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WEARABLES. Gadgets de pasarela

Álvaro Martín

El siguiente paso en la evolución tecnológica es lograr que toda nuestra vida cotidiana esté interconectada. No solo el vehículo o la vivienda. También gafas, relojes, pulseras, anillos, zapatillas, camisetas, abrigos… El futuro pasa por la ropa y los complementos inteligentes que faciliten todas nuestras acciones. Por supuesto, el mundo del viaje abre nuevos horizontes con estos dispositivos de quita y pon.

Un joven hace running por un parque. Lleva ya un tiempo y hace calor. Su cuerpo comienza a sentir fatiga y sed. De manera automática, su camiseta, dotada de sensores específicos y conexión a Internet, envía un mensaje al frigorífico de su casa indicando que cuando llegue necesitará reponer el líquido perdido. Este chequea las existencias de su interior y detecta que falta bebida isotónica, por lo que de manera automática realiza un pedido a la tienda. Finalmente, cuando el corredor está en casa, llega al momento el repartidor con el brebaje que su cuerpo necesita.

En este idílico (aunque en absoluto imposible) panorama, con electrodomésticos conectados y acciones de comercio electrónico, hay que fijarse en un elemento esencial: la camiseta inteligente dotada de sensores que monitoriza constantemente el cuerpo y está conectada a Internet. Es la revolución de los wearables.

«Manifestaciones como los wearables están íntimamente relacionados con el concepto de Internet de las cosas (Internet of Things), es decir, objetos de uso cotidiano que están conectados a la Red y que nos permiten tener visibilidad sobre multitud de aspectos del mundo físico para crear aplicaciones que toman decisiones. Esto abre un amplísimo abanico de posibilidades que no existían antes de disponer de esta información», asegura Iker Ibáñez, de la división digital de PwC.

Para Ibáñez, Internet en las cosas «va a ser el cambio más grande que se va a dar en la Red desde su mismo nacimiento». Obviamente —explica—, hay fases en este proceso: primero va un periodo de expectación, luego uno de crecimiento, con aparición de múltiples aplicaciones, hasta llegar a soluciones más realistas y más generalizadas. «Ahora mismo estamos en la fase de desarrollo, en la que la expectativa es muy alta y el valor de las aplicaciones todavía escaso, además de que tienen un alto coste. Y eso sucede también en el mundo wearable», apunta.

Aunque ya se conocían dispositivos de este tipo desde hace algunos años, ha sido hace poco cuando se ha desarrollado de manera importante el mercado. Las primeras grandes manifestaciones estuvieron relacionadas con el mundo del fitness, con marcas como Nike como grandes precursoras. Las pulseras inteligentes, o smartbands, y los dispositivos en las zapatillas controlan la actividad diaria realizada, monitorizan las pulsaciones e incluso permiten controlar la calidad del sueño cuando se conectan con un smartphone y mediante el uso de una app que registra los datos y genera estadísticas.

Un auténtico bazar
Apple, Sony, Huawei, LG, Nike, Adidas, Ralph Lauren o Tommy Hilfiger son algunas de las marcas que han apostado claramente por este auténtico mundo del mañana. Como ejemplo, la consultora Fjord, perteneciente a Accenture, contabilizó en un estudio cerca de una treintena de wearables en el mercado o en fase de prototipo. De ellos, el 70 % son para monitorizar el cuerpo del usuario, casi la mitad para mejorar la forma física, uno de cada cuatro son elementos de comunicación y cerca de un 7 % se refieren al ámbito del sueño y elementos emocionales. Todas estas facetas tienen también su utilidad para los viajeros frecuentes.

En esta línea, el Informe sobre uso de apps móviles en España 2014, elaborado por The APP Date, incide en que, por una parte, se encuentran las aplicaciones más potentes, como las gafas o los relojes inteligentes, pero que «también hay muchos otros complementos que podemos llevar encima que funcionan como wearables y que poco a poco irán incorporando app específicas».

Concretamente, el estudio menciona las prendas inteligentes (Gow, Nuubo, TrailBlazer) o las pulseras interactivas (Jawbone UP), pero también otro tipo de ropa, como las zapatillas parlantes de Google y Adidas, las nuevas Callaghan Adaptación Vital, unas medias para mantener el equilibrio, y hasta un sujetador antiestrés. Y no paran de salir al mercado nuevas aplicaciones, algunas realmente sorprendentes, como los smartrings (anillos inteligentes), que aportan información del usuario gracias a aplicaciones específicas y que son capaces de controlar otros dispositivos solo con gestos…

La estrella actual: el reloj
Sin duda, el wearable de moda es el smartwatch, el reloj inteligente. Prácticamente, todas las compañías tecnológicas (Samsung, LG, Sony, Xiaomi, Swatch…) han presentado un modelo, aunque Apple se lleva la palma, puesto que con sus cuatro millones de unidades vendidas en el segundo semestre de 2015, copa el 75 % del mercado, según datos de la consultora Strategy Analytics).

Son infinitas las aplicaciones que se han creado para este dispositivo, con extensiones hacia el mundo del turismo y el viaje corporativo. No se trata solo de navegar o reservar un vuelo o una habitación. La más significativa en lo que a futuras funcionalidades se refiere es la de la compañía hotelera Starwood: en la mayoría de los hoteles de sus cadenas W o Aloft se puede abrir la puerta de la habitación con el reloj. Por su parte, Vueling, Expedia, Easyjet, TrypAdvisor, Alsa e incluso la Empresa Municipal de Trasportes de Madrid tienen ya su aplicación disponible en la App Store de Apple.

No obstante, para algunos estamos en un momento en que falta «contenido» para el reloj. «Las aplicaciones para el Apple Watch son todavía inmaduras. La mayoría corresponden a empresas que han decidido que es necesario tener una presencia en este mercado, y optan por colocar en el reloj una versión reducida de la información que proveen en el smartphone. Es necesario pasar por un proceso de análisis para entender en qué situaciones el reloj es diferente al teléfono», argumenta Ibáñez.

Por ejemplo, puede ser útil para seguir las indicaciones del GPS cuando utilizar el teléfono es peligroso o aportar información en situaciones estresantes para el viajero, como en un aeropuerto extraño, cuando se tienen las manos ocupadas con el equipaje. La clave es determinar qué información se necesita en un contexto y momento determinado y ser capaz de aportar sólo esa información y en un formato más apto para esas circunstancias.

Información de las reservas, check in y check out automáticos, almacenamiento de preferencias del cliente (temperatura de la habitación, tipo de almohada…), reservas de servicios del hotel desde fuera del mismo… Las posibilidades son infinitas, aunque todavía hay algunas pegas. La principal de ellas es su total dependencia del smartphone, algo de lo que los usuarios se quejan. Los próximos modelos contemplan ya la total independencia entre ambos dispositivos, lo que sin duda redundará en unas mejores prestaciones y aceptación por parte del consumidor.

Las gafas del futuro
Los wearables ya existían desde los ochenta o noventa, pero ha sido con la irrupción de las Google Glass cuando el mercado se ha dado cuenta del potencial de los accesorios de este tipo. Partiendo de la funcionalidad y comodidad de portar un dispositivo que sigue nuestra mirada (cámaras en los cascos militares, GoPro en deportistas…), Google dio un paso más allá y creó un dispositivo de entrada y salida de información, es decir, que capta datos, pero que también, y ahí reside su enorme potencial, aporta información al usuario.

«Las gafas tienen un uso profesional fundamental, con multitud de aplicaciones. Depende del contexto, como sucede con el reloj inteligente. Hay situaciones en las que son muy interesantes: en medicina, conduciendo, en logística, etc. Pero en el caso de la vida personal, sus promotores no han dado todavía con la tipología de uso específico que las haga triunfar», destaca Iker Ibáñez.

¿Y qué se podía hacer con el modelo Explorer, el conocido hasta la fecha? Hacer fotos, grabar vídeos, obtener información horaria y meteorológica, realizar búsquedas en Internet, desplazarse mediante GPS, mandar mensajes y realizar videollamadas, transmitir acciones en tiempo real, visualizar datos relevantes, participar en redes sociales…. Y todo ello sin contar con aplicaciones específicas que multiplican su funcionalidad. Algunas son, GlassFit, con rutinas de ejercicios; Fancy, destinada al shopping; Trulia, para búsqueda de viviendas y Color Picker, específica para personas que no distinguen la información cromática…

No obstante, su extensión no ha sido muy exitosa. De hecho, se interrumpió su comercialización «global», aunque se han seguido ofreciendo para segmentos empresariales específicos en los que son una gran herramienta. Ya está en marcha la nueva generación, que viene a sustituir al modelo Explorer: las EE Google Glass, de las que ya se ha avanzado que facilitarán la consulta de información y tendrán una mejor batería, además de la posibilidad de conectarse a acumuladores externos.

La competencia es dura y Microsoft ya ha anunciado el lanzamiento, todavía sin fecha, de sus HoloLens, unas gafas virtuales que funcionan con Windows 10. No obstante, es necesario matizar que este dispositivo no se puede catalogar como wearable, sino más bien como hardware periférico, puesto que sustituirá a la pantalla del ordenador. Los que sí cumplen como dispositivos «para vestir» son los proyectos como los de Sony y Epson. Y cada día van surgiendo nuevas propuestas. Sirva como ejemplo la compañía española WeOnGlasses, que ha fabricado un modelo que permite recibir notificaciones de redes sociales o llamadas y distinguirlas a través de luces, así como controlar la música, cambiar de canción y realizar grabaciones de vídeo o voz.

Textiles inteligentes
«Donde realmente existe más potencial para que los wearables se puedan desarrollar es en el mundo textil, gracias a la integración de telas con componentes electrónicos que permiten la creación de tejidos inteligentes y que se adaptan al contorno del cuerpo, se iluminan mediante leds o permiten interactuar con los smartphones mediante botones de la ropa», explica en un artículo Gabriel Robles, director de Tecnología de Velentis.

En esta carrera entran tanto las compañías tecnológicas como las de moda. Marcas tan reconocidas como Tommy Hilfiger, con casacas que incorporan placas solares y que generan energía para cargar los dispositivos móviles, o Ralph Laurent, que ha presentando una línea de ropa de tenis que literalmente informa del estado del atleta y envía a los dispositivos móviles la información, son solo dos ejemplos de lo que está por venir.

Aunque las aplicaciones para ropa son infinitas, el punto fuerte está en las prendas que son capaces de recoger, mediante distintos sistemas, datos sobre el estado del individuo y enviarlos a un dispositivo móvil para su análisis. «La tecnología para el control biométrico del cuerpo no se está desarrollando únicamente con fines deportivos, sino para poder controlar a una persona que se encuentre trabajando con materiales peligrosos o en entornos en los que es necesario la monitorización continua, entre otros ejemplos. Para los viajeros con problemas de salud puede resultar muy útil», explica Robles.

Y, cómo no, Google también tiene algo que decir en este campo: su propuesta se llama Project Jacquard. El proyecto, todavía un prototipo, consiste en un tejido con hilo conductivo para recibir señales. Esto serviría para controlar aplicaciones en el móvil, dibujar o incluso encender y apagar las luces. Los primeros modelos cuentan con parches que sirven de panel táctil, aunque la idea es que toda la tela de la prenda tenga esta funcionalidad. No es ciencia ficción, es el futuro… y cada vez está más cerca.

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