
¿Conocidos, célebres o populares? ¿Son lo mismo? ¿En qué se diferencian? ¿Cómo se les distingue? ¿Dónde está la línea que separa al verdadero famoso del famosillo de medio pelo? ¿Existe un método objetivo, fiable y científico que permita discriminar a unos de otros para valorar su incorporación a un evento? Pues sí, existe. Y lo hemos descubierto.
La pista definitiva no es muy difícil de deducir si se presta un momento de atención al nombre de esta sección (arriba, en el lado exterior de esta misma página). Efectivamente, ese, el evento, es el modo y el lugar de discernir al famoso del famosillo y al famosillo del famosete. Y, aplicando el axioma de transitividad (si a=b y b=c, a=c), también al famosete del famoso. Y tras la explicación teórica, con su fórmula matemática incluida y todo, pasemos a la revisión práctica de la materia.
Nadie le admira, pocos le conocen y a muchos les repele
Estamos ante el famosete típico. Posiblemente un ex Gran Hermano, un Triunfito o un tertuliano político o del corazón; la telebasura más cargada de detritus suele ser su caldo de cultivo. No es el tipo de personaje que una agencia de eventos seleccionaría. Tampoco es la imagen que una empresa querría asociar a su marca. Al menos, en un mundo perfecto.
El famosete pertenece a una categoría sin ninguna categoría; es el último recurso, las sobras, el desecho. Habitualmente, suele ser un infrafamoso de poco recorrido temporal: se le conoce desde hace poco tiempo, y no durará mucho más. Son baratos, pero no rentables. Y a menudo, contraproducentes.
No se le permitirá la entrada a un evento, a no ser que éste se desarrolle en una discoteca de extrarradio, a altas horas de la noche y con un público sin exigencias ni personalidad, pero con el cuerpo lo suficientemente cargado de alcohol (u otras sustancias) para que nada le importe ni le motive. En caso contrario, debemos estar preparados para estampidas masivas, protestas airadas e, incluso, reacciones violentas entre los asistentes.
A todo el mundo le suena, pero no todos saben de qué
Un ejemplo típico de esta categoría es el actor que nadie es capaz de asociar a una película o serie de televisión determinada, o el cantante del que nadie es capaz de tararear ni uno solo de sus temas. Estamos ante lo que se podría definir como un famosillo. Es decir, alguien que, pese a no ser una celebridad, es conocido por un amplio sector de la población. Al menos, superficialmente: pocos conocerán su biografía completa, pero su nombre o su imagen nos resultará familiar.
La principal ventaja de contar con ellos es su bajo precio relativo, así como su disponibilidad. Para el famosillo, este tipo de actividades pueden ayudarle, incluso, a darse más a conocer. Los beneficios de contar con ellos dependen, en realidad, de su profesión o de su relación con el evento que se desarrolla, más que con su nivel de fama. Un monologuista como Eduardo Aldán amenizará una presentación de producto mejor que un futbolista de primera división o un reputado economista. Aunque sea menos famoso.
Primero el silencio, y luego el murmullo
Todo el mundo le reconocerá al primer golpe de vista, y nadie tendrá duda de quién se trata en cuanto se anuncie su nombre. Es el famoso, el verdadero famoso, el único capaz de captar la atención del auditorio, de dirigir una ceremonia o de mover masas enfervorecidas. El único, también, cuyo precio puede ser tan alto o sus condiciones tan inasequibles que pueda verse sustituido por un doble. Recurso muy habitual, lógicamente, cuando al personaje en cuestión la fama le sobrevivió al cuerpo.
Son utilizables en la mayoría de casos, aunque el éxito de la propuesta está íntimamente ligado al carácter de la misma y a la elección adecuada. El famoso, bien elegido, puede llegar a ser, en sí mismo, la razón de la asistencia a nuestro evento de gran parte de la concurrencia. Porque un famoso es, a fin de cuentas, el gancho, el plus, el azúcar. El famosillo no deja de ser un edulcorante. Y el famosete… mejor no hablar.
INTERIORIDADES DE LAS AUTORIDADES
Existe un tipo especial de famosos. Aquellos que no cobran por aparecer en un evento, aunque su asistencia, paradójicamente, repercute mucho más que la de los otros. Aquellos cuya sola presencia ya es noticia. Aquellos que no despiertan emociones, pero duermen con el poder. Aquellos cuyo nombre no importa tanto como su cargo. Son nuestros gobernantes, nuestras autoridades, nuestros políticos. Y nuestro caballo ganador, si somos la agencia organizadora.
Las ventajas de contar con este tipo de famosos pasan, sobre todo, por el prestigio que le dan al evento en cuestión. No es necesario decir que no da el mismo lustre a un acto Letizia Ortiz que Leticia Sabater. Las autoridades, además, garantizan una cobertura mediática de mayor calado y reputación. La visita de una autoridad es información, la de un famoso, publicidad.
De entre los inconvenientes, que también los hay, destacaremos sólo un par. En primer lugar, lo complicado de la aventura: cuestiones legales, de agenda, de imagen o, simplemente, de trámites van a dificultar siempre la labor. Y en segundo lugar, dependiendo del evento y de la autoridad en cuestión, el tema de la seguridad, y todo lo que ello, a nivel organizativo, implica. No hacen falta armas para proteger a un famosete, ni a un famosillo… ni siquiera a un famoso. Pero si a nuestro evento acude un miembro de la Familia Real o del Gobierno, debemos contar también con sus cuerpos de seguridad y las normas que impongan. Los altos cargos nunca viajan solos.
[useful_banner_manager banners=2 count=1]










