fábricas, que encuentra en Pesé, su localidad natal. La Hacienda San Isidro fue pionera en introducir la maquinaria en los ingenios de azúcar y en elaborar el Seco Herrerano, un antecedente del ron muy consumido en Panamá. Las instalaciones están totalmente preparadas para recibir grupos, a los que mueven en carreta. La joya de la corona es el ron Abuelo Centuria, de 30 años. Un regalo para el paladar.

MÁS INFO
www.aventuras2000.com
www.aireuropa.com