
Nadie puede resistirse a vivir experiencias fascinantes mientras recorre la selva subido en un elefante, acaricia un tigre o disfruta de una playa de aguas turquesas rodeado de peces de mil colores para terminar contemplando una deslumbrante puesta de sol con un mai-tai en las manos. Un incentivo que Tailandia ofrece a grupos dispuestos a disfrutar de la aventura y del más puro lujo asiático.
El reino de Tailandia es un culto a los sentidos donde conviven en perfecta armonía los placeres más sofisticados con tradiciones ancestrales, la vida espiritual con los excesos mundanos, y donde el lujo exquisito comparte mesa con grillos y saltamontes fritos. Pero, por encima de todo, predomina la amabilidad y la paz de sus gentes. Porque si algo distingue al tailandés es su educación.
Sawasdeeka, que significa bienvenido, será la primera palabra que se escuchará nada más entrar en el avión de Thai Airways, que vuela directamente desde Madrid hasta Bangkok los martes, jueves y sábados. La propuesta de viaje para incentivos es conocer el país profundo, el de los verdes bosques, el de la espiritualidad de sus templos y el de las tribus del norte de Chiang Mai, para acabar con un baño de placeres en el Golfo de Tailandia.
Chiang Mai, más allá del tiempo
Chiang Mai es una de las regiones más espirituales del país, donde se pueden vivir grandes experiencias sin renunciar al lujo y la comodidad que proporciona uno de los mejores hoteles del mundo: el Mandarin Oriental Dhara Dhevi. Situado en las afueras de la ciudad, ocupa 23 hectáreas rodeadas de muros y está concebido como una aldea donde confluyen varios tipos de arquitectura de diferentes épocas y regiones.
La primera impresión es inolvidable. Una gran explanada conduce hasta la recepción, en un palacio culminado por nueve imponentes pagodas. El resto se va descubriendo a medida que uno se adentra en este verdadero edén: las 123 villas y suites, los siete restaurantes, las terrazas y piscinas repartidas entre jardines y campos de arroz, los caminos bordeados de flores…
Aunque cueste dejar ese remanso de paz y armonía, toca lanzarse a descubrir la fascinante Chiang Mai. La ciudad ofrece muchas posibilidades, con su bullicio y el trasiego constante en torno al mercado, donde se pueden encontrar frutas tan exóticas y deliciosas como el mangostán, el rambután, el jackfruit o el durián. Los puestos de flores y plantas ponen el toque de color y aroma, donde las mujeres las engarzan en collares, en ramos y en ofrendas para los templos que se distribuyen por toda la ciudad.
El Wat Chiang Mai es el más antiguo. Data de 1296, con un gran chedi (relicario) sujeto por una hilera de elefantes y una pequeña estatua de Buda. También se pueden visitar el Wat Ku Tao, decorado con piezas de porcelana; el Wat Chedi Luang, con una enorme pagoda custodiada por nagas; y el Wat Phra That Doi Suthep, el más espectacular de todos, al que se llega por una serpenteante carretera hasta la escalera custodiada por dos largas nagas, las serpientes protectoras, con 290 escalones, aunque también hay ascensor. Las vistas desde arriba son impresionantes.
Después de un día donde marcado por la contagiosa espiritualidad del budismo, tampoco está mal darle gusto al cuerpo con una buena cena en el Old Chiang Mai Cult Center, uno de los restaurantes de estilo tailandés con capacidad para grandes grupos donde, además de la excelente comida Jantok, disfrutar de un buen espectáculo de danzas y rituales de las tribus de la región.
Turismo solidario
En Chiang Mai viven tribus ancestrales como los Meo, Liso, Akha, Lawa o Karen que mantienen prácticamente intactos sus ceremonias, atuendos, artesanías y dialectos. Desde que se eliminaron las plantaciones de opio hace mas de 30 años la población indígena de la zona ha aprendido nuevas formas de subsistencia gracias a iniciativas gubernamentales englobadas en los Royal Thai Proyects, que potencian las riquezas culturales y tradiciones con subvenciones a proyectos ecológicos, talleres artesanales, adiestramientos de elefantes, guarderías, cultivos biológicos, etc.
A tan sólo 70 kilómetros de Chiang Mai, el Lisu Lodge es toda una experiencia donde, además de disfrutar de la naturaleza, se puede participar activa y económicamente en estos proyectos. Desde aquí, se organizan excursiones para grupos en bicicleta atravesando poblados, plantaciones de frutas y bosques de teka, para continuar haciendo rafting por los rápidos de los ríos, donde está incluido un picnic, y terminar con un paseo en elefante.
En el campamento de Mae Sa, a pocos kilómetros de Chiang Mai, se puede admirar su destreza de estos paquidermos como futbolistas de primera división, así como sus grandes dotes de pintores. Otro de los animales estrella de esta región es el tigre, muy difícil encontrar en estado salvaje, pero que se puede contemplar y hasta tocar en el Tiger Kingdom, un centro con un restaurante donde comer delicioso bufet thai.
Paraíso en la tierra
Cambiando totalmente de escenario, tras volar hacia el sur con Bangkok Airways desde la capital hacia el Golfo de Tailandia, emergen las islas Ko Samui, Ko Phangan y Ko Tao, donde los resort están tan integrados en la naturaleza que casi ni se distinguen.
Samui, la más grande, alberga el aeropuerto, con conexiones a las principales ciudades del país. Al borde de la playa de Bophut se encuentra el recientemente inaugurado Hansar Samui Resort, muy apropiado para grupos de empresa, con una sala de conferencias, habitaciones amplias y acogedoras con terraza, piscina, spa, un magnífico restaurante con vistas al mar, chill out y un bar en la playa donde se sirven excelentes cocteles.
La conexión entre las islas se hace en los speed boat, aunque muchos resort disponen de un servicio propio de lanchas para trasladar a sus clientes. La del Santhiya Lodge, en la isla de Ko Phangan, se abre camino entre las aguas turquesas del mar hacia el embarcadero de la playa de Thong Nai Pan Noi, desde la que se divisa la gran cascada de la piscina y donde, casi ocultos por la vegetación, asoman pequeños palacios y pagodas, que son las villas y habitaciones del resort.
Llega el momento de parar la mente y dejarse llevar por las sensaciones, sin prisas, disfrutando del placer del instante, de la contemplación de la naturaleza, del olor de las flores, de la hamaca, del agua sobre la piel, de un buen cóctel mai-tai y de una sabrosa cena en el mágico momento del atardecer.
Pero si lo que se busca es la marcha nocturna y coincide con la luna llena, hay que ir a la playa donde se celebra la Full Moon Party, que concentra a millares de personas. El resto de las noches el ambiente sigue estando garantizado por los numerosos bares, restaurantes y discotecas, asistidos por una buena red de dispensarios y pequeñas clínicas para atender los excesos de juerga.
Ko Tao es otra cosa. Es la calma, la paz, el respeto por la naturaleza. En el resort Charm Churee, las maderas de la terraza rodean los arboles como pidiéndoles permiso para estar allí, toda una lección medioambiental que los tailandeses tienen muy presente.
Pegada a Ko Tao se encuentra la pequeña isla de Ko Nang Yuan, tan sólo separada por un istmo de arena blanca que crea una bahía, un sitio perfecto para los aprendices de submarinismo. Al atardecer, cuando el calor da un respiro y, un día más los cielos, se vuelven a teñir de infinitos colores, es momento disfrutar del espectáculo de la naturaleza y descubrir que el paraíso está mucho más cerca de lo que creemos.
Más información
www.turismotailandes.com
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