Taipei. ALBERTO PARRÓN / D-Link

Taipei. ALBERTO PARRÓN / D-Link

Á. GUARDIA

Compartir
Alberto Parrón_DLink_Taipei
El madrileño Alberto Parrón posa delante del Taipei 101.

«Una mezcla perfecta entre China y Japón». Así define el madrileño Alberto Parrón Taiwán, el pequeño país-isla asiático en cuya capital, Taipéi, reside de forma permanente con su pareja desde 2016. Este creativo y diseñador, que trabaja para D-Link, reconoce que no es nada fácil entrar en las empresas taiwanesas, porque se muestran muy reticentes con los trabajadores extranjeros. Las diferencias culturales, urbanas y laborales son evidentes, con el hándicap de que España es muy poco conocida en este país en eterno conflicto con China desde tiempos de Mao Zedong y Chiang Kai-shek.

Los tópicos (sanos) son omnipresentes.«Antes de visitar China, mi idea de lo que allí iba a encontrarme era una mezcla de las películas de Bruce Lee y la pequeña y oscura tienda de Gremlins, un lugar misterioso repleto de secretos milenarios por descubrir. Por supuesto, veía tanto a China como a Taiwán como dos países de oportunidades, aunque de Taiwán tenía menos información», explica el diseñador Alberto Parrón. «La isla es la gran desconocida para la mayoría, y todo lo que sabía antes de visitarla por primera vez era el famoso Made in Taiwan», rememora.

Una vez allí, lo que encontró le impresionó bastante: «Encontré más similitud con mi idea preconcebida de Asia, mucha más tradición en todos los sentidos, la religión en los templos, la arquitectura, su cultura, las costumbres, la amabilidad de la gente, la naturaleza que envuelve la isla».

Si eres de otro país, no es fácil trabajar en Taiwán. «Excepto para los profesores de inglés o los ingenieros, conseguir un trabajo es sumamente complicado. Aunque el gobierno está intentando abrir el mercado a los profesionales extranjeros cualificados, con recientes programas de integración, lo cierto es que las empresas taiwanesas son muy proteccionistas, supongo que algunas por miedo a tener problemas culturales, por el idioma, por ofrecer un salario demasiado bajo a un extranjero o, simplemente, porque son empresas tradicionales y no quieren abrirse a contratar extranjeros», explica. Según él, encontrar un buen empleo en este país requiere mucha paciencia, trabajo y, sobre todo, esfuerzo: «tengo varios amigos con perfiles profesionales altos que han tenido que abandonar Taiwán y volver a sus países de origen porque no han encontrado una oportunidad laboral aquí».

CULTURA EMPRESARIAL

Esto provoca que la cultura empresarial y laboral sea muy diferente. A escala interna hay diferencias. Por ejemplo, solo tienen siete días de vacaciones al año. «Aquí son bastante fríos, pero si lo trasladas a los negocios, multiplícalo por dos: siguen reglas y normas, patrones, aunque carezcan de sentido; prefieren no pensar por sí mismos y correr el riesgo de equivocarse. Esto les impide la toma de decisiones que puedan dar lugar a cometer un error y, en consecuencia, una bronca del jefe». Según él, la educación en Taiwán se basa en copiar y no salirse de la norma. Ser creativo y romper moldes, sorprendentemente, está penalizado.

Las diferencias son también evidentes hacia el exterior: «un punto muy negativo para las empresas taiwanesas es que se quieren dirigir a mercados internacionales sin contar con profesionales extranjeros, lo que les está impidiendo crecer a escala internacional». Alberto cree que han construido «su propia muralla china virtual alrededor de la isla y les impide ver más allá». También, asegura, influye negativamente el bloqueo político y económico que ejerce China sobre Taiwán como medida de presión y control desde la primera mitad del siglo XX.

En algunos aspectos, Taiwán se parece a países cercanos como Japón o Singapur. «Cosas que me gustan mucho de aquí son, por ejemplo, la limpieza, pues, a pesar de que no hay casi papeleras, es muy raro ver un papel en el suelo. Por otra parte, la seguridad es extrema: puedes dejar tu mochila, tus libros y hasta tu portátil en una mesa de una cafetería, irte al baño y al volver todo sigue ahí. Quizás ayudan los millones de cámaras repartidos por todo el país que controlan cada paso que das…», explica.

CONTRASTE CON ESPAÑA

El contraste con España es evidente, un país que, en líneas generales, desconocen los taiwaneses. «Lo más recurrente son los toros y algunos mencionan el fútbol y la sangría. Hasta hay gente que comenta que ha visitado Barcelona y mencionan lo insegura que es España, por el tema de los carteristas. Esto es un clásico incómodo», reconoce Alberto, quien confiesa que incluso en un destino tan lejano hay momentos y lugares para disfrutar de lo patrio: «Aquí tengo un grupo de amigos españoles y nos solemos juntar los fines de semana para tomarnos algo y no perder las buenas costumbres. También tengo buena amistad con el responsable de algún restaurante español, como El Marqués Tapas Bar, en el cual cocinan auténtica comida española a 11.000 km de casa. Esto se agradece hasta soltar una lagrimita mientras degustas algo tan sencillo como unas croquetas o una paella hechas con mucho mimo».

Y, claro, cómo no, el deporte rey. «Participamos en una competición amateur, la Copa América Taiwán 2019, representando a la selección española de fútbol. Es un clásico ya, en el cual los españoles expatriados en la isla no podemos dejar de participar».

Alberto aprovecha para conocer otros destinos, aunque no le sobra el tiempo. «Por trabajo realmente viajo poco de momento, a algún festival donde he pintado grafiti en Tainán o Kaohsiung, pero suelo ir mucho a Tainán y a Yilán por ocio». Vivir en Taiwán te da la posibilidad de visitar otros países cercanos: «Desde que vivo aquí he visitado varias veces Japón, Filipinas y Hong Kong. En mis planes futuros están Vietnam, Tailandia, Indonesia y Malasia, entre otros», asegura. Y, por supuesto, viaja a España: «Para ir a casa suelo recurrir a Emirates o Qatar Airways. Aunque son un poco más caras que otras, prefiero pagar por la comodidad de un buen servicio en vuelos muy largos», reconoce.

Porque siempre quedará España… «Echo de menos a mis padres, mi familia, mis amigos. Pero también la comida española, el agua del grifo de Madrid, el clima y pasear en verano con la luz del sol hasta las nueve de la noche es algo mágico», confiesa. Y, claro, también tiene muy presente qué no echa de menos: «Los atascos, los impuestos, los bancos, la corrupción, el enchufismo, los programas del corazón o los sueldos precarios». Viajar aleja de lo negativo.