Roma. ROSARIO MARTÍN / Agencia Espacial Europea

Roma. ROSARIO MARTÍN / Agencia Espacial Europea

«Roma es una ciudad fascinante... prisionera de su propia historia»

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Roma es capaz de enamorar, aunque no siempre todo es perfecto. Los trabajadores foráneos viven con cierta dificultad el día a día por los problemas logísticos y de gestión de la ciudad. La belleza y carga histórica de la capital italiana contrasta con el individualismo de sus habitantes. Los romanos son campechanos, ingeniosos, flexibles y pragmáticos. Están acostumbrados a «buscarse la vida” en medio de un patrimonio que resulta fascinante y, en muchos momentos, inabarcable…

Rosario Martín, Charo, es una madrileña que ha recorrido parte de la geografía europea trabajando para la Agencia Espacial Europea (ESA). Nada menos que 26 años fuera de España, 25 de ellos para esta organización intergubernamental. Su puesto de Human Resources Advisor le ha llevado a lo largo de su carrera profesional por las sedes en Alemania, Francia y, durante dos temporadas, Roma, donde reside actualmente. Vive en la Ciudad Eterna desde 2014 y trabaja en el centro de la ESA denominado ESRIN, ubicado en Frascati, a unos 25 km de la capital.

Roma es una de las cunas de la civilización occidental, con el permiso de Atenas, y una auténtica potencia cultural y artística (además de económica). Todo turista que se precie ha visitado la ciudad del Tíber y admirado sus restos romanos, renacentistas, barrocos… Si además se es católico, encima hay un plus vaticano. Pero pocos de esos turistas o fieles saben cómo es realmente Roma para trabajar, cómo es el día a día para el ciudadano de a pie.

En palabras de Charo, «es como una cebolla, con muchas capas de historia y arte que se sobreponen en armonía. Una ciudad fascinante… prisionera de su propia historia. O te enamoras ciegamente de ella o que te puede resultar invivible, debido a todos sus problemas logísticos y de gestión».

IMPRESIONES

Las «preimpresiones« (o prejuicios, como se quiera) marcan a cualquier viajero. Charo tiene la suerte de haber vivido en la ciudad durante dos etapas, por lo que es veterana. «Para mí Italia era la imagen que daban los libros de arte e historia: la belleza en todos sus aspectos, por su inmenso patrimonio artístico y cultural, por su variedad geográfica y paisajística… También era un símbolo de vida relajada. Los italianos me parecían simpáticos, extravertidos, elegantes…», explica.  Ahora que los conoce, la experiencia aporta matices: «Los romanos son campechanos, ingeniosos, flexibles y pragmáticos para poder sobrellevar las dificultades de una ciudad poco organizada y eficiente».

En su opinión, deberíamos aprender de los italianos a «ser menos derrotistas y tener más confianza en nuestras capacidades y conocimientos, a ser más creativos y espontáneos». Por el contrario, el civismo no se encuentra entre sus puntos fuertes.  «En general, encuentro que en Roma hay poco sentido cívico hacia lo que es de todos. Lo que impera es una actitud bastante individualista: yo me ocupo de lo mío y que la Administración se encargue de los demás», asegura Charo.

CAMBIO DE AIRES

Estas particularidades condicionan el proceso de adaptación. Para ella no resultó fácil, y más teniendo en cuenta que venía de trabajar en Alemania y Francia. «El tópico de que los servicios públicos no funcionan bien es real y la cotidianidad se me hizo difícil. La segunda vez ha ido mejor, probablemente porque he aprendido a resignarme ante ciertas cosas y, como hacen los romanos, a buscarme la vida».

No obstante, sería un error pensar en esta ciudad como reflejo del ser y el sentir italianos. El país es mucho más heterogéneo que todo eso. «He podido comprobar que hay grandes diferencias entre las distintas regiones de Italia. Creo que esto es debido a que se trata de una nación relativamente joven, cuya unión está caracterizada por la presencia de ciudades y regiones cada una con caracteres muy específicos. Esta variedad, desde el punto de vista económico, intelectual y artístico, es parte de su fuerza, riqueza y también de sus contradicciones», reflexiona.

Trabajando para un organismo internacional con sedes en distintas ciudades europeas, las horas de avión están aseguradas. «Viajo bastante, pues los empleados están repartidos en los diferentes centros de la ESA, sobre todo en Francia, Holanda, Alemania y España», explica esta madrileña, todo un ejemplo de trabajador internacional, en el sentido más positivo del término. «En general, recomiendo trabajar fuera de tu propio país siempre que se tenga la posibilidad. Aunque no siempre es fácil, se trata de una experiencia muy enriquecedora».

Aunque los parecidos entre Madrid y Roma como capitales de la Europa mediterránea son evidentes, también existen diferencias muy marcadas. A pesar de llevar fuera tanto tiempo, Charo sigue echando algunas cosas de menos, como «la cultura de calle o el buen funcionamiento de los servicios públicos, en general, y de los transportes públicos, en particular». También tiene añoranza de la variedad gastronómica de nuestro país de y de las fiestas populares, pero no del volumen que empleamos para hablar, «y eso que los italianos no son precisamente los más silenciosos del mundo… ».