SRI LANKA. El diamante de las mil caras

SRI LANKA. El diamante de las mil caras

Javier Carrión

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Pescadores zancudos en Galle

Ceilán, la actual Sri Lanka, asombra por la biodiversidad de sus playas y bosques, las plantaciones de té y de otras especies puras, como el aloe vera, la canela, el cacao o la vainilla, y por un variado crisol cultural heredado de los pueblos que han pasado por este país situado al sur de la India. No le van a la zaga los templos de esta isla, que han recibido el beneplácito de la Unesco, ni tampoco sus parques nacionales y espacios protegidos, que muestran una riqueza faunística como pocos lugares en el mundo.

Entre templos budistas milenarios, extensas plantaciones de té y playas de coral sembradas de palmeras al borde del Océano Indico se alza Sri Lanka, la antigua Ceilán, que se despliega al sur de la India como si se tratara de una perla en el collar de ese gigante asiático que pueblan 1.300 millones de habitantes. En la isla solo viven 23 millones, pero lo hacen en una superficie con tantas variaciones de culturas, paisajes y climas como solo se pueden descubrir en otros países de mayor extensión.

Hay pocos destinos tan pequeños que puedan presumir de tener ocho lugares declarados Patrimonio Mundial de la Unesco o de parques nacionales donde se puede observar en libertad al elefante, el leopardo, los búfalos de agua y miles de aves que encuentran su refugio en los bosques lluviosos o en la bella costa del sur, con sus asombrosas playas vírgenes. Esa biodiversidad le convierte en un destino único en el mundo.

En sus orígenes, hace más de 150 millones de años, Sri Lanka estaba enclavada al sur, junto a la India y Madagascar, que se encontraban en el centro de un enorme continente conocido como Gondwanaland. Posteriormente, India y Sri Lanka se desplazaron hacia el norte para encontrarse con Asia y después los puentes de piedra caliza que unían estos dos lugares se sumergieron en el océano, dejando una separación de 30 km entre ellos.

Hoy, Sri Lanka se ha transformado en una sociedad multiétnica, religiosa y cultural, configurada tras las oleadas de inmigrantes extranjeros que llegaron a estas tierras. Gentes siempre hospitalarias, con sonrisa permanente en el rostro, entre las que destacan dos grupos étnicos mayoritarios, los cingaleses y los tamiles, seguidos de musulmanes, malayos chinos y europeos.

De Colombo a Kalutara

Colombo, la bulliciosa capital de Sri Lanka, es habitualmente la puerta de entrada al país por su aeropuerto internacional, situado a 30 km del centro. La ciudad alcanzó la capitalidad a partir de la colonización británica, pues era el punto financiero y comercial más importante de la isla. Todavía hoy se pueden visitar algunos edificios de su rico pasado colonial, como la fortaleza de Negombo, levantada por los holandeses en 1644. Se reconoce inmediatamente por su Torre del Reloj y por sus bodegas, que sirvieron de almacenes de armas. Muy cerca, en el mismo distrito, está la Casa Presidencial y algunos ministerios gubernamentales que contrastan con la imagen de su más famoso rascacielos, el World Trade Center, con sus dos torres gemelas de 152 m.

De camino a la costa sur de la isla, el paisaje, de un verde intenso, es de una belleza exuberante. Los arrozales y los palmerales dan paso a unas playas infinitas de color dorado, convertidas en la postal más conocida de un país en el que el Océano Indico asombra por su intenso color azul turquesa.

Kalutara es una de las primeras ciudades importantes que aparecen en la ruta, a solo 60 km de Colombo. Asentada en el amplio estuario del Kalu Ganga o Río Negro, del cual toma su nombre, fue anteriormente un importante centro comercial de especias, controlado en varias ocasiones por los portugueses, holandeses y británicos. Hoy destaca por sus hoteles de lujo con el Anantara Kalutara a la cabeza. Ojo, no perderse la clase de cocina con su chef tras acudir a los mercados locales.

El edificio más importante de la ciudad es el templo Kalutara Bodhiya. Se divisa desde la lejanía  por su gran pagoda elevada hacia el cielo y el que se acerca hasta sus muros puede acceder también al interior, así como a un sagrado árbol Bodhi de más de dos mil años de antigüedad. También sorprende en los alrededores el templo Kande Vihara, ubicado en Aluthgama, sobre todo por la gigantesca estatua de Buda Samadhi, de 48 m de altura, y los miles de devotos que acuden diariamente para cumplir sus ritos religiosos. De hecho, este recinto situado en la cima de una colina se ha convertido en uno de los lugares más venerados de Sri Lanka.

Modernismo tropical

Una pequeña incursión hacia el interior, en dirección a los Jardines de Geoffrey Bawa, el más insigne e influyente de los arquitectos asiáticos de su generación, permite olvidarse de este desvío, una vez que se admira la finca de caucho y Lunuganga Garden, que compró con el objetivo de crear un jardín italiano de selva tropical. Bawa confeccionó en esta extensión una original simbiosis de edificios con su entorno natural, logrando una admirable interconexión de espacios interiores y exteriores en un hábitat donde también habitan varanos, cocodrilos y decenas de especies animales. Tras más de 50 años de trabajo, es considerado como el padre del “modernismo tropical”. Este es uno de sus mejores ejemplos, hoy convertido en un hotel con media docena de habitaciones.

Volviendo a la estrecha franja costera del sur, bordeada por pequeñas cabañas de pescadores y los maravillosos palmerales de sus playas, se comprende mejor la extendida actividad de cestería artesanal en fibra de coco y la fabricación de vino de palma, tan característicos de esta zona de la isla. Otros vecinos se convierten en auténticos acróbatas sobre las cuerdas de fibra de coco tendidas entre los troncos, mientras que los más defensores de la naturaleza trabajan en criaderos locales de tortugas para participar en los proyectos de conservación. En estos centros, además de admirar la belleza de estos animales y conocer mejor su comportamiento, existe la oportunidad de liberar a ejemplares bebé en el mar.

Galle, la huella holandesa

Galle constituye el punto más atractivo del sur de Sri Lanka. Los holandeses levantaron en este punto calles, edificios coloniales y un fuerte que iniciaron en 1663, ocupando gran parte de un promontorio rodeado de agua en casi todo su perímetro. En su interior se esparcen más de 400 casas históricas, a las que hay que añadir iglesias, templos, mezquitas, antiguos edificios gubernamentales y, sobre todo, tiendas, galerías de arte, hoteles-boutique y cafés que impregnan al destino de un encanto especial.

Todos estos motivos fueron decisivos para que la Unesco decidiera incluir al enclave en su lista de Patrimonio Mundial y ahora los turistas abarrotan la ciudad los fines de semana. Primero, para dar una vuelta completa al recinto amurallado, que puede llevar entre una y dos horas después de visitar algunos monumentos interesantes, como la Iglesia Reformada Holandesa, el Hospital Holandés o el Museo Nacional. También tiene un gran atractivo disfrutar del mejor atardecer en Flag Rock, un antiguo bastión portugués o darse un chapuzón en la playa del Faro, junto a una torre de vigilancia de 1938 que sigue en funcionamiento.

Pescadores zancudos

En la bahía de Weligama y las playas más cercanas a Galle, como Kathaluwa y Ahangama, es muy común ver a los pescadores típicos de la región encaramados en zancos de madera que cuentan con una barra perpendicular, denominada “petta”, en la que se sientan. Al parecer, este sistema de pesca con caña surgió tras la II Guerra Mundial, al aprovechar las barras de hierro que quedaron abandonadas, aunque realmente no se sabe exactamente el origen de esta práctica.

Lo cierto es que un puñado de familias viven de esta curiosa tradición pescando arenques y caballas que introducen en bolsas de plástico y que atan a su cintura o al propio poste clavado en el fondo del mar, de unos 3 o 4 metros de longitud. La actividad se desarrolla principalmente durante las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde y el pescador aguanta varias horas sobre el poste con grandes dosis de paciencia.

Continuando por la carretera costera se llega a Matara, una ciudad extensa con un fuerte holandés muy bien conservado y un pequeño templo budista en la isla de Parey Dewa, conectada a tierra por un puente muy próximo a su extensa playa. Después surge en la ruta Dondra, en la punta más meridional de Sri Lanka, donde se alza el templo budista Tanaveram, uno de los lugares de oración más importantes en la isla, al que se accede por un bonito parque que cuenta con la presencia de dos grandes elefantes.

Más adelante, el siguiente punto del recorrido es Tangalle, con su puerto pesquero, repleto de grandes embarcaciones, que pasan más de un mes en el Índico para capturar el atún amarillo, y otras más pequeñas, que faenan por la noche para vender sus piezas a partir de las cinco de la mañana en un improvisado mercado instalado en el mismo muelle. El mar ofrece otras sorpresas en esta costa de hermosos arenales, como el que disfruta el hotel Anantara Tangalle.

No lejos, en Dikwella, se encuentra el acantilado de Blow Hole,  todo un espectáculo en un orificio de las rocas por donde el agua se dispara en vertical como si de tratara de un géiser. El fenómeno sucede cada 10 minutos y se observa más fácilmente cuando el mar está embravecido. La excursión se puede combinar con la visita al templo budista Wewurukannala, reconocible por la figura de un buda sentado de 50 m de altura, la más alta del país, y por la colección de exvotos en su interior. También sorprende una sala de los horrores subterránea, con reproducciones de demonios, pescadores y castigos que les espera a aquellos cuyo comportamiento no es el correcto para las leyes budistas.

Paraíso de los elefantes

Desde Tangalle solo son necesarias dos horas en coche para visitar el Parque Nacional de Uda Walawe, el mejor lugar para ver de cerca a los elefantes, especialmente a primera hora de la mañana. Estos enormes mamíferos son los animales más venerados y protegidos del país, hasta el punto de que matar un solo ejemplar está castigado con pena de muerte. En la zona protegida hay unos 600, en delicada convivencia con rebaños de búfalos salvajes, cocodrilos, leopardos, ciervos sambares y una gran colonia de aves.

El broche final del viaje puede tener un sentido diferente con un tratamiento ayurvédico. Esta es una práctica medicinal muy antigua y sus adeptos defienden los grandes beneficios de las terapias realizadas con hierbas, plantas medicinales, especias y aceites. Su objetivo no es otro que lograr el equilibrio dentro y fuera del cuerpo. Los visitantes pueden optar a una estancia de dos o tres semanas en clínicas especializadas o a un tratamiento en alguno de los spas de lujo que se pueden encontrar en el país, principalmente en su seductora costa sur.

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