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PAÍSES BÁLTICOS. Entre capitales, dunas y bosques

Lituania_castillo Trakai

Lituania, Letonia y Estonia permiten diseñar un gran viaje de incentivos por carretera en el que las tres capitales son solo una parte de la experiencia. Vilna, Riga y Tallin ponen el patrimonio o la vida urbana; pero entre ellas aparecen castillos, ciudades hanseáticas, inmensas playas de arena blanca, humedales atravesados por pasarelas, densos bosques, dunas que parecen no terminar nunca y propuestas capaces de introducir una buena dosis de aventura.

TEXTO Y FOTOS FERNANDO SAGASETA

Tres países, tres capitales y una carretera que permite unirlas mientras el paisaje va cambiando casi imperceptiblemente. En los países bálticos las distancias resultan suficientemente cortas para plantear un circuito por tierra y suficientemente largas para que cada jornada depare algo diferente. Es precisamente ahí donde surge uno de sus principales argumentos: no tiene por qué limitarse a Vilna, Riga y Tallin. Puede construirse como un viaje en movimiento.

Las tres capitales comparten, además, una distinción excepcional: sus centros históricos forman parte del Patrimonio Mundial de la Unesco. Ahí terminan, sin embargo, buena parte de sus semejanzas. Vilna muestra una marcada personalidad barroca; Riga sobresale por su extraordinario patrimonio art nouveau; y Tallin conserva una de las estampas medievales más completas del norte de Europa.

Por su parte, Lituania, Letonia y Estonia comparten un pasado complejo, el mar Báltico y una naturaleza que ocupa mucho más espacio que las ciudades. También conservan rasgos que sorprenden al visitante que llega por primera vez: los cementerios abiertos entre los árboles, casi fundidos con el bosque y sin grandes muros que los separen del mundo; la importancia del ámbar y del lino; la huella soviética todavía reconocible en determinados edificios; o una relación con la naturaleza que permite pasar en pocas horas de una capital a un pantano, de una playa a un castillo medieval.

Lituania

El viaje puede comenzar en Vilna con una ventaja logística nada desdeñable: su aeropuerto está a apenas siete kilómetros del centro y resulta pequeño y manejable. Incluso su vestíbulo, con cierto aire de palacete, anticipa una capital que evita casi siempre las dimensiones abrumadoras.

La capital lituana es tranquila, apacible y muy caminable. El casco antiguo conserva calles empedradas, iglesias, patios y fachadas barrocas que se suceden sin necesidad de grandes desplazamientos. La plaza de la Catedral funciona como un gran punto de encuentro de la ciudad. Con su fachada neoclásica y seis enormes columnas, podría confundirse con un templo grecorromano. El campanario, separado del edificio principal, refuerza esa singularidad. En su interior sobresale la barroca capilla de San Casimiro, patrón del país.

Detrás comienza el territorio de los antiguos castillos y, sobre la colina, se encarama la Torre de Gediminas. El ascenso a pie exige cierta atención por el firme de piedra, especialmente a la bajada, aunque existe un pequeño funicular. Arriba espera uno de los miradores clásicos de la capital.

Vilna tiene además una curiosa facilidad para pasar de la solemnidad histórica al desenfado. Basta cruzar el río Vilnia para entrar en Užupis, el barrio de artistas que en 1997 se proclamó irónicamente república independiente, con bandera, presidente y hasta Constitución. Algunos de sus artículos resumen bien el espíritu del lugar: todo el mundo tiene derecho a equivocarse, a ser único, a ser insignificante, a ser feliz y también a ser infeliz; y un perro tiene derecho a ser un perro.

Galerías, pequeños negocios, terrazas, arte urbano y una vegetación exuberante en las orillas del río convierten Užupis en un escenario especialmente agradecido para una actividad de grupo. Su ángel se ha convertido en símbolo del barrio y sus puentes y rincones invitan a plantear recorridos a pie alejados de la visita monumental convencional.

De vuelta al casco histórico aparecen las inconfundibles iglesias góticas de ladrillo rojo de Santa Ana y San Francisco de Asís, el Palacio de los Grandes Duques y una sucesión de tiendas, cafés y restaurantes especialmente cuidados. Vilna sabe jugar con ese componente casi escenográfico: hay establecimientos que parecen salidos de un cuento y fachadas capaces de detener al paseante.

Para un incentivo, la gastronomía permite además una aproximación sencilla a la cultura local. Restaurantes especializados en cocina lituana recuperan recetas contundentes y sabores del norte de Europa, mientras otros establecimientos muestran una escena gastronómica bastante más contemporánea de lo que podría suponerse antes de llegar.

Camino del Báltico

Salir de Vilna no significa abandonar los grandes hitos. Trakai constituye una de las excursiones más evidentes gracias a su castillo insular, una fortaleza de ladrillo rojo rodeada de agua que representa una estampa icónica de Lituania.

Más adelante, Kaunas merece una parada en el trayecto hacia la costa. La segunda ciudad del país destaca por la plaza del Ayuntamiento y sus exquisitos edificios, los restos de un castillo junto al mayor parque de la ciudad convertidos en un gran teatro al aire libre y, cómo no, el baloncesto, que en Lituania se vive con una intensidad poco habitual y que aquí cuenta con un museo y todo. Otro dato a tener en cuenta: su arquitectura modernista de entreguerras forma parte desde 2023 del Patrimonio Mundial de la Unesco.

Ya en la costa se encuentra Klaipėda, principal puerto lituano y puerta de entrada a uno de los parajes más singulares de todo el recorrido: el istmo de Curlandia, una lengua de arena de 98 kilómetros que separa el mar Báltico de la laguna de Curlandia. El lugar, compartido por Lituania y el enclave ruso de Kaliningrado, también está incluido en la lista de la Unesco. Caminar por las dunas, contemplar el Báltico desde lo alto o recorrer los senderos entre pinares proporciona una experiencia muy reconfortante. La arena, el viento y la vegetación han modelado durante siglos un territorio frágil en el que el ser humano ha tenido que intervenir para frenar la erosión y estabilizar las dunas.

Letonia

Siguiendo por el litoral, casi sin solución de continuidad —ni siquiera hay carteles que anuncien la entrada en otro país—, aparece Letonia. La primera localidad importante es Liepāja, con su larguísima playa de arena clara y una atmósfera elegante y tranquila. Atención, este pequeño enclave será Capital Europea de la Cultura en 2027 junto con Évora (Portugal). Uno de sus iconos contemporáneos es el Great Amber, un auditorio de conciertos de arquitectura vanguardista cuya forma y color remiten precisamente a una gran pieza de ámbar.

Si hubiera que elegir una de las sorpresas del interior letón, Kuldīga ocuparía una posición privilegiada. Su casco histórico fue incorporado al Patrimonio Mundial en 2023 y conserva calles y construcciones tradicionales de madera y ladrillo con ese difícil punto de envejecimiento en el que las casas mantienen arrugas, colores apagados y pequeñas imperfecciones sin transmitir abandono. El resultado es una ciudad tremendamente fotogénica.

A pocos minutos andando del centro se encuentra Ventas Rumba, considerada la cascada más ancha de Europa: entre 200 y 250 metros, aunque apenas supera los dos metros de altura en sus puntos más elevados. En verano, el propio río invita a acercarse a las rocas y meter los pies en el agua. Algo más arriba, el largo puente de ladrillo rojo completa una de las imágenes más reconocibles de Kuldīga.

El Báltico se disfruta de nuevo en Ventspils. La ciudad portuaria pone color al itinerario y, en las afueras, una magnífica playa de arena blanca rodeada de vegetación vuelve a recordar hasta qué punto la costa báltica puede desmontar ideas preconcebidas. Por ejemplo, que el agua de mar es siempre salada. Aquí no. Hasta se pueden ver patos zambulléndose en la orilla. Cuanto menos, llamativo.

Antes de entrar en Riga es aconsejable detenerse unas horas en el Parque Nacional de Ķemeri, a pocos kilómetros de la capital. Uno de sus hitos es la gran turbera, una superficie aparentemente infinita salpicada de pequeñas lagunas en las que se reflejan las nubes. Una pasarela de madera de algo más de tres kilómetros se adentra en el ecosistema sin alterarlo y pasa por una torre de observación desde la que cambia por completo la perspectiva del humedal.

Riga

Riga cambia la escala. Elegante, señorial y más urbana que Vilna, ronda los 600.000 habitantes y se extiende a orillas del Daugava. Como curiosidad, en las aguas de este río murió en 1898 el escritor y diplomático español Ángel Ganivet, figura de la generación del 98. Tras un primer intento de suicidio del que fue rescatado, volvió a arrojarse al río y terminó consiguiéndolo.

La capital letona merece al menos dos lecturas. La primera transcurre por su casco antiguo: la catedral y su monumental órgano, la Casa de las Cabezas Negras, los Tres Hermanos, la antigua Bolsa, las plazas y callejuelas… La segunda obliga a levantar la mirada hacia las fachadas. Riga posee una de las mayores concentraciones de arquitectura art nouveau de Europa. El paseo por la calle Alberta y sus proximidades descubre un universo ornamental de rostros gigantescos, esfinges, figuras femeninas, animales y motivos vegetales, muchos de ellos concebidos por Mijaíl Eisenstein, padre del célebre director de El acorazado Potemkin.

Otra visita obligada es el Mercado Central, que ocupa antiguos hangares de zepelines y sigue funcionando como una inmensa despensa local. Pescados ahumados, arenques, encurtidos, panes y productos frescos ofrecen una inmersión gastronómica, tanto en los puestos interiores —donde destaca por sus colores rojo y gualda el puesto de productos españoles Spanijas preces—, como en el exterior, atiborrado de pequeños productores locales.

Riga cuenta, además, con magníficos espacios verdes. Bastejkalns y el canal que atraviesa los parques del centro rebajan inmediatamente el ritmo urbano. Al otro lado del Daugava, la imponente silueta de aspecto piramidal de la Biblioteca Nacional abre otros horizontes hacia la arquitectura contemporánea.

Estonia

La ruta hacia Estonia admite un paréntesis junto al mar. Pärnu lleva desde el siglo XIX cultivando su condición de ciudad balnearia y combina residencias elegantes, parques, hoteles con spa y una notable oferta gastronómica. También forma parte de la tradición de las ciudades hanseáticas. Con buen tiempo, sombrillas, bañistas y terrazas hacen olvidar por unos instantes que el escenario se encuentra en Estonia. Es una parada idónea para introducir una jornada de descanso en un programa que, a esas alturas, acumula ya bastantes kilómetros.

Nada más pisar Tallin, la capital muestra sus cartas: su centro histórico es uno de los conjuntos medievales mejor conservados del norte de Europa, donde sobreviven alrededor de 1,85 kilómetros de muralla y 26 torres defensivas. Recorrer sus calles produce por momentos la impresión de haberse adentrado en un decorado. La diferencia es que aquí es auténtico, eso sí, atiborrado de turistas en temporada alta.

La colina de Toompea proporciona los grandes miradores sobre los tejados y las torres de la ciudad baja. Cerca se levantan la catedral ortodoxa de Alexander Nevski y el castillo de Toompea. Abajo esperan el Gran Gremio, el antiquísimo reloj de la iglesia del Espíritu Santo, las antiguas casas de mercaderes, muchas de ellas reconvertidas en restaurantes y hoteles boutique, y una interminable sucesión de callejuelas con un encanto tremendo. La ciudad posee además una intensa vida nocturna, con locales tan insólitos como un bar dedicado a la banda británica Depeche Mode.

Extramuros quedan aún huellas del periodo soviético, como Linnahall, una gigantesca mole de hormigón, puramente brutalista, construida para los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, cuando Tallin acogió las pruebas de vela. Medio abandonado y cubierto de grafitis, mantiene una poderosa presencia junto al puerto y ha encontrado una inesperada segunda vida como escenario cinematográfico: Christopher Nolan rodó allí algunas secuencias de Tenet. También fuera de las murallas, Kadriorg cambia nuevamente el tono. El palacio barroco construido por Pedro el Grande y su parque forman uno de los conjuntos más elegantes de la capital. El contraste no puede ser mayor.

Parque Nacional de Gauja

Si el viaje se produce en otoño, Letonia reserva una de sus imágenes más poderosas para el final. El rudens, el otoño letón, transforma los bosques del Parque Nacional de Gauja en una sucesión de amarillos, ocres y rojos. Sigulda funciona como una excelente base para explorar la zona y, sobre todo, para elevar el componente de aventura. Sus castillos dominan el valle y un teleférico lo cruza a gran altura. En el entorno se pueden organizar actividades como tirolina y experiencias vinculadas a la histórica pista de bobsleigh, el deporte olímpico con un trineo aerodinámico que desciende a gran velocidad por un sinuoso tubo de hielo. En verano ofrecen vehículos de ruedas. No van tan rápido, pero es una actividad muy divertida para grupos.

En los alrededores, los senderos conducen hasta lugares como la cueva de Gūtmanis, mientras Līgatne conserva su tradición industrial ligada al papel y una red de cuevas excavadas en la arenisca. Aquí y allá lucen también antiguas mansiones o muižas, algunas transformadas en alojamientos con encanto. Cēsis merece otra desviación. Los restos de su castillo medieval, saqueado por Iván el Terrible, proponen una inquietante visita a la luz de unas velas.

Regreso a Vilna

El regreso hacia la capital lituana permite cerrar el círculo con dos lugares que condensan buena parte de la identidad nacional. Cerca de Šiauliai, la Colina de las Cruces es uno de los escenarios más desconcertantes del Báltico. Decenas de miles de cruces —las estimaciones actuales superan ampliamente las 100.000— se acumulan unas sobre otras, acompañadas de rosarios, imágenes y pequeños recuerdos. El resultado es un bosque de madera y metal que incluso suena cuando sopla el viento.

Su fuerza va mucho más allá de la religión. La colocación de cruces se consolidó durante el siglo XIX y el lugar acabó convirtiéndose en símbolo de identidad y resistencia. Durante la ocupación soviética las autoridades intentaron destruirlo repetidamente; pero las cruces volvían a aparecer. Tras la independencia, Juan Pablo II visitó la colina en 1993, consolidando su dimensión internacional como lugar de peregrinación.

La última etapa puede llevar todavía más atrás en el tiempo. A unos 35 kilómetros de Vilna, Kernavė conserva las huellas de alrededor de diez milenios de ocupación humana en el valle del Neris. El yacimiento arqueológico, Patrimonio Mundial desde 2004, reúne asentamientos, enterramientos y cinco grandes colinas fortificadas que formaron un importante sistema defensivo medieval. Subirlas y bajarlas permite entender físicamente el paisaje. A sus pies, una reconstrucción arqueológica ayuda a imaginar cómo se vivía en el siglo XIII.

El recorrido circular por los tres países resulta intenso por la variedad de visitas y experiencias, pero manejable gracias a unas distancias relativamente cortas. Esa proximidad permite enlazar capitales, pequeñas ciudades, parques nacionales, playas y castillos sin convertir los desplazamientos en interminables jornadas de carretera. El camino se convierte así en parte del propio incentivo.